TESTIGO PRESENCIAL DE LA UNIFICACIÓN ALEMANA. Por Jorge Castro-Valle Kuehne*

El Servicio Exterior Mexicano, al que orgullosamente dediqué 45 años de mi vida profesional, fue para mí una fuente de formativas experiencias. Una de mis vivencias más enriquecedoras fue el privilegio de haber sido testigo presencial de uno de los acontecimientos históricos más relevantes de la segunda mitad del siglo XX: la unificación alemana.

En el verano de 1990, estando comisionado como jefe de Cancillería en nuestra misión diplomática en Londres, bajo las órdenes del ahora Embajador Emérito Bernardo Sepúlveda, recibí la honrosa encomienda del Secretario de Relaciones Exteriores, Fernando Solana, de trasladarme a Berlín Oriental para reemplazar a la Embajadora Rosario Green como titular de nuestra representación ante la República Democrática Alemana (RDA). 

Con entusiasmo asumí ese estimulante reto que, debido a la sorprendente celeridad de los acontecimientos, duró escasos dos meses, del 1º de agosto al 3 de octubre, pero que, sin duda, fue una de las experiencias más interesantes de mi carrera. 

Antecedentes

Al cumplirse el 30 aniversario de tan trascendental acontecimiento histórico, me parece oportuno recordar – desde mi perspectiva personal – algunos de los dramáticos sucesos que lo antecedieron:

El detonador inicial fue el éxodo de miles de ciudadanos de la RDA en el verano de 1989 que invadieron las embajadas de la RFA en diversas capitales de Europa Oriental -sobre todo Budapest y Praga – exigiendo el derecho a emigrar a Occidente. Le siguieron en el otoño impresionantes manifestaciones pacíficas en Leipzig, Dresde y Berlín – la “democracia de las calles” – que, en una reacción en cadena, provocaron la caída del líder comunista Erich Honecker y la apertura del Muro de Berlín, símbolo de la Guerra Fría y de la división Este-Oeste. Lo que empezó como una búsqueda de libertad, se transformó en un reclamo de democracia. La consigna “somos el pueblo” se convirtió en “somos un pueblo”, con lo cual la dinámica de la unificación se volvió imparable.

En los comicios del 18 de marzo de 1990, los primeros realizados en la RDA de manera libre y democrática, el pueblo germano-oriental eligió inequívocamente el camino de la reunificación con la RFA. El gobierno de coalición surgido de dichos comicios, encabezado por el líder demócrata-cristiano Lothar de Maiziere, cumplió con ese mandato pese a los innumerables problemas políticos, económicos y sociales que tuvo que enfrentar. En tal empeño, contó siempre con el firme respaldo de su poderoso aliado en Bonn, el Canciller Federal germano-occidental, Helmut Kohl.

Proceso de negociación

Se inició así un complejo proceso de negociación, que tuvo dos aspectos esenciales: las cuestiones internas entre las dos Alemanias, y las internacionales, que involucraban también a otros países, especialmente a las cuatro potencias aliadas de la II Guerra Mundial: Estados Unidos, Unión Soviética, Gran Bretaña y Francia.

En la primera fase interna se concertó el tratado de unión monetaria, económica y social, en virtud del cual, por decirlo en términos simplificados, se introdujo en la RDA el marco occidental y, con ello, las fuerzas del libre mercado tras 40 años de economía centralmente planificada. En un segundo tiempo, se entabló una amplia negociación que culminó en el tratado de unificación política que vino a regular cuestiones de gran trascendencia para la vida interna de la nueva Alemania. Entre otras, el régimen de propiedad en la parte oriental; la administración de justicia; los derechos laborales y sociales; el reconocimiento de títulos profesionales; el financiamiento de los cinco nuevos estados federados (Länder); así como temas por demás controvertidos como la reglamentación diferenciada del aborto, y el delicado asunto de la custodia de los expedientes personales de los antiguos servicios de seguridad – la temida y odiada STASI.

Un capítulo diferente – y no menos importante – fue el relativo a los aspectos externos de la unificación. En el marco del denominado “mecanismo 2+4” (las 2 Alemanias más los 4 Aliados) se logró la hazaña de resolver cuestiones por demás complejas tales como la delimitación definitiva de la frontera de la nueva Alemania con Polonia y su futuro estatus militar, es decir su pertenencia a la OTAN y la consecuente separación de la RDA del Pacto de Varsovia; la reducción de las fuerzas armadas pangermanas; la renuncia alemana a armas atómicas, biológicas y químicas; el retiro de las tropas soviéticas del territorio oriental; la suspensión de los derechos de los cuatro aliados sobre la ciudad de Berlín; y el restablecimiento pleno de la soberanía de Alemania.

Fue así cómo, con precisión teutona y en perfecta sincronización, se cumplieron las condiciones internas y externas necesarias para la unión de las dos Alemanias, que por decisión soberana del parlamento germano-oriental se realizó el 3 de octubre en la forma de una adhesión de la RDA a la RFA, de conformidad con el procedimiento establecido en el artículo 23 de la Constitución germano-occidental.

Efectos para México y últimas acciones oficiales

Para México, el efecto inmediato de la unificación fue la terminación de nuestra representación ante la RDA tras 17 años de relaciones diplomáticas. Desde mi arribo a Berlín Oriental a principios de agosto, y ante la premura, busqué entrevistarme con los principales líderes del gobierno saliente. Destacaron los interesantes encuentros que sostuve – prácticamente de despedida – con el Ministro del Exterior, Markus Meckel, quien recibió mi acreditación especial como Encargado de Negocios ad hoc; así como con el Presidente del Consejo de Ministros, Lothar de Maiziere, quien me sorprendió con la grata noticia de que era amante de la cultura mexicana y me mostró su colección de discos de música popular que había reunido con apoyo de una pariente suya casada con un alto directivo de la farmacéutica Bayer en México. Asimismo, me entregó un pequeño pedazo del Muro de Berlín como obsequio de despedida del gobierno de la RDA.

El 15 de septiembre, con motivo de nuestro Día Nacional, realizamos la última recepción oficial de la Embajada con la asistencia de representantes de diversos sectores que habían cooperado estrechamente con México, Cuerpo Diplomático y miembros de la comunidad mexicana. Esa noche, en colaboración con el Consulado General en Berlín Occidental, celebramos una ceremonia del Grito de Independencia con la entusiasta participación de familias de compatriotas radicadas en ambas partes de la ciudad.

La víspera de la unificación, para marcar de manera especial tan histórico suceso, organizamos una “última cena” en la residencia oficial en Berlín Oriental con la presencia de nuestro Embajador ante la RFA, Juan José Bremer – con sede en Bonn -, el Cónsul General en Berlín Occidental, José Luis Martínez, y miembros del personal de las oficinas mexicanas. Antes de la media noche, nos encaminamos hacia la Puerta de Brandeburgo para disfrutar desde ese emblemático monumento del espectáculo de fuegos artificiales en celebración de la consumación de la unión entre las dos Alemanias. Al día siguiente, como conclusión formal de mi comisión como jefe de misión ante la RDA, llevamos a cabo un emotivo acto de clausura y entrega simbólica de nuestra representación diplomática.

Significado de la unificación

La resolución de la llamada “Cuestión Alemana” constituyó, ante todo, un acontecimiento histórico único que, al tiempo que puso fin al capítulo de la posguerra, inauguró una nueva era. Asimismo, representó la extinción de un país – la RDA – que apenas el año anterior había festejado sus “primeros” 40 años de existencia. Se trató de la creación, en el corazón mismo de Europa, de un nuevo estado de 80 millones de habitantes que, por primera vez en su historia, lograba unirse sin conquistas militares o territoriales, derramamiento de sangre o sufrimiento para sus vecinos.

A nivel mundial, el restablecimiento de la soberanía de Alemania significó también una muestra de confianza de la comunidad internacional en la vocación pacifista y democrática de la nueva nación. Su unificación le imponía responsabilidades adicionales en el contexto europeo y a nivel global, donde Alemania estaría llamada a ocupar una posición de primera línea, tanto en lo económico – donde ya la tenía – como en lo político. De tan promisoria etapa de la historia germana, el mundo esperaba una contribución positiva y fructífera para la paz, el desarrollo y la cooperación internacional. Y puede afirmarse que Alemania ha cumplido – y hasta superado con creces – las más exigentes expectativas, como uno de los actores más relevantes en el escenario internacional contemporáneo, líder en la Unión Europea y miembro comprometido del sistema de las Naciones Unidas y de instancias multilaterales como el G20, entre otras.

Principales retos

El principal reto al momento de la unificación consistía en cerrar la herida de la partición de Alemania – de más de cuatro décadas – sin dejar cicatrices externas ni lesiones internas. Ya entonces se vislumbraba un proceso prolongado, difícil y doloroso, sobre todo en lo social. La parte oriental,16 millones de personas, entraba a una unión a todas luces desigual, con una pesada carga de problemas – atraso económico y tecnológico, infraestructura obsoleta, endeudamiento y desempleo– pero también con un patrimonio cívico que había quedado de manifiesto en la revolución pacífica del “otoño germano”.

La mayoría de los analistas de esa época coincidían en que Alemania contaría con la riqueza material necesaria para asumir el costo económico de la unificación, pero que el desafío para la nueva nación sería demostrar que también poseía la riqueza espiritual indispensable para convertirse en una auténtica comunidad en la que reinaran la generosidad, la tolerancia y la solidaridad del fuerte hacia el débil. Tras el colapso del Muro de Berlín, el reto sería derribar las barreras en las mentes y los corazones de la gente. Nada hubiese sido más negativo para el futuro de Alemania – y de Europa misma – que la existencia de una nación unida en lo formal, pero dividida en ciudadanos de primera y de segunda, por lo que la parte oriental no debía convertirse en un mero patio trasero de la nueva mansión pangermana. Como en su momento lo habían señalado prominentes líderes políticos – destacadamente los arquitectos de la unificación, Helmut Kohl y Hans-Dietrich Genscher, y el Premio Nobel de la Paz, Willy Brandt, entre otros – la unidad real se lograría cuando todos los alemanes, independientemente de su origen, gozaran, si no del mismo nivel de vida, por lo menos de igualdad de oportunidades.

Saldo de la unidad nacional

Los informes que anualmente rinde el gobierno federal sobre los avances del proceso de la unidad del país afirman que el saldo de estas primeras tres décadas es positivo; una auténtica historia de éxito, pero que aún no concluye.

De acuerdo con encuestas recientes, cuatro de cada cinco alemanes, tanto orientales como occidentales, opinan que predominan las ventajas de la reunificación. En efecto, datos duros apuntan a una tendencia de largo plazo hacia la equiparación de la calidad de vida, de las posiciones políticas y de la cultura social en la totalidad del país. Sin embargo, aún hay personas en la parte oriental – apodados “Ossis” – que se sienten en desventaja, que consideran que no se les brinda el mismo respeto que a sus connacionales occidentales.

Esta dualidad en el sentir de la población alemana refleja en cierta forma las transformaciones que han ocurrido desde 1990. Del lado positivo de la balanza está la renovación integral, misma que se manifiesta en la modernización de la infraestructura y del sistema educativo, en el saneamiento de los daños al medio ambiente y en la construcción de una economía sustentable y competitiva. Por otro lado, un reciente estudio publicado en julio de 2019 señala que, si bien la parte oriental del país cuenta con ciudades grandes y medianas que se han desarrollado de manera dinámica, subsisten zonas rurales que todavía acusan rezagos estructurales.

La población de Alemania oriental ha debido asimilar un doble “choque transformador”; primeramente, debido a los profundos cambios económicos y sociales de la década de los noventa del siglo pasado y, posteriormente, por la crisis financiera global de 2008/2009. Esta experiencia sicológicamente traumática se ha venido reflejando en los últimos años también en actitudes políticas, no sólo en el ámbito electoral sino también en el grado de satisfacción con la democracia y de confianza en las instituciones y los actores políticos. Asimismo, el nivel de satisfacción con la evolución general que ha experimentado Alemania desde la unificación ha ido disminuyendo en años recientes. Mientras que en noviembre de 2017 el 80% de los alemanes orientales se mostraban satisfechos con su situación, en noviembre de 2019 este porcentaje había disminuido en cerca de 20%.

Desde el inicio de la reunificación, uno de los principales retos políticos fue lograr condiciones de vida equiparables en todo el país. En virtud de las innegables transformaciones positivas en Alemania oriental, la brecha de bienestar ya no coincide enteramente con la línea divisoria entre ambas partes del territorio germano. Sin embargo, los principales desafíos siguen siendo los problemas derivados de la unificación para la región este, mismos que, previsiblemente, se verán impactados por las consecuencias económicas y sociales de la pandemia del coronavirus.

Hacia finales del presente año se espera contar con el informe final de la comisión especial establecida para evaluar lo logrado en estos “30 años de revolución pacífica y unidad nacional” y realizar una amplia consulta ciudadana sobre la mejor manera de seguir avanzando en el fortalecimiento de la convivencia interna en el país, tomando debidamente en cuenta la creciente diversidad y heterogeneidad de la población y los vertiginosos cambios provocados – entre otros factores – por la globalización y la digitalización.

Conclusión

La nueva Alemania, pese a las complejas circunstancias, tanto internas como externas, de las últimas tres décadas, ha sabido afrontar este enorme reto y estar a la altura de su responsabilidad. Inicialmente bajo el mandato de Helmut Kohl, el “padre de la unificación” y, en los últimos 15 años, bajo el firme liderazgo de Angela Merkel, considerada hoy la estadista más experimentada y admirada del mundo. Ante su decisión de retirarse de la vida política y ya no postularse para las próximas elecciones generales previstas en el otoño de 2021, se vislumbran horizontes inexplorados para la cuarta década de la reunificación.

En lo personal – a 30 años de distancia – puedo afirmar en retrospectiva que el haber sido testigo presencial de un acontecimiento de tal significado histórico fue, además de un privilegio, una vivencia única en mi trayectoria en el Servicio Exterior Mexicano. Experiencia que se vio enriquecida con mi honrosa designación para fungir – de 2003 a 2009 – como Embajador de México ante la Alemania del siglo XXI, nuestro principal socio en Europa y uno de los más importantes a nivel mundial.

                       Ciudad de México, octubre de 2020.

*El autor es Embajador Eminente de México, en retiro, y fue el último representante diplomático mexicano ante la extinta RDA.

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