PAISAJE ABAJEÑO. Por Leandro Arellano*

I

Pocos sucesos humanos conmueven tan hondamente como la visión de un paisaje. Su carácter importa menos que su revelación; puede ser tanto urbano como silvestre.La naturaleza exhibe en éste la cara sin maquillaje, abierta en su esplendor cotidiano, y en aquélla muestra con la huella de la mano y del trabajo del hombre. ¿Es posible contemplar un paisaje nocturno, un paisaje desnudo de luz? Lo podemos vislumbrar, con asombro, en el encanto de su destello que se arropa en la oscuridad.

Durante nuestra existencia casi todos conservamos en la memoria la imagen de uno o varios paisajes. La montaña, el mar, el bosque, la selva, el campo, un río, la llanura y similares constituyen usualmente la sustancia de esa visión. Pero igual una avenida, un callejón, un jardín, una plaza, un monumento pueden erigirse en pretexto y motivo de un paisaje urbano.

Ese cuadro se manifiesta comúnmente como objeto de consuelo y confort, pues se trata de una reminiscencia grata. Acontece con frecuencia –escribió Pérez Galdós- que los hechos muy remotos, correspondientes a nuestra infancia, permanecen grabados en la imaginación con mayor fijeza que los presenciados en la edad madura, y cuando predominan sobre todo las facultades de la razón.

El paisaje literario es asunto de época reciente. Nació con el romanticismo, asegura Azorín, y la paternidad del sentimiento amoroso por el paisaje pertenece a Rousseau. El gusto –añade el escritor levantino-, la afición por la naturaleza en la literatura corresponde a la época moderna y la inaugura Juan Jacobo, iniciador y engendrador de tantas cosas.

Azorín es entusiasta cultivador del género, también. Su afición por el paisaje –físico y literario- llegó al punto de tornar al escritor en autoridad. El contenido de varios libros suyos es el paisaje: Los pueblos, España, Castilla, El paisaje de España visto por los españoles, Lecturas españolas…

No es redundancia precisar que el estilo del escritor constituye una diferencia central. Hablamos de arte a fin de cuentas. No se imita a Azorín con facilidad. Azorín no describe sino que recrea, remueve, infunde vida a los elementos que componen el paisaje, su naturaleza física y espiritual. Sus textos conmueven inevitablemente al lector. Conmover es atribución obligada de la literatura.

¿Qué elementos componen el paisaje? No hemos de extraviarnos en las reconditeces de la filología si es posible atenernos a la certeza de que son dos los factores inevitables: las cualidades de la visión y la longitud del espacio. Precisa siempre, María Moliner define paisaje como ensancharse, extenderse, en una primera acepción y como extensión de campo que se ve desde un sitio, en la segunda.

II

El Bajío es región abastada. Abundante en montes, lomas y cordilleras, lo es igualmente en valles y llanuras. Esos factores prevalecen singularmente en Guanajuato, centro de la comarca. Como si el tumulto montañoso constituyese un sello distintivo, una seña particular de esa provincia. Con todo, cada comunidad, cada población abajeña conserva rasgos propios, que a menudo se funden y confunden con las características generales del territorio.

Galicia, escribió Rosalía de Castro, es siempre un jardín donde se respiran aromas puros, frescura y poesía… En Apaseo el Grande la naturaleza dominante es el Cerro de Jocoqui y las extensas planicies que lo rodean. El macizo imponente se eleva a 2560 metros de altura, al norte de la cabecera municipal. La visión del paisaje es monumental en la cima, hacia cualquiera de los puntos cardinales que se contemple. Un rapto interior puede envolver a quien alcanza la cumbre. El aire dispersa su pureza allí y el suelo parece liberar un aroma a tierra agradecida.

Luego de la primera -casi fugaz- impresión, el semblante que revela la naturaleza del valle es de sobriedad. Es ésa la esencia poderosa que captan la vista y la sensibilidad del montañista, apenas rescata éste el compás de la respiración. Al panorama relumbrante lo envuelve una atmósfera etérea, una atmósfera que aclara y purifica.

El paisaje sitúa la imagen en algún lugar, sin encerrarla, como en la arquitectura. La imagen del paisaje que prevalece en nuestra memoria –y ha peregrinado a todas partes con nosotros- conserva unos cuantos rasgos esenciales y se forma sobre todo de luz, de sol, de extensos valles y cultivos, de llanuras desdobladas, confinadas en lontananza por colinas y serranías semiáridas, entreveradas sin concierto.

Desde la cresta del Jocoqui la vista humana, en un día claro, alcanza a vislumbrar a kilómetros de distancia. El azul del firmamento es transparente y pacífico. El valle que se despliega hacia el noreste desde la falda del cerro es inacabable y plano. Todo es luz y resplandor. Salvo una seña perentoria: el levantamiento en las laderas de cada vez más construcciones de concreto.

Arriba y abajo el terreno es reseco y de tonalidad ocre, adusta. Durante la extendida estación de la sequía se impone el tono pardo de la tierra escarpada y los pastos escasos. Luego, una alfombra verde uniforma el suelo en cada milímetro durante el periodo estival y lluvioso, que se hace presente durante algunas semanas.

El Bajío conforma un territorio considerable en el que la superficie parece más bien monocromática. Las condiciones climáticas abonan ese cariz monótono que –tampoco exageremos- cala, pero no engendra extremos ni desatinos. La explosión colorida de la naturaleza y los tonos festivos de otras partes del territorio nacional son huraños, ajenos a esta comarca.

     No se repliega demasiado el terreno para dar paso a la tierra cultivable. Guanajuato ocupa una categoría reconocida como zona agrícola, desde siempre. En alguna época tuvo el apodo de granero de la república y aún debe rondar de cerca esa primacía. Cosas de la vida, con todo y ser un dominio agrícola, la red hidrológica es más bien escasa.

III

Una visión recurrente es la fiesta que significaban los paseos familiares y escolares al inmenso manantial que bañaba y suplía de agua pura y transparente a buena parte del municipio, así como su inexplicable y dolorosísimo agotamiento de un día a otro. Se ubicaba a pocos kilómetros de la cabecera municipal y su nombre no podía ser más indicativo: El Nacimiento. Voces y rumores sollozantes achacaban la tragedia de su repentina extenuación al terremoto de 1959 de la Ciudad de México. No recuerdo otra explicación, a decir verdad.

Cada subregión, comunidad o municipio abajeño mantiene apego y preferencia por determinados cultivos. Los forasteros que visitan Apaseo resienten el intenso aroma de los productos que –principalmente- allí se cosechan.

Las estaciones apenas se reconocen. Acaso como consecuencia del cambio climático sólo dos sobreviven. En la primera los mantos acuíferos se reponen, la tierra arable se regocija y un tapiz esmeralda engalana el terreno sin exceso ni júbilo ruidoso durante unas semanas, hasta ser sustituido de nuevo por el cariz monótono, pardo, reseco.

Es discreta la intensidad de los amaneceres. Durante minutos morosos, silenciosos destellos ambarinos envuelven y bañan lo que tocan. El resplandor del sol naciente alienta entonces afanes e intenciones. Luego, durante la jornada, los va aflojando suavemente y se mantiene así, temperado, hasta que el anuncio del crepúsculo lo releva.

San Miguel de Allende, octubre de 2021

 

Leandro Arellano* Diplomático y escritor mexicano

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4 comentarios

  1. Los paisajes pueden ser un antídoto contra la velocidad de la información que nos satura el cuerpo todos los días. Este bello texto ayuda a pensar en el otro paisaje, el humano, que habita pueblos pequeños que resisten a los cambios, bajo el agobio del sol.

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