EL TIEMPO DE SERRAT. Por Leandro Arellano

I

No exentos de nostalgia, los medios de difusión de ambos lados del Atlántico han informado de la gira mundial de despedida de los escenarios, que lleva a cabo Juan Manuel Serrat por estos días. En mayo reciente recorría México con ese fin y al acabarse julio lo hace en Cataluña.

El tiempo obliga. La inexorable edad doblega. Cómo no saberlo, si somos contemporáneos. Hemos transitado casi en paralelo el mismo tiempo y el mismo espacio cósmicos. Desde la juventud, la suya y la nuestra. Sus cantares trocaron en savia propia, en permanente compañía.

Es el Bob Dylan de nuestra lengua, observa mi hijo Jerónimo. El mejor cantautor de su tiempo en el ámbito hispanohablante, lo llama un cronista reconocido de La Vanguardia. Es el autor de la que dicen mejor canción (Mediterráneo) en español en los cincuenta años más recientes, anota a su vez el periodista Gerardo Galarza.

Escasos cantautores han alcanzado el nivel y la categoría que Serrat posee. Sólo ignorancia o deshonestidad pondrían en duda que su obra pertenece a una jerarquía superior. La composición musical en el género que cultiva es resbalosa. Tarea inclemente la de fusionar las categorías clásica y popular.

Con todo, es autor de decenas, centenas seguramente, de composiciones impares. Recordamos al vuelo los arreglos que hizo a poemas de Antonio y Manuel Machado, de Rafael Alberti, de Miguel Hernández y José Agustín Goystisolo, entre otros. Cada cual es una garantía. No es improbable que en la actualidad sean más quienes conocen los Cantares por la voz de Serrat que por la lectura de Machado.

De sus propias creaciones el registro parece interminable. Si abrimos el catálogo corremos el riesgo de no concluir un debate sobre las cualidades de ésta o aquélla. Es así porque con ello se ingresa al espacio donde impera el criterio hedonista, donde cada quien elige lo propio, lo que nos toca más de cerca. Mediterráneo, La fiesta, Señora, Tío Alberto, Nena qué va a ser de ti. . .

Una antología reducida de su obra se formaría, seguramente, con no menos de tres docenas de canciones. Entre todas hay, no obstante, una que se refiere a un mito antiguo, que se remonta al mismo Homero y toca fenómenos inexorables: el viaje, la ausencia, pero sobre todo al tiempo. A la obra del tiempo –física y moral- sobre cada ser humano.

La Penélope de Serrat toca fibras muy recónditas, a niveles propios de la dramaturgia griega. Son las formas de las cosas las que dan origen al tiempo. Pocos personajes de la mitología griega gozan de la simpatía general de los lectores tanto como ella. Más que símbolo o emblema, es ella un arquetipo. Penélope teje y se desteje su tela sin cesar. Teje y desteje sus recuerdos y su hermosura

II

El olvido y la memoria son inventivos. Cada quien conserva en la mente y el ánimo una imagen de esa mujer legendaria. Pero es universal la identificación de Penélope con la fidelidad, la lealtad y la constancia. El trazo de Homero la concibió como modelo de devoción y de paciencia y la mujer así trocó en leyenda. La esposa que persevera y se mantiene firme, que resiste trabajos y acechanzas en tanto que aguarda el retorno del marido ausente.

La Odisea cuenta, en fin, las hazañas y dificultades de Odiseo en sus esfuerzos por volver a Itaca y se ocupa de Penélope para referir la soledad, la melancolía, los desvelos y otros sentimientos y circunstancias que abruman a la mujer. Los griegos poseen el honor de ser los creadores de la tragedia y en el censo de los dramas conservados de aquella etapa no pocos refieren los infortunios de las mujeres: Medea, Electra, Ifigenia, Antígona…

Ahora bien, ni los estudiosos de todas las épocas ni los humanistas ingleses o alemanes del siglo diecinueve registran pieza alguna que desarrolle –como tal-, hasta donde sabemos, el drama personal de Penélope. Veinte años de espera pueden alterar el equilibrio o las perspectivas de cualquier visión humana.

Con todo, si la espera de Penélope fue trágica, al arribo de Odiseo la vida retomó su curso natural y, de acuerdo con las mejores versiones -como en los Cuentos de hadas- la pareja vivió feliz desde entonces.

Transcurridos veintitantos siglos, Juan Manuel Serrat imaginó el vacío, que faltaba una pieza, que el drama no estaba conjurado y transforma aquella leyenda en una de las canciones más hondas y bellas de la música popular. Recrea una Penélope llena de encantos, viva y actual. Un día la conduce a la estación del tren a despedir a su amado. Va ataviada con su vestido de domingo, con un bolso de piel marrón y sus zapatitos de tacón. Vive el éxtasis que marca el punto culminante de una vida. Y allí en el andén, en ese recortado instante, estalla la calamidad, se desata el proceso doloroso que culminará en catástrofe. El caminante ha parado su reloj: el espíritu y la memoria de Penélope quedan varados en aquel momento y para siempre.

A diferencia de la princesa itacense, la princesa de Serrat no se cuida de poner a prueba la identidad del viajero que vuelve. No, para ella es evidente que el viajero que ha regresado no es quien se marchó veinte años atrás, no es quien ella espera. Si los griegos preferían finales tranquilos y reposados para sus dramas, Serrat procede del mismo modo. La Penélope de Serrat permanece allí entonces, sentadita en la estación, ataviada igual que veinte años antes.

La mitología no es una jactancia de los libros. La trama bastaría para fijar el arte de Juan Manuel Serrat. Pero artista completo, sabe que el argumento, para tornarse arte, exige una forma, una presentación. La encuadra entonces con una orquestación amplia, con una musicalidad rica y sonora, que a momentos nos parecen ecos de un maestro italiano. La pieza cierra su círculo con la voz ronca del cantautor, y su silueta solitaria con el micrófono en la mano. Y el tiempo sigue su marcha paso a paso.

San Miguel de Allende, julio de 2022

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