EL DISTRITO DE KAREN. Por Leandro Arellano*

              LA CASA

       Quien se apresta a salir al mundo no debe reparar en la puerta por la que ha de salir. Actualmente un distrito lleva su nombre. Así, con sencillez, sin adornos ni rebuscamientos: Distrito de Karen. Es zona residencial y uno de los rumbos más sugestivos y compuestos de Nairobi. El vecindario lo integra población blanca sobre todo -los expatriados, como se designa a los ingleses y sus descendientes-, que se asentaron durante el coloniaje y permanecen allí.

       En los latidos del barrio resuena su casa, transformada en museo. La casa, una extensión de la persona misma. La luminosidad del entorno se desahoga en la pureza matinal. Refulgen la vegetación presuntuosa, el azul rígido del cielo y la tierra colorada. Cuando Karen se estableció allí la señal de referencia la marcaba su proximidad al Monte Ngong, a pocos kilómetros del centro de  Nairobi. Actualmente forma parte de los suburbios suntuosos de la ciudad.

     No fueron pocas las ocasiones que visitamos físicamente la casa – museo. Corrían los años postreros del milenio. Ahora se le puede visitar en las plataformas digitales con facilidad. Además de nuestra propia afición, algunas visitas que acogíamos –y eran continuas- por curiosidad o auténtico interés nos pedían conocer la casa. Arropada por un discreto tropel de árboles y un sol decidido, la casa parecía desolada –sin estarlo- en cualquier hora temprana. Como si repusiera la expresión de Karen cuando sale de la casa para siempre, en 1931.

               LA VIDA

       El año de nacimiento de Karen, 1885, en el Congreso de Berlín las potencias europeas se repartieron África. El mismo año, el explorador  escocés David Livingstone, descubría las cataratas del Lago Victoria y en otras latitudes un farmacéutico estadounidense inventa lo que será la Coca-cola y Luis Pasteur da a conocer su experiencia con la vacunación preventiva. En Chicago comenzaba la construcción del primer rascacielos y moría en España Rosalía de Castro.

     Karen Blixen era su nombre verdadero, Isak Dinesen su pseudónimo. Nació en Rungsted, Dinamarca y allí murió en 1962, con un reconocimiento a su obra que no cesa de aumentar día a día. Karen pertenecía a una familia patricia, anclada en la aristocracia danesa. Estudió en Copenhague, en París y en Roma.

      Se casó con un primo suyo, sueco de nacionalidad: el Barón Bror Blixen – Finecke. El matrimonio se estableció en Kenia en 1914, con el propósito de administrar una finca cafetalera que allí adquirió. Sin embargo, pronto emergieron desavenencias en la pareja y se separaron en 1921, bien que el divorcio se consumó sólo hasta 1925.

      Karen conoció y se enamoró de Denys Finch -Hatton, un agradable explorador inglés que organizaba safaris. A diferencia de su marido, Denys tenía formación clásica, con estudios en Eton College. Un interlocutor del nivel cultural de Karen. Vivió feliz con él hasta 1931, cuando la fatalidad desplomó la avioneta en que Denys volaba, muriendo en el accidente.

      Cuando Karen volvió a Rungsted, donde se instaló a vivir con su madre, tenía 46 años. Nunca más volvió a África. A su muerte en 1962 el gobierno danés donó al de Kenia –en celebración de la independencia keniana- la casa de Karen, que en 1986 se convertiría en museo, tras la fama que alcanzó la película Memorias de África.

        LOS KENIANOS LA HONRAN

       La película Memorias de África –Out of Africa– del director Sydney Pollack, recoge la esencia del libro de Karen. Cuenta los recuerdos de la autora durante su estancia africana, con la actuación de actores de primera categoría: Robert Redford, Meryl Streep y Klaus María Brandauer. En coincidencia con el primer centenario del nacimiento de Karen, el filme fue premiado con varios óscares, entre ellos el de la mejor película,

     No fue la única. También basada en su obra, El festín de Babette es otro bellísimo filme que igualmente alcanzó fama mundial. Inspirada en un cuento de Karen y dirigida por Gabriel Axel, en 1987 ganó el Oscar a la mejor película de habla no inglesa. El historiador venezolano Germán Carrera Damas, enamorado del filme, escribió que la cena de Babette “devolvió la espiritualidad a aquellos escuálidos pescadores daneses.”

       La escritora no vivió para conocer la popularidad que alcanzó su obra. Pero en vida no hay duda de que tenía la certeza del valor de su literatura. Entre la abundante publicación de libros y estudios en torno a su obra, Alfaguara publicó hace algunos años un bello volumen titulado “Isak Dinesen: Una biografía en imágenes, de Frans Lasson y Clara Selborn.

       LA LITERATURA

   Karen comenzó a escribir en África, pero sólo al volver a Dinamarca publicó -con no pocas dificultades editoriales- un libro de cuentos en inglés en Estados Unidos: Siete cuentos góticos. Años difíciles aquellos, más aún para una mujer, sin contar que ella escribía indistintamente en danés o en inglés. Tuvo que echar mano de un pseudónimo: Isak. Está visto que todo libro, aun para el mismo autor, es una exploración que avanza entre aciertos y tanteos.

     Tres años más tarde, en 1937, publicó su segundo libro: Memorias de África. Este no sólo tuvo un acogimiento inesperado sino que el nombre de Isak Dinesen alcanzó fama mundial. Memorias de África y La fiesta de Babette son lo más popular de ella, y con razón. Pero acaso se manifiesta mejor la calidad de su escritura, el valor de su literatura en Cuentos de invierno, su tercer libro.

       Hay escritores que marchan como a contracorriente, artistas que eligen no alinearse ni seguir las corrientes en boga, para establecer sus propios ritmos, para elaborar sus propias creaciones. El afán mayor es la manifestación artística propia, la expresión individual del estro. Como Machado, a quien las corrientes y escuelas literarias de su tiempo no le afectaron, no lo influenciaron directamente. Karen pertenece a esa categoría.

     Si todo se resuelve en la comarca suprema del arte, la escritora poseía una virtud natural para narrar historias. Constantemente sube a nuestros oídos y a nuestra memoria una de sus tesis literarias más generosas, casi un apotegma: Escribe un poco cada día, sin esperanza ni desaliento.

     Por increíble que parezca, no han faltado críticos que la han acusado de racismo. Lo cierto es que no hay testimonios que la inculpen ni voces serias que lo acrediten.

     Una especie de fulgor emanaba de la casa – museo en las horas postreras de la tarde. Se habían marchado ya los últimos turistas. Entonces la volición o la memoria atraían hasta nuestros ojos la silueta sutil de la escritora, quien suavemente se perdía puertas adentro bajo la penumbra del crepúsculo, poblado ya de los rumores nocturnos.

                    LA – CDMX, 18 de febrero del 2021

*El autor es diplomático y escritor mexicano

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