DE SANTA TERESA. POR LEANDRO ARELLANO*

     Con ser cosa de intención divina, la literatura de la Santa de Ávila es literatura apegada a la vida, la que nos ata los pies a la tierra y nos previene de blanduras y complacencias. ¿Acaso no ella misma advertía a sus discípulas que la que no trabajara no comería? Y estañaba en el suelo la espiritualidad de sus conventos cuando repetía a las novicias “Entre los pucheros anda el Señor”.

     Pero igual, la Santa alcanzaba unos arrebatos místicos, unas elevaciones espirituales casi incomprensibles en los tiempos que corren. Ella misma las relata en Las moradas y en el Libro de su vida. Pocos seres humanos, como ella, han transitado con esa naturalidad en los extremos del espíritu y la materia, en una época -el Siglo de oro español- caracterizada por la mayor manifestación vital en todos los aspectos de la inquieta España.

     El Siglo de oro español difícilmente lo hubiese sido, más allá de su poderío imperial, sin aquella convergencia de plumas y de espadas gloriosas. Uno de esos momentos que definen el carácter y la personalidad de un pueblo, de una nación.

     La monja debió parecer, a la vista de muchos, un personaje fuera de lo común, un ser extraño.     No menos que asombro y admiración debió invadir a quienes leían o escuchaban que la Santa era aficionada a la lectura de libros de caballerías. Se trataba de una mujer, de una monja aficionada a los libros en pleno siglo dieciséis, una etapa álgida, también, de la España inquisidora. “Era mi padre aficionado a leer buenos libros, y ansí los tenía de romance para que los leyesen sus hijos”, escribió. Y se lamentaba de los confesores poco letrados con los que topaba de vez en vez, pues su credo incluía el reconocimiento de “qué gran cosa es el saber y las letras para todo”.

     Un hecho que asombra todavía es cómo la Santa transitaba en vida no sólo entre el cielo y la tierra, sino también en el inframundo, en el más allá, en los territorios oscuros y tortuosos de la superstición, para advertir a los lectores y a quienes quisieran escucharla, sobre maleficios y asechanzas inexplicables. Luego del trato con un cristiano que le confió su apego a una mujer borrosa, que resultó sortilegio y conmovió a la Santa, escribió como consecuencia: “Yo no creo es verdad esto de los hechizos determinantemente; mas diré esto que yo vi, para aviso de que se guarden los hombres de mujeres que este trato quieren tener”.

     La Santa nació en Ávila en 1515, en una familia numerosa: doce hermanos. Era inquieta, obstinada y muy devota. Fundó la Orden de las Carmelitas descalzas. Revestida de santidad murió en Alba de Tomes en 1582. Con San Juan de Dios forma la más alta cima del misticismo español. Una biografía informada y amorosa de la Santa se encuentra en la edición de las Moradas y el Libro de su vida, de la colección “Sepan cuantos…”, de la Editorial Porrúa, obra de la maestra Juana de de Ontañón.

     No es común, sino por el contrario, el progreso de las mujeres en el ejercicio de sus derechos, de su soberanía personal. La mayoría, en todas partes, continúa oprimida. Ha habido momentos extraordinarios, momentos cuando las mujeres han ocupado un espacio perentorio en decisiones históricas de varios asuntos. Pero han sido excepciones, no la regla. Uno de esos momentos –que cito aquí arbitrariamente- ocurrió durante la formación y desarrollo de la literatura de Japón, por allá en el cambio del primer al segundo milenio de nuestra era. Fueron mujeres las autoras de los libros fundacionales de las letras de ese país. Sei Shonagon escribió El libro de la almohada y Murasaki Shikibu La historia de Genji.

     Otro ejemplo es el caso de Sor Juana Inés de la Cruz, la joven monja mexicana cuya obra cierra, digamos, el Siglo de oro de la lengua española. No faltan ejemplos. En el siglo diecinueve mexicano, cuando la novela folletinesca echaba raíces, cobró vigor gracias a las mujeres mexicanas que dominaban en el público lector. No todas las literaturas, no todos los pueblos, han contado con un privilegio similar.

     Hace ya más de cinco centurias que nació en el corazón de España esta mujer que escribe con grandísima sencillez y claridad, sobre cosas humanas y divinas. Es una de las mayores autoras de la lengua española. Su lenguaje, castizo y rico,  se halla apegado como pocos al habla común, al habla cotidiana de la calle. Ocurre que la Santa, bien que todo lo atribuía a Dios, pertenecía al género de los escritores que se definen al escribir. Ella misma lo comenta y muy a su manera: “Algunas veces tomo el papel, como una cosa boba, que ni sé qué decir, ni cómo comenzar”.

     A Santa Teresa la envolvía la gracia divina, que ella convertía en la gracia de la palabra. Sus consejos y opiniones se tornaban proverbios cargados de sabiduría: “Mi opinión ha sido siempre, y será, que cualquier cristiano procure tratar con quien tenga buenas letras, y mientras más, mejor”.

     Los mayores poetas y prosistas de la lengua española de entonces la veneraban: Fray Luis de León, San Juan de Dios, Quevedo…

     La determinación de su carácter y su genio creativo eran los característicos de los hombres del Renacimiento. Lo mismo se encerraba en sus éxtasis, en sus arrebatos místicos, que en establecer un convento de monjas; en escribir capítulos de sus Moradas, que en dirigir cocinas multitudinarias, o en dar consejo a San Juan de Dios sobre asuntos terrenales.

      La suya era una de esas personalidades completas, rotundas que ante nada se detienen sino hasta ver realizado el bien y sus propósitos, incluidos sus libros. Estos constituyen una lectura provechosa y grata, por donde fuere que la toquemos.

                   LA / CDMX, 8 de marzo de 2021

 

*El autor del presente artículo es diplomático y escritor

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