V. POR LAS MÁRGENES DEL MAR NEGRO

I

Por razones inexplicables ha figurado en la memoria de nuestra geografía elemental. Sin descuidos ni excesos. Tendido en su azulada inmensidad. Tal es su naturaleza. Acaso en retribución por nuestro apego a los mapas, la historia y los distintos mares. Pero en la ocasión que referimos ahora, el azar nos ganó la partida. Los plazos derrumbaron nuestro propósito con imparcialidad.

Habíamos previsto embarcar en Constanza. Una travesía –sin opciones- más o menos apresurada. En el lapso de diez días circunnavegar el perímetro de aquel mar en un crucero… Atisbar varias ciudades, así fuese por unas horas nada más. Tal cual la bella Odesa. Aportar en la rebelde Sebastopol; besar el suelo de la Sublime Puerta; y divisar La Cólquide, espacio de nombre e historia harto sonoros.

Entre todas, Constanza fue la única que nuestros pies pisaron y nuestros ojos recorrieron. Advertimos la melancolía reposada de la población durante las horas de espera y apuramos una botella de vino en un café de griegos. Una cadena de circunstancias repentinas impidió la continuación de aquel propósito. Pero los hados, siempre previsores, nos encaminaron hacia otros destinos. Como fuere, el suceso había dado motivo a una serie de lecturas, debates y proyectos insospechados.

Océanos, mares y ríos, cada uno ampara su historia. La geografía ubica al Mar Negro en la convergencia de tres continentes. África, Asia y Europa confluyen allí con sus dilatadas corrientes, físicas y espirituales. Fuerzas naturales transformadas en aluviones y flujos que navegan hasta un punto para rehacerse allí e iniciar la vuelta al origen, en un ciclo inagotable.

Pocos mares poseen una carga histórica como la que registran su litoral y sus arenas milenarias. El despertar de la civilización occidental se halla profundamente vinculado con las aguas de esa región. El Mar Negro, con el Mediterráneo – el uno viene a ser continuación del otro– constituyen el espacio que acunó a varias de las primeras civilizaciones que la historia registra, tanto en sus márgenes acotados como en sus alrededores.

El estrecho que une a los dos mares, el Bósforo, ha sido testigo de un acontecer incesante que se muestra como un libro ilustrado apenas se traspone la compuerta, en una dirección u otra, de Estambul.

Entre los primeros historiadores que lo describieron se cuenta a Flavio Arriano, quien discurrió por qué sus aguas son distintas a las del Mediterráneo. Equivalente a mar oscuro o sombrío, su primer nombre -en griego- fue Ponto Axeinos. Acaso porque su gran profundidad oscurece el agua, a diferencia del escaso fondo del Mediterráneo, aseguran los estudiosos.

Luego cambió, no se sabe cómo. Griegos y romanos acabaron llamándolo Ponto Euxinus o Euxinos: mar afectuoso o cordial. Hay quien asegura que lleva ese nombre por una ironía. El Ponto siniestro llama Ovidio al lugar de su destierro, la costa occidental del mismo mar.

Mar hospitalario, lo llama Pierre Léveque en el espléndido libro L´aventure grécque. Para los bizantinos simplemente fue el Ponto, el mar. No le faltaron otros nombres, hasta que en los siglos dieciséis y diecisiete se generalizó el de Mar Negro.

II

Los hechos –reales y ficticios- que aquí se narran ocurrieron bien antes de la actual invasión rusa de Ucrania. Conflictos de esta naturaleza modifican usualmente la geografía. De modo que los países ribereños son y no son los mismos de los tiempos antiguos.

Nos habíamos allegado material de lectura como parte de los preparativos del viaje. Nos aplicamos al estudio de particularidades: la ruta, el tiempo, las ciudades, el clima, los países costeros, la alimentación, el tipo de buque y otros aspectos. Bien que la prevista travesía naufragó, nada de lo estudiado se ha desvanecido. Importa mucho en qué se goce cada quien.

Todavía en los bordes, dos libros de autores ingleses -Charles King, The Black Sea. A History; y Neal Ascherson, Black Sea– aportaron información adicional y perspectivas novedosas a nuestros afanes.

Trascurrido algún tiempo, al acercarse el plazo para el cierre de la presente nota, arribó a nuestras manos otro libro de lectura ineludible: Bizancio después de Bizancio, de Nicolae Iorga, el historiador rumano. Su lectura infundió luz inédita a los anhelos suspendidos de nuestra excursión.

El Ponto bien puede ufanarse de sus proveedores. Son varios, largos y reputados los ríos que en él desaguan. Flavio Arriano, al volumen de descarga que producen, atribuía la cualidad dulzona que el agua del Mar Negro posee, diferente a la de otros mares.

Señalemos al Dniéper en primer lugar, entre los abastecedores. Sus aguas discurren por territorio ruso, bielorruso y ucrano hasta desfogarse en el Ponto, luego de recorrer 2287 kilómetros. En segundo, al Dniéster, el cual nace en Los Cárpatos y fluye por Ucrania y Moldavia a lo largo de 1352 kilómetros, drenando una enorme cuenca.

Proveniente de la Rusia europea, el río Kubán fluye por el Cáucaso Norte en una longitud de 870 kilómetros y descarga su corriente en el Mar de Azov. Ruso también, el Río Don (el Tanais para griegos y romanos de la antigüedad) desemboca asimismo en el Mar de Azov, tras recorrer 1870 kilómetros.

Así como el Mar Negro parece o es una continuación del Mediterráneo, el de Azov constituye una prolongación del Negro, a través del Estrecho de Kerch. Hacia el norte, en un extremo del Azov, se encuentra una pequeña ciudad llamada Taganrog. Nada la distingue de la monocromía de la región. Nada, salvo un suceso notable: allí tuvo lugar el nacimiento de Chéjov.

El Danubio es legendario. Es el gran río europeo bien que -acaso con razón- Claudio Magris lo considera austriaco. Es el río que aporta la mayor descarga al Ponto. Acarrea las diversas corrientes desde su nacimiento en el norte de Alemania, a lo largo de 2,800 kilómetros, hasta su desembocadura en el Mar Negro. Su curso baña los muros de varias capitales de Europa Central.

Además de los ríos, acoge los inacabables flujos que, diametralmente opuestos, le trasmiten el Mar de Mármara por un lado y por el otro el Mar de Azov.

III

Es el Ponto el más maravilloso de los mares, observa Herodoto. El historiador anotó la impresión de su visita al lugar y con ello estableció uno de los primeros testimonios que la historia documenta.

El perímetro del Mar Negro lo forma un cinturón de playa arenosa, habitado en toda su extensión por gente de lenguas y etnias diferentes, de procedencias y orígenes diversos.

Parece que la literatura compite y a veces rebasa a la historia de ese mar, en prodigio y vastedad. Son varias las epopeyas que registran las letras, cuya acción tiene lugar en las aguas, costas o arenas del Ponto.

Jasón y los Argonautas representa uno de los más populares mitos del pasado. Apolonio de Rodas (295-215 A. C.) basa su historia en una añeja leyenda. El relato indica que los navegantes del Argos partieron rumbo a La Cólquide, en busca del Vellocino de oro. El trayecto se colmó de acontecimientos y aventuras para los argonautas, especialmente del protagonista. La obra no alcanza el aliento épico que el autor se proponía y a ratos languidece, pero alcanza algunas notas fastuosas, como la descripción de las relaciones de Jasón con Medea.

Igualmente legendaria y sin duda con mayor valor simbólico que la aventura de los Argonautas, es la leyenda de Prometeo –hijo de Titanes- condenado por Zeus al exilio y al martirio de permanecer encadenado a una roca en las montañas del Cáucaso. ¿Su crimen? Haber robado el fuego del Olimpo y entregarlo a la raza humana. Benefactor de la humanidad, Esquilo fija en Prometeo encadenado una de las obras más inspiradas de la literatura universal.

Jenofonte provee una de las narraciones más amenas de la antigüedad clásica. La retirada de los Diez Mil desde Persia hasta las riberas del Mar Negro. La hazaña de los mercenarios griegos que acompañaron al príncipe Artajerjes, pretendiente del trono persa y quien fracasa en su intento de modo desastroso. Refiere Jenofonte en su admirable relato -La Anábasis- cómo el remanente de aquella tropa bordeó primero una parte y tuvo después como referencia al Ponto, en todo momento.

La antigua Tomis acogió años más tarde a uno de los grandes poetas latinos. Vivió Ovidio allí sus últimos años, agobiado por el exilio impuesto por Augusto y la nostalgia que le producía el alejamiento de Roma. Renuente al principio, fue mudando su opinión ante el trato y reconocimiento que le concedió la población local.

De un salto nos trasladamos al siglo veinte. Siglo vertical y pródigo en guerras. Varias potencias mantuvieron en sus afanes estratégicos al Mar Negro, pero se desconocen estudios o proyectos al respecto. En cambio retumbó en el mundo, poco antes del fin de la Segunda Guerra Mundial, la noticia de la firma de los Acuerdos de Yalta, que partieron al mundo en dos bloques antagonistas. Más allá de los Acuerdos, prevalece la foto de Los tres caballeros que los suscribieron: Winston Churchill, F. D. Roosevelt y J. Stalin. ¿Yalta? Antes soviética, hoy ucrana, ¿mañana europea?

IV

El Mar Negro se abre al flujo del Mediterráneo en el Bósforo, el estrecho marítimo abastado de historia que divide y enlaza a Europa y Asia.

En todos los mares a su alcance los griegos fundaron docenas de ciudades antes del despertar pleno, del completo apogeo cultural griego. En el establecimiento de colonias en ambos mares, el Mediterráneo y el Mar Negro, fueron alentados por varios factores. Los años que presenciaron la amplia actividad colonizadora griega van del 750 al 550 A. C.

En la actualidad, los países que circundan al Mar Negro son: Bulgaria, Georgia, Rumania, Rusia, Turquía y Ucrania. Son no pocas las ciudades asentadas en el perímetro del Ponto, y si algo da carácter a los pueblos, son sus grandes ciudades.

El perímetro costero donde los antiguos levantaron nuevas poblaciones o fortalecieron las existentes es vasto, bordea y ampara a la mayor de la región en tamaño e historia, La Sublime Puerta. Bizancio, Constantinopla o Estambul. Los nombres que la han designado bastan para apreciar su magnitud y su valía. Suman dos milenios de historia incesante.

A Odesa, cuyos primeros asentamientos –griegos- son rastreables hacia los años setecientos y trescientos, antes de Cristo. El nombre de la ciudad evoca resonancias del Olimpo y es lugar donde –un par de milenios más tarde- nació y vivió toda su vida Isaac Babel. Hoy es la tercera ciudad de Ucrania.

Ciudad portuaria ubicada en Crimea y bañada por las aguas intensamente azules de este mar inagotable, la fama le aparece a Yalta con la Conferencia que congregó allí a Churchill, Roosevelt y Stalin en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, e igual remonta su origen a la colonización griega.

A la ya citada Tomis, hoy Constanza, origen de la latinidad y del fervor rumanos. A Sebastopol, territorio heroico, en disputa entre Rusia y Ucrania. A Mariúpol, casi desconocida hasta antes de los bombardeos ruso.


Todas han de inventar un color nuevo y la población debe buscar una fábula en su memoria. Como los viajes, las lecturas suelen comenzar con inquietud y acabar con melancolía.

 

San Miguel de Allende, julio de 2022

 

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