IV. PRIMERA EXPERIENCIA CONSULAR. HOUSTON, TEXAS.

Parte 1

Nuestro arribo a esa importante ciudad tejana se dio en condiciones poco propicias, básicamente por el hecho de que, si bien solicité información a la Dirección General del Servicio Consular o de Asuntos Consulares, no recuerdo con exactitud el nombre oficial que se le daba en la época, nada se me dijo respecto de una situación de importancia trascendental que se generó apenas un año antes de mi llegada y que resultó en la elevación de rango de esa Representación mexicana, que anteriormente había tenido el nivel de consulado de carrera.

En síntesis, la cuestión surgió de innumerables quejas y denuncias que se recibían en la cancillería sobre el irregular funcionamiento -por decirlo suavemente- del consulado, que hizo indispensable la presencia de un Visitador, quien efectuó una amplia auditoría y revisión general de la actuación del personal y que llevó a las autoridades centrales a adoptar medidas draconianas, como la destitución o traslado disciplinario de varios integrantes de la plantilla de personal y del propio titular de ese entonces, un cónsul consejero cuyo apellido era, según recuerdo, Aguirre Noriega. En otras palabras, el consulado se había convertido en un verdadero nido de abuso y prepotencia que mucho lastimaba la economía y la dignidad de la comunidad mexicana residente.

Como indiqué, nuestro arribo resultó difícil, pese a la buena recepción que obtuve del cónsul general, Mario Tapia Ponce, quien no era funcionario de carrera, pero conocía bastante de aspectos básicos de la labor consular, dado que había fungido en alguna época como director general de Aduanas de México y de manera intermitente había ocupado puestos en el SEM. Recuerdo haber sido recibido en el aeropuerto por quien con el tiempo mantuvimos buena amistad, el canciller Samuel Mora, a quien conocía de vista en la FCPS de la UNAM pues cursaba la misma carrera, aunque iba un año delante de mí y con cuyos hijos y esposa Sully -venezolana- hicimos buenas migas, lo mismo que nuestros aún pequeños hijos.

Junto con mi esposa e hijo nos condujo a un alojamiento provisional (un townhouse(condominio horizontal, en términos nuestros) que se encontraba en la avenida Westheimer, que se extendía desde una calle que desembocaba del centro hacia el este, hasta terminar la zona urbana) en el cual permanecimos durante unas tres semanas mientras llegaba nuestro menaje de casa y conseguíamos alojamiento permanente, lo que finalmente logré arrendando otro townhouse localizado sobre la misma avenida arriba mencionada.

Siendo Houston proclive a recibir el impacto de huracanes del Golfo de México, apenas instalándonos en ese domicilio provisorio, en agosto de 1983, tuvimos el infortunio de sufrir la llegada directa de un meteoro que, según la costumbre, le correspondió llevar como nombre Alicia y que si bien no está considerado entre los que mayores daños han causado a esa urbe, sí obligó a las autoridades de la alcaldía y del condado, a clausurar por espacio de dos o tres días el acceso al centro de la ciudad, lleno de rascacielos, pues la fuerza de los vientos arrancó de cuajo anuncios monumentales y vidrios de edificios poco seguros o en proceso de construcción, por lo que por se corría el riesgo de ser partido en dos por inmensas guillotinas voladoras.

Con gran gusto me reencontré con la canciller Irma Elena Ang, con quien había coincidido el primer año de estancia en Nicaragua, estando ella a cargo de la administración general del consulado. Asimismo, poco tiempo después llegó a reforzar la plantilla el vicecónsul Javier Aguilar Rangel, hermano menor del gran compañero Ubaldo Aguilar, quien casi hasta su lamentable deceso fungió como jefe del archivo del Servicio Diplomático y era muy querido y apreciado en la SRE. Javier Aguilar llegó acompañado de su familia, su esposa cubana Leticia, y los hijos de ambos, con quienes también hicimos gran amistad. De manera similar, algún tiempo después arribaría el canciller José Luis Bretón Madrigal (sustituyendo en la administración a Irma Elena Ang, que creo recordar fue enviada a Francia) y su joven esposa, también cubana, Maricarmen, a quienes convencí de apadrinar a mi hijo segundo, Andrés Antonio, y a quien decía yo que equivocó carrera pues era un hacha para los negocios; en tanto, padrino de Tonatiúh resultó serlo Javier Aguilar, en una enredada situación relativa a mi condición de agnóstico, que mencionaré en párrafos posteriores.

Estaban ya adscritos también en Houston los cancilleres María Elena Alcaraz (fungiendo como secretaria del cónsul general), Rosa María Juárez Hernández y Daniel Hernández Joseph (a quien, por cierto, alentamos y convencimos de concursar para ingresar a la rama diplomática y a la fecha ya es todo un señor embajador de carrera, después de desarrollar muy positivas funciones como director general de DGPAC y, al dividirse esa, de la DGPME), que integraban un muy eficiente departamento de Protección Consular, que también incluía a Teresa Zinser Sierra. Con todos los mencionados hicimos un sólido equipo para sacar adelante el trabajo del consulado general.

También recuerdo con afecto a una empleada local, doña Fanny Lastra de Esparza, viuda del anterior cónsul adscrito, Manuel Esparza Thomas, quien falleció en el desempeño de su encargo y que quizás por ese motivo la SRE procuró dar apoyo a la viuda y a los tres hijos del finado cónsul.

El intento de apoyo llevó a que el director general del Servicio Exterior, si bien recuerdo era Carlos de Icaza, intentase, de buena fe, otorgar nombramiento de canciller a la hija que ya era mayor de edad, pero desgraciadamente, en cumplimiento de los protocolos para su designación se estableció que la joven Esparza Lastra no hablaba adecuadamente nuestro idioma.

Esto sonará insólito para algunos que lean este relato; sin embargo, era muy real el desconocimiento de su lengua materna (y paterna) y yo, curioso como siempre fui, logré que doña Fanny me aclarara de manera voluntaria y plenamente esa situación. Así, en una de tantas charlas que sostuve con ella, que era chiapaneca de abolengo, me sorprendió al comentarme que el asunto de que sus hijos no pudieran desempeñarse suficientemente en nuestro idioma castellano, sino que hablaban un champurrado bastante feo (mirra, pour feivor, tu decirme, mexxicanou… y así por el estilo), era culpa del padre, o sea del cónsul Esparza Thomas, porque resultó que estaba decepcionado de su Patria y que en cierto momento de la carrera en el SEM, con sus hijos pequeños, decidió que no era necesario que supieran hablar la lengua castellana, porque lo que quería era que devinieran en “good american citizens”, ya que México era un país del cual se avergonzaba. Fanny me aseguró que ella no estuvo nunca de acuerdo con esa decisión porque ella siempre siguió amando lo mexicano, pero que su esposo era muy impositivo y que lo único que había logrado es que le entendieran hablándoles en castellano, pero respondiéndole ellos en inglés. Muy triste me pareció su relato, especialmente tratándose de un hombre que estaba a un escalón de ser cónsul general de México.

Desgraciadamente este fenómeno sociológico está presente en varios otros casos en el SEM, especialmente entre personas que se consideran de alta alcurnia y que piensan que hacen a México el favor de representarlo; personas que en su domicilio hablan un idioma diferente al castellano, para distinguirse de quienes solamente hablan este idioma. Es un efecto de factores muy diversos que incluso conduce a colegas del SEM a preferir cuando se está trabajando en el exterior tomar vacaciones e irse con la familia a otros países, en vez de aprovechar la oportunidad para que los hijos conozcan al país que les otorga la nacionalidad irrestrictamente y que deben amar; o aquellos otros que adquieren propiedades en EUA, en una mayoría de casos, aunque también en otros países, con la idea de -al jubilarse- residir en ese país, culminando así, su “sueño americano”.

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El negrito en la sopa dentro del personal del consulado resultó ser un muchacho de Jalisco, el canciller Antonio Sandoval Casillas, que se había salvado de la purga que debió realizarse ante las irregularidades denunciadas y que además alardeaba de ser la eficiencia y eficacia hechos persona, pero que en pocas semanas debí comenzar a vigilar muy de cerca. Esto, debido a que como hice con todos los miembros del personal para conocerlos en lo privado, incluidos los de contratación local, al ir a tomar el almuerzo con él, casi de manera automática, apenas sentándonos en la mesa, me hizo una pregunta que me puso en guardia. ¿Cónsul, me dijo, qué piensa usted de la corrupción? De manera muy enfática, le respondí que era un cáncer, desafortunadamente muy arraigado en numerosos segmentos de nuestro país, presente en muchas instancias gubernamentales, lo mismo que del sector privado y del mismo SEM, que debíamos todos luchar por erradicar de cuajo.

Mientras nos traían los soft drinks que pedimos, pues no era conveniente ingerir alcohol ya que en una hora más estaríamos de regreso en la oficina, volvió a la carga, preguntándome entonces si para mí era lo mismo ser corrupto que ser “accesible”. Cavilé un instante y, a mi vez, le pregunté qué era lo que él entendía con ser accesible. También lo pensó momentáneamente y me dijo algo así: bueno, llega ante usted una persona que no reúne plenamente los requisitos para que se le expida determinado documento, y al escuchar su caso y las circunstancias, usted considera que puede ayudarlo. Al llegar a esa expresión suya lo detuve y le dije que para ese tipo de situaciones personales muy específicas y con el afán de apoyar a un compatriota, las diversas disposiciones legales, reglamentarias y demás, nos otorgaban suficiente flexibilidad en el uso de nuestras facultades legales para resolver casos y situaciones que no pueden quedar en normas de uso general, por su variedad casi infinita. Y agregué, a propósito: entonces le ayudas y ¿qué pasa después?, le espeté. Señaló que el compatriota o el usuario, en general, reconociendo nuestro esfuerzo nos entrega una suma de dinero en premio a nuestra buena, “disposición”. Entonces, caes precisamente en el supuesto de que estamos hablando de un acto de corrupción, le manifesté, pues si lo haces esperando esa retribución, eres definitivamente corrupto.

Antonio Sandoval todavía buscó maneras de matizar sus expresiones, evidentemente tratando de convencerme de que ayudaba de buena fe y que los usuarios eran muy agradecidos, pero ya no tuve paciencia con él y dando por terminado nuestra siempre apresurada hora del lunch, de plano le señalé que de ahí en adelante estaría muy vigilado por mí y que a la primera queja en su contra o si lo descubría en alguna situación anormal, procedería a reportarlo a la SRE.

 

Además, en un par de semanas el cónsul general me autorizó a cambiarlo de funciones y decidí que se hiciera cargo exclusivamente de la documentación a extranjeros, consistente básicamente en algunos turistas de ciudadanía estadounidense que solicitaban su tarjeta de turismo para pasar al territorio mexicano, así como tejanos que solicitaban permisos para ir en plan de cacería a territorio nacional (turismo cinegético), deporte que en esa época era muy socorrido y que generaba ingresos bastante respetables, pues a cada persona se le cobraba en promedio 150 dólares por toda la documentación, tanto personal como del arma o armas de cacería que deseara importar temporalmente a México para cazar borrego cimarrón o venado.

Dado que el joven realmente no logró adaptarse a servir sin corromperse, pues comprobé que solicitaba “favores” a las agencias de viaje que tramitaban dicha documentación cinegética, finalmente convencí al cónsul general de que era tiempo de que se le regresara a México y en efecto solicitamos mediante un informe especial de su desempeño que, como medida disciplinaria se le regresase a nuestro país. Sin embargo, pareciera que contaba con algún ángel (más bien diablo) de la guarda, pues su traslado se efectuó al Consulado General mexicano en ciudad de Guatemala, país donde a la sazón se encontraba mi hermano como Ministro de la embajada y a quien alerté de las características poco propicias para servir y él a su vez lo hizo con el titular de la representación consular.

Según hube de enterarme después, en su desempeño en el consulado fue rápidamente “cachado” tratando de hacer dinero extra, o queriendo “levantar” a alguna mujer guapa, por lo que se le reasignó a laborar en el archivo de la embajada, no obstante lo cual, se daba aires de grandeza y fueron tantas las llamadas de atención por su desparpajo al trabajar y presumir- inclusive- que sin él la embajada sería un tremendo desastre, que el embajador en turno en Guatemala, que creo era el Doctor en Derecho Diego Valadés. Finalmente, al canciller Sandoval lo regresaron a México -a Guadalajara, su tierra-, para trabajar en la delegación de la SRE y donde finalmente se le aplicó un proceso de despido, pues nuevamente fue descubierto intentando recibir sobornos para ayudar a ciertos usuarios a incumplir con la legalidad mexicana en diversa materia de atención documental al público, por lo que se le dio baja definitiva del SEM.

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Otro aspecto que estimo debe ser de interés para mis lectores, fue que en esos años la SRE adoptó una decisión importante para que miembros de carrera del SEM se capacitasen en derecho estadounidense, penal y administrativo en principio, con miras a contar con funcionarios con la capacidad técnica jurídica para entender debidamente las complejidades que guarda una legislación muy distinta a la que en México estudian para graduarse en abogacía, ese conocimiento resultaba ya indispensable para que nuestros funcionarios de la naciente aún área de protección consular llevaran correctamente los numerosos casos en que el consulado participaba con abogados consultores para logar mejores condiciones de defensa de nuestros connacionales, fueran o no culpables.

Tengo muy presente el recuerdo que el primer becario para estudiar legislación estadounidense en universidades locales fue Migue Ángel González Félix, a quien había conocido trabajando en la dirección del servicio exterior y que, tras capacitarse tuvo un ascenso meteórico en el escalafón de la SRE, llegando a ocupar el cargo de Consultor Jurídico de la cancillería, aunque con el pasar de los años se orientó más al derecho penal y entiendo que emigró quizás definitivamente a la entonces Procuraduría General de la República (PGR) donde también fue subprocurador para Asuntos Internacionales.

Regresando al tema de la extensa corrupción que había sentado sus reales en el consulado, debí atestiguar su profundidad prontamente, para mi pesar, pues debido a la gran cantidad de compatriotas que requerían de nuestros servicios documentales, que en esos años eran fundamentalmente los de matrícula consular y pasaporte con sus respectivos refrendos que reglamentariamente existían, al igual que la expedición de la cartilla del servicio militar nacional (SMN) a los jóvenes que estando allá cumplían los 18 años de rigor, y cuyo incumplimiento tenía consecuencias para los infractores, pues les limitaba severamente la obtención del pasaporte. Y lo percibí en el movimiento diario, pues debía salir de mi despacho para apoyar a los cancilleres que con gran dificultad atendían a los numerosos solicitantes y, al mismo tiempo, tenían que elaborar los respectivos documentos, lo que se convertía en un lento proceso.

Por ello, me dedicaba a recibir las solicitudes de matrícula consular (MC) que conformaban el trámite más numeroso y, luego de revisarles sus documentos probatorios, los usuarios me entregaban un billete de $10 dólares y se retiraban, por lo que yo debía llamarles de inmediato, diciéndoles que olvidaban su cambio. Extrañados, me decían: ¡pues es lo de siempre, cónsul! Yo los miraba con algo de vergüenza y les respondía que no, que observaran en el tablero la tarifa consular que indicaba claramente que los derechos que se cancelaban eran de $3 por expedición y de $1.50 por refrendo de esos documentos y les extendía la mano con el dinero de vuelto. ¡Ah, pues qué padre!, exclamaban algunos y recogían su cambio. En cuanto a los pasaportes, creo que en esa época costaban 18 dólares con duración de cinco años y trece cuando eran por solamente un año; pero entregaban 30 y 20 dólares, respectivamente y comenzaban a retirarse, similarmente a lo que sucedía con las MC. Pero peor resultó la corrupción en la expedición de las cartillas del SMN que siendo, gratuita por ley, se les cobraba $50 dólares por cada una.

Otro trámite masivo estaba vinculado a los viajes de retorno a la patria que nuestros paisanos llevan a cabo casi invariablemente en las vacaciones navideñas (de gran masividad) y de la denominada Semana Santa. Aquellos compatriotas que contaban con un vehículo y deseaban viajar en +el hasta el lugar de donde eran oriundos debían, conforme las disposiciones legales de aquella época, recabar un documento del consulado que indicaba la información básica del vehículo que se tratase, así como del dueño/conductor, el cual les generaba un pago de derechos, conforme a la anual Ley de Ingresos de la SHCP, 10 dólares; sin embargo, la administración anterior les cobraba 50 dólares adicionales, así que los lectores podrán imaginar las “ganancias” que se obtenían, especialmente en las festividades, cuando se emitían entre 50 y 100 de esos documentos por día.

Para los connacionales, sin embargo, lo peor era que al llegar a la frontera eran terriblemente maltratados tanto por el personal de migración como por el de Aduanas, que como vampiros les quitaban los regalos que llevaban para la familia, les decomisaban los vehículos que le gustaba a algún jefe, les inventaban reglas inexistentes, les desconocían la validez de los documentos expedidos por el consulado, que frecuentemente rompían simplemente, diciéndoles que “el personal consular no sabía de las leyes aduaneras”, lo que nos ocasionaba fuertes reclamos de los paisanos a su regreso de la malhadada estancia en México. Desgraciadamente, pese a que distintos gobiernos han tratado de “limpiar” de buena fe la cloaca que son el INM y la DG de Aduanas, el problema sigue siendo cíclico, pues conforme el personal “sienta sus reales” en una localidad comienza a cometer actos de abuso y corrupción que tanto daño hace a nuestros migrantes y a la imagen que de su propio país ellos tienen.

Así pues, pude establecer que el consulado de carrera en Houston se había convertido en un nicho de corrupción donde el anterior cónsul titular manejaba los “ingresos extra” y cada fin de mes, entregaba a todo el personal un cheque de su cuenta personal, que correspondía a la parte porcentual de “las ganancias” del mes que según el mismo jefe les tocaban, quedándose él, lógicamente, con la “tajada del león”. Ese funcionario, de apellido Aguirre Noriega, no fue destituido sino únicamente trasladado al consulado que existía en San Luis, Missouri.

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Mi relación de trabajo con el cónsul general fue buena desde el principio, pero no magnífica pues quizás por la edad, el cónsul Tapia Ponce mostraba una tendencia a perder los estribos con facilidad, lo cual le llevaba a ser grosero, tanto con el público como con el mismo personal a sus órdenes, lo cual me parecía impropio de todo jefe, por mis experiencias previas. Tomando en cuenta que el cónsul general era sumamente accesible conmigo, en pocas semanas aproveché una oportunidad en que se produjo un nuevo incidente en la oficina, resultante de un error en la expedición de una matrícula consular, que se entregó a nombre de un usuario, pero con fotografía de otro y, al reclamar aquél, Tapia Ponce se lio en una agria discusión con el compatriota. Al resolverse, la agarró contra el canciller Samuel Mora, a quien escuché muy claramente que espetó: іPendejoᴉ

Descontento, acudí a su despacho para conversar y hacerle ver que resultaba muy negativo que nuestros paisanos testificaran ese tipo de comportamiento, con el público y con el personal del consulado, incluso, pues debe haber un respeto recíproco; por ello, le planteé cambiar los procesos a manera que él ya no tuviera que participar en el jaloneo diario con el público, que me autorizara a firmar matrículas, pasaportes y cartillas del SMN para que él se dedicase a desarrollar contactos políticos y el respectivo análisis del ambiente local y que atendiera de forma exclusiva el servicio notarial consular y el registro civil. El cónsul general se manifestó encantado del cambio propuesto y en pocos días fue notorio como las labores se realizaban sin la tensión que se percibía anteriormente cuando había errores que inevitablemente el personal cometía a diario, o por las quejas del público usuario. Así, durante muchos meses las oficinas mejoraron visiblemente, las críticas del público casi desaparecieron y el ambiente laboral igualmente cambió para bien.

Incluso establecí como una costumbre que, de tanto en tanto, fuéramos quienes así lo desearen del personal a celebrar juntos algún cumpleaños u otra festividad y, de la misma manera, los que integrábamos el segmento masculino ocasionalmente nos juntábamos para efectuar breves visitas a antros de “strip tease” tan famosos como el “Calígula”, siempre pensando yo que una mayor convivencia abonaba a un mejor ambiente de trabajo y sentimiento de pertenencia a un equipo.

Lo que puedo mencionar como una realidad inobjetable, al menos para esos años, pues desconozco que avances -o retrocesos- pudieran haberse producido en un aspecto tan importante: la cultura de masas. Era lamentable la casi nula vida cultural que existía en Houston, conforme a los estándares que tenía yo como ejemplo de variedad y calidad, o sea nuestro mismo país, Cuba, Nicaragua incluso, Costa Rica y Canadá, que realizaban con mucho una mayor actividad de difusión cultural. Hasta donde mis recuerdos alcanzan, puedo mencionar solamente dos eventos trascendentes en el par de años que ahí permanecimos: una monumental exposición de la R.P. China, pues eran los años en que EUA decidió el reconocimiento del régimen de Beijing, reduciendo sus lazos con Taiwan/Formosa, aunque sin abandonarla desde el punto de vista militar. Se trató de una exposición relacionada con los Guerreros de Terracota que recibió enorme difusión y atrajo multitudes ávidas de cultura.

El otro evento que recuerdo fue la presentación de la obra musical “Evita” con la gran intérprete Patti Lu Pone, actriz de renombre internacional en aquella época, cuya actuación fue excelente, pero que desgraciadamente fue opacada por la mala costumbre tejana de sentarse con sus enormes sombreros tan tradicionales de los rancheros de esa parte de EUA -antes mexicana, vale recordar- que nos impedían la visión del escenario cada vez que se movían y que además tendían a aplaudir a cada mínima pausa que tuviera la presentación, con lo que mostraban su desconocimiento de los usos para aclamar el espectáculo cuando se disfruta. En esa época tampoco existía la presencia de nuestros eventos culturales y gastronómicos, pues aún prevalecía la imagen del mexicano como “wetback”.

Pese a ello, nuestros compatriotas, o sus descendientes directos mejor dicho, ya formaban grupos cuyo objetivo básico era la celebración de la ceremonia de El Grito el 15 de septiembre, pero mayormente los festejos del 5 de Mayo que, por causas muy nebulosas han sustituido en el imaginario popular estadounidense a la primera como la fiesta nacional mexicana más importante. Recuerdo que en Houston había un Comité Patriótico Mexicano que estando en esa adscripción me correspondió coordinar porque el cónsul general Tapia Ponce como mencioné anteriormente estaba ya cansado de sociabilizar con estos grupos, compuestos por dueños de pequeños negocios “chicanos”, políticos locales y uno que otro catedrático del mismo origen, casi todos los cuales hablaban un florido castellano salpicado de constantes expresiones en inglés.

Fue así que tuve un papel de fiel de la balanza en la elección de la dirigencia, cuyos integrantes se rebelaron contra el o la anterior presidente/a -no recuerdo ni su nombre ni su sexo- por razones de que tal personaje llevaba muchos años usando al comité para sus propios fines y, en una elección sumamente competida ganó el señor Ventura Ríos, mexicano-estadounidense nacido en Nuevo León y traído por sus padres muy pequeño; gran trabajador e interesado en la comunidad de habla hispana -inmensa en Texas y California- con quien logré establecer una buena relación de trabajo, pese a que su castellano era peculiar, pues proviniendo de campesinos mexicanos su hablar era exactamente así, pero en inglés, que era ya su verdadero idioma, se desempeñaba con gran soltura; recuerdo incluso que desempeñaba un puesto público estatal, aunque he olvidado cuál era. Más adelante comentaré más sobre él y su amistad.

Houston comenzó a ser nuevamente considerado como sitio digno de que para las festividades del 15 de septiembre, el presidente de la República designase a un miembro del gabinete para que acudiera a dar el Grito ante grandes multitudes de paisanos que, con ello, disfrutaban por un rato de los recuerdos de su lejana tierra natal y, al mismo tiempo, aprovechaban para denostar ruidosamente al funcionario designado, pues la comunidad migrante tenía muy claro y lo sigue teniendo, que en la mayoría de los casos la necesidad de migrar ha sido y sigue siendo producto de la falta de oportunidades y empleo en sus comunidades originarias y el fracaso de las políticas gubernamentales de empleo y de aplicación estricta de la Ley Federal de Trabajo, lo que deja en la indefensión al trabajador ante los abusos y ambición patronales. Así, en los dos años en que me tocó estar en 15 de septiembre, tuvimos las visitas para esa festividad del secretario de Energía, Minas e Industria Paraestatal (SEMIP), Francisco Labastida y al año siguiente el director general de PEMEX, Jorge Díaz Serrano. Atenderlos adecuadamente era nuestra tarea en esas fechas patrias, pese a que casi de manera automática los altos funcionarios nos vieran con bastante desdén, sintiéndose de una clase muy por encima del mexicano de clase trabajadora y principalmente campesina.

Así, en un ambiente laboral de camaradería y amistad pasaron muchos meses, un año y fracción. En casa, Lucy quedó encinta luego de un percance de salud inesperado y delicado, que se produjo cuando nuestro primogénito, Tonatiúh, contrajo Varicela, de la cual él salió sin mayor problema, más allá de alguna marca pequeña por no resistir el ansia de rascarse. Sin embargo, para mi esposa el asunto resultó sumamente complejo pues, no habiendo pasado en su niñez por esa enfermedad, nuestro hijo la contagió y su caso resultó muy severo y delicado, pues las famosas pústulas que salen normalmente, a ella se le desarrollaron incluso internamente, por lo que debió guardar cama durante dos semanas completas, quedando yo a cargo de darle baños de calamina para reducirle el terrible prurito que la atosigó casi todo el tiempo.

Habiendo nacido el 12 de marzo de 1985, bautizamos a nuestro segundo vástago como Andrés Antonio, pues no pude convencer a Lucy de lo hermoso que era el nombre azteca que me gustaba, Tenoch. Y dije bautizamos porque sucedió que, como siempre nuestros ingresos apenas eran suficientes para vivir con algo de comodidad, para esas mismas fechas pretendimos inscribir al mayor en una escuela que nos recomendaban como excelente pues era bilingüe y administrada por la parroquia católica de San José, no lejana a nuestro domicilio: ¡Cual no fue mi sorpresa cuando hacíamos los papeleos, que me fue informado que el costo de la escuela dependía totalmente de ser católico en una primera instancia; en una segunda, de ser asiduo a la parroquia del lugar! De manera que quienes no fueran católicos o no fueran parroquianos, cubrían costos tan elevados que me resultaban prohibitivos. Fue ahí que, siendo práctico y lógico, acordé con Lucy que Tonatiúh sería bautizado y que estaríamos adscritos a esa parroquia y, por cuestión de igualdad, también bautizaríamos al recién nacido pues suponíamos que más delante, de continuar adscrito en Houston, ingresaría a esa misma escuela.

Pero como ya me había sucedido en otras adscripciones, la época buena llegó repentinamente a su fin, pues Mario Tapia Ponce decidió jubilarse y regresar a México con su esposa Úrsula, nacional alemana muy amable, educada y simpática, con quien Lucy y otras esposas de compañeros llevaban una muy buena relación de amistad, ya que no era soberbia ni prepotente. Como en previas adscripciones, me correspondió dirigir todo el proceso de entrega de la oficina, que lógicamente resultaba mucho menos complicada que la de una misión diplomática, pues básicamente se entregaba la oficina ya que la residencia del cónsul no contaba con arte y decoraciones propiedad de la Nación ni era arrendada con dinero del presupuesto de la Cancillería, y también igual que en el pasado, asumí temporalmente el mando, en este caso como cónsul encargado.

Si la memoria aún me responde adecuadamente, puedo decir que el nuevo cónsul general no tardó mucho en ser designado ni en tomar posesión del cargo. Se trataba de alguien de quien sabía poco, pero que conocí en algún momento cuando estando en México, fui al Centro de Estudios Económicos, Políticos y Sociales del Tercer Mundo (CEESTEM), creado al concluir el mandato de Luis Echeverría Álvarez en la presidencia, y que se comentaba era un instrumento de actividades que le hicieran sentirse activo políticamente sin participar en la política interna mexicana, lo que por muchas décadas los ex presidentes cumplieron rigurosamente. En nada se parece a estos tiempos, en que dos ex presidentes salidos del mismo partido político mantienen una hiperactividad netamente contestataria al actual gobierno del presidente López Obrador, e incluso uno de ellos pretende conformar un nuevo partido político, pues aspira a que su esposa asuma el cargo presidencial, en lo que es un radical cambio de las formas y costumbres de la política interna de México, cuyas consecuencias aún no pueden anticiparse.

Mi presencia en ese Centro se debió a azares de la casualidad, pues mi hermano Sergio, tras trabajar con Echeverría en su semi exilio en Australia, estuvo un tiempo fuera del SEM para formar parte de la plantilla de colaboradores del CEESTEM, a la cual también pertenecía el más tarde designado cónsul general Hermilo López-Bassols. Le conocí pues, bastante antes de su nombramiento e incluso antes de yo mismo siquiera imaginar que sería trasladado a Houston. El caso es que llegó el nuevo funcionario y procuré que su recibimiento y la entrega de la oficina fuese totalmente terso, lo que estoy convencido que logré suficientemente con el apoyo de todo el personal adscrito al consulado general.

F I N

 

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