IV. PRIMERA EXPERIENCIA CONSULAR. HOUSTON. PARTE II

En las primeras semanas yo estaba satisfecho con la llegada del nuevo titular y con la forma en que nos coordinábamos. De hecho, al presentarse ante todo el personal consular, el cónsul López-Bassols tuvo expresiones elogiosas hacia mi persona, lo que me hizo sentir confiado, pues recuerdo perfectamente que manifestó que las instrucciones que el cónsul adscrito -yo- girase, debían ser tomadas como si hubiesen sido impartidas por él mismo. Este tenor de cosas se mantuvo quizás por un par de meses, hasta que comenzaron a llegar a laborar en la representación consular, gente que el cónsul general había solicitado a la SRE como personal de apoyo, de su confianza, algunos provenientes -sintomáticamente- del PRI de Guadalajara.

A partir de ese momento, la relación titular/cónsul adscrito comenzó a evolucionar por un camino indeseado. Por una parte, quizás por desear que su puesto fuese de mayor importancia ante nuestros ojos, manifestó que había recibido instrucciones precisas del subsecretario responsable de los asuntos políticos con Estados Unidos, de convertir la representación en “la embajada de México en Texas”, y que presuntamente coordinaría el trabajo de todos los consulados en ese estado, sin importar que tuvieran el rango de generales o de carrera, lo cual según él mismo decía, significaba realizar un esfuerzo de recolección, sistematización y análisis de la política interna e internacional de México y EUA, desde una óptica tejana, y manejada por él.

Pese a que nunca pude observar y menos comprobar que se concretara esa supuesta coordinación con otros consulados, la disposición tuvo como resultado que nuestro trabajo propiamente consular comenzó a mostrar rezago, particularmente en materia de Protección, pues el cónsul general dispuso que de 3 cancilleres que atendían ese tema, en adelante dos de ellos habrían de cambiar a efectuar la revisión de toda la prensa local y regional, es decir, no solo los periódicos de Houston, sino también los de Dallas, San Antonio, El Paso y Austin, de manera que los cancilleres ocupaban todo su día en hacer recortes periodísticos que naturalmente reflejaban noticias que mayormente procedían de agencias noticiosas, por lo que ese esfuerzo resultaba redundante y excesivo, sobre todo sabiendo el destino que en general se daba a ese tipo de informes en nuestra cancillería, depositarlos en un archivero.

Ante el cúmulo de nuevas disposiciones, y dado que el área de documentación a mexicanos que yo seguía coordinando, también sufrió pérdida de personal para realizar actividades nuevas, me vi en la necesidad de buscar formas de hacer altamente eficaz y eficiente el proceso documental en su conjunto, por lo que -recuerdo bien- pasé por las áreas dando indicaciones de cómo operar matrículas consulares, pasaportes, cartillas del SMN, cartas para importación de vehículos por parte de la comunidad mexicana y otros procesos menores. Sin embargo, apenas media hora después de hacer eso, pude atestiguar que uno de los asistentes de reciente arribo, que estaba al mando exclusivo del titular, pasó por mi área desconociendo mis órdenes y, cuando algún compañero le indicaba que apenas había recibido instrucciones distintas, les decía con sequedad que eran órdenes expresas del cónsul general que debían ser acatadas inmediatamente.

Decidí hablar con el ayudante de marras y me reiteró que él había escuchado mis órdenes y que las comentó al titular, quien de inmediato le ordenó revertirlas. Me apersoné en el despacho de López-Bassols y de manera directa le inquirí a qué se debía tan extraña manera de actuar, recordándole su dicho de semanas atrás de que mis instrucciones debían tomarse como si vinieran de él mismo, respondiéndome simplemente que las cosas habían cambiado.

Y a pesar de que le planteé la necesidad de no descuidar la buena atención a nuestros compatriotas, que de por sí normalmente debían perder todo un día de trabajo -y de salario- para obtener sus documentos, fue inflexible indicando que las prioridades eran el análisis y la información política. No tuve otro remedio que acatar sus deseos y a partir de ahí los tiempos de atención se dispararon alarmantemente y aún habría de ser peor cuando apenas un par de semanas después me instruyó a pasar a su firma los pasaportes, matrículas y cartillas del servicio militar.

Es de imaginarse fácilmente que al concentrar prácticamente todos los procesos en sus manos, la espera del público para obtener su trámite con cierta agilidad, se hizo aún más tediosa y desesperante, pues era evidente que no daba abasto para atender visitantes, coordinar y revisar los medios informativos, el protocolo consular, los alteros de pasaportes y matrículas consulares que lógicamente antes de entregarse debía corroborarse que su elaboración se apegaba a la documentación entregada y que ésta era suficiente conforme al respectivo reglamento, pues en caso contrario se devolvía al área para solicitar aclaraciones o documentación adicional.

El resultado inmediato fue que al cabo del cierre del primer mes trabajando de esa forma, el área normativa de la SRE hizo un sinnúmero de observaciones señalando numerosos defectos en la integración de los expedientes, lo que molestó al cónsul general quien me convocó a su despacho y me inquirió sobre las causas de tal llamado de atención. Le indiqué que, conforme a las normas vigentes, el responsable de la adecuada expedición documental es quien firma los documentos, lo que significa que debe indefectiblemente revisar el expediente de cada caso, pues no se trata simplemente de firmar documentos dando por sentado que todo está correctamente integrado. A partir de esa situación, primero me pidió ayudarle realizando la revisión y, más adelante, me devolvió el control de los procesos de documentación a connacionales, con lo que se logró paliar los atrasos ante el público.

Pero toda esa problemática interna terminó impactando nuestra credibilidad con los cientos de compatriotas que día a día atiborraban las oficinas buscando atención, pues en esas fechas no existía el sistema de citas creado muchos años después, que ordenase esa enorme demanda, sino que se solventaba con el paisano madrugando para ir a hacer cola en la calle con la esperanza de recibir una ansiada “ficha” que le aseguraba un lugar para ser atendido a partir de la hora de apertura (8:00 a.m.) y, claro dependiendo del número progresivo que se le daba era el tamaño del sentón de espera.

Era muy notorio que el cónsul general procuraba hacerse de una imagen de esfuerzo y entrega total a las necesidades de la comunidad mexicana, y que para ello, ordenaba el envío diario de textos redactados por él y sus asistentes, a toda la prensa nacional y regional de México; pero a decir verdad, los únicos medios impresos que normalmente reflejaban tales notas eran diarios regionales de Jalisco, que ensalzaban su labor como titánica y nunca vista, cuando en realidad las quejas por la lentitud del servicio se acrecentaban y el malestar de la comunidad era ya evidente, según me llegó a comentar el presidente de la asociación de mexicanos residentes en Houston, que era la más representativa de esa época, el compatriota Ventura Ríos.

Pese a que el cónsul general tenía como esposa a una nacional de Mauricio, archipiélago en el Océano Índico, quien ciertamente era buena persona, tratable y amable, las relaciones continuaron agriándose no solo conmigo sino con el resto del personal, pues un día sí y el otro también, aparecía el titular con nuevas ideas de como atender más gente. Así, dispuso que sábados y domingos acudiéramos a un famoso mercado latino, para instalar un pequeño local puramente propagandístico, ya que no había condiciones para movilizar todos los equipos que se requerían para atender a nuestra gente en la expedición de documentos, por lo que entonces el cónsul general señaló que la intención era captar casos de Protección que, naturalmente son más visibles mediáticamente hablando. Pero la realidad era otra, pues estando solamente una canciller para atender los casos que llegaban a nuestras oficinas y al agregarle los que se captaban en esas salidas sabatinas y dominicales, en un lapso de 10 meses se acumuló un tremendo rezago de casi 100 días para dar seguimiento a los casos de Protección, lo cual era realmente absurdo.

Estando así las cosas, una tarde se aparecieron en mi despacho todos los miembros del SEM junto con algunos auxiliares con antigüedad, para decirme que estaban agobiados pues debían hacer labores para las que no tenían conocimientos suficientes. Recuerdo que alguno, cuyo manejo del inglés era muy rudimentario, me indicó que cómo podía él aplicar los criterios de selección de notas establecidos por el titular, si no entendía a veces ni siquiera los encabezados de las notas del Houston Chronicle, el periódico más leído en la ciudad. Era pues patético el modo en que presuntamente funcionaban las tareas en el consulado. Si bien traté infructuosamente de hacerlos entrar en razón, la mayoría me insistió que estaban dispuestos a rebelarse ante nuevas órdenes, pues todos estaban teniendo además problemas domésticos debido a que los horarios se extendieron de manera no reglamentaria a 12 horas al día (de 8 a.m. a 8 p.m.) y aún trabajar los días que normalmente eran de descanso, fue demasiado para todos, incluido el que esto escribe.

Por ello, decidimos armarnos de valor y tratar enfrentar lo que sería un gran disgusto para el cónsul general, pues hasta ese momento todos acatábamos sus instrucciones, así fuera a regañadientes; en la primera oportunidad que se nos presentó le planteamos nuestra situación, nuestro agotamiento físico y mental y nuestra imposibilidad para seguir asumiendo nuevas tareas que él decidiera, que en gran medida eran simples ocurrencias. Tal como lo esperábamos, López-Bassols entró en cólera. Desde el principio de un largo intercambio de palabras, respetuosas pero firmes de nuestra parte, él nos echó en cara que éramos egoístas al máximo, pues viendo las grandes dificultades económicas por las que atravesaba México, por la inestabilidad que siguió a las devaluaciones de nuestra moneda, nos refugiábamos en el egoísmo. Manifestaba algo así como “la Patria se derrumba y ustedes se aferran a sus mezquinos intereses”.

No compramos su argumento, desgraciadamente para él, porque al tiempo que nos exigía multiplicarnos para atender sus caprichos, muy frecuentemente nos ordenaba conseguirle boletos gratis para asistir a los juegos de beisbol del equipo de los Astros de Houston o del equipo de la liga NFL los petroleros de Houston, a los cuales acudía sin importar que tuviéramos alguna de las actividades por él diseñadas. Aquí quiero señalar que, en el caso de los Astros, en su estructura corporativa existía una gerencia de relaciones con la comunidad hispanohablante, cuyo gerente era conocido del compañero vicecónsul José Luis Bretón y era ese funcionario quien nos obsequiaba boletos de cortesía con muchísima frecuencia.

En cierto momento de la relación con ese equipo de beisbol y ante la constante repetición de las demandas de boletos por parte del cónsul general, dicho gerente nos dejó entrever que le gustaría tener oportunidad de charlar e iniciar una relación más directa con López-Bassols y que deseaba recibir una invitación a la hora del almuerzo; por ello, debimos presionar al cónsul general durante varias semanas haciéndole notar ese deseo y la conveniencia de que lo invitase a almorzar al menos y que escuchase con interés, así fuera fingido, lo que aquel le manifestara. El cónsul general finalmente aceptó; lo invitó a un lugar de medio pelo, él comió algo muy ligero, terminó rápidamente y veía constantemente su reloj, evidenciando su total desinterés por la conversación. En cuanto el comensal concluyó la ingesta de sus alimentos, López-Bassols se disculpó “por tener otros compromisos” y lo dejó sentado en el local de marras. En la primera ocasión en que volvimos a encontrarnos con el gerente, nos expresó su enorme decepción y enojo por el maltrato recibido y nos manifestó que, en lo sucesivo, no nos entregaría boletos gratis si eran para el cónsul general, pues un majadero no merecía el tratamiento VIP.

Es un hecho irrebatible que López-Bassols no cayó bien tanto en los círculos de mexico-americanos como en los de exclusivamente estadounidenses WASP (white anglo saxon & protestant) y eso es demostrable con solo traer a colación un hecho lamentable, hasta bochornoso en mi opinión, que se produjo cuando el cónsul general, que entre sus credenciales presumía de ser académico de renombre en México y en esa calidad fue invitado a impartir una “conferencia magistral” de historia de las relaciones de México con Estados Unidos. Considero que estaba tan enceguecido por su cargo, que no tuvo la prudencia ni el tacto de indagar con anticipación ante qué tipo de público iba a dar la charla. Tan pronto como comenzó, sacó de inmediato terminología que disgustó a la audiencia, cuando hizo constantes referencias al “imperialismo yanqui”, que hizo que el público comenzara a abandonar el local, al grado tal que cuando concluyó con su muy ideologizada conferencia magistral los únicos que conformábamos la audiencia éramos los miembros del consulado mexicano, que no teníamos manera de evitar continuar escuchándolo. En síntesis, López Bassols fue a mencionar la soga en la casa del ahorcado. Falta de tacto y diplomacia elemental, error que percibió demasiado tarde, pues hasta donde recuerdo, nunca más se le invitó al ámbito universitario.

Al parecer, el cónsul general me atribuyó a mí azuzar la rebeldía contra sus numerosas ideas de lograr una mayor actividad consular o al menos aparentarlo; estoy convencido que movió los hilos para que se me trasladara lo más lejos posible. Así, en ocasión del disfrute de vacaciones que se me autorizó a mediados de 1985 y estando en nuestra capital, el director general del SEM, Víctor Solano, me encontró cuando cumplía yo con la obligación de apersonarme en esas oficinas para registrar mi llegada y me indicó que le gustaría hablar conmigo. Como era un viejo conocido desde la FCPS acepté gustosamente y él me planteó que estimaba conveniente que regresara yo a la rama diplomática, indicándome además que en ese momento había una buena oportunidad de trabajar en nuestra embajada en Beijing, que era una ocasión maravillosa para hacer un ahorro significativo, pues era una época de muy altos salarios y poco o nada en qué gastarlos, pues los diplomáticos tenían restringidos sus movimientos fuera de lo que en esa época el gobierno de la República Popular definía como sector diplomático. Le dije que me gustaría poder conversar al respecto con mi esposa pues el cambio era bastante grande; él aprobó y me dijo que en tres días quería la respuesta final.

Ese mismo día lo conversé con mi esposa Lucy y teniendo en cuenta que en Cuba no conté con capacidad de ahorro, que en Costa Rica las finanzas se trastocaron debido a mis largos periodos de licencia médica y que en la UCE apenas habíamos comenzado a recuperar la estabilidad financiera, acordamos que aceptara la oferta, muy beneficiosa económicamente y un gran reto en lo laboral, pues se trataba de ir a otro mundo prácticamente. Por tanto, se lo hice saber al director general y me respondió que lo considerara un hecho. Al concluir las vacaciones e ir a la SRE a dar aviso de regreso a la adscripción, el funcionario me mostró el documento ya elaborado para que lo firmara el secretario Bernardo Sepúlveda, requisito para echar a andar el proceso. Contentos regresamos a Houston y apenas 10 días más tarde me llevé tremenda sorpresa al recibir la comunicación correspondiente al traslado, que, en lugar de Beijing, República Popular China, señalaba Tokio, Japón.

Cuando el cónsul López Bassols recibió la correspondencia con el aviso de mi traslado a Japón, me mandó llamar inmediatamente y, con una sonrisa sarcástica, me dijo aparentando sorpresa que cómo era eso de que me iba, y él sin saberlo anticipadamente. Bastante confundido como me encontraba en ese instante, le manifesté que era sumamente sorpresivo y que no sabía qué pensar y su sonrisa se hizo aún mayor, como disfrutando un triunfo. Todos los compañeros se mostraron tristes y sorprendidos por la noticia, pero les señalé que ya no había vuelta atrás, pues una instrucción como esa, aprobada por la Comisión de Personal y suscrita por el titular de la SRE era punto menos que imposible echarla abajo, por lo que no me quedaba sino acatar la orden. Recuerdo que algunos líderes comunitarios, entre los cuales estaba Ventura Ríos, presidente en turno de la asociación de mexicanos, enviaron -sin mi conocimiento previo- una carta a la Cancillería solicitando la reconsideración de la orden y elogiando la labor que yo había desempeñado hasta la fecha. De ello habría de enterarme un mes después cuando por necesidades del servicio debí acudir nuevamente a nuestra capital.

Esa situación derivó del brutal shock que estremeció al país y a la ciudad capital en las primeras horas del 19 de septiembre de 1985, cuando un poderoso terremoto de casi 8 grados con epicentro en las costas del estado de Guerrero, sacudió partes del país y nuestra capital resultó devastada en determinados sectores de la urbe, debido a la forma en que las ondas del sismo atravesaron las profundidades del subsuelo citadino.

Tengo siempre presente -por tratarse de la fecha en que mi hijo Tonatiúh cumplía 6 años-, que esa mañana al salir hacia el consulado, mi esposa Lucy me recordó no llegar muy tarde pues ella había organizado una fiesta para celebrárselo y naturalmente le aseguré que sin falta estaría temprano, pues no quería causarle enfado alguno, pues aún guardaba luto por el deceso de su hermano Rogerio ( gracias a quien la conocí), suceso ocurrido a pocas semanas de que nos visitase para el nacimiento de Andrés, en marzo de ese año de 1985. Apenas llegando al consulado percibí que algo sucedía, pues la gente se arremolinaba ante el mostrador de atención al público más que de costumbre y de manera muy desordenada.

Alguno de los compañeros, no recuerdo con precisión quién, pues el alboroto era mayúsculo, me informó que se escuchaba en la radio de Houston que parecía ser un hecho que un fuerte sismo había golpeado a la ciudad de México; entramos a mi despacho y encendí la TV buscando noticias; en un canal local de la cadena NBC, un locutor decía, con el rostro descompuesto, que un terrible terremoto había hecho desaparecer nuestra capital, que se encontraba en ruinas. Instintivamente intenté una llamada de larga distancia para tratar de hablar con mi madre o mi hermana que allá se encontraban, pero la telefonista informó que las líneas telefónicas estaban muertas.

Conforme los minutos pasaban, el consulado fue recibiendo un verdadero tumulto de compatriotas que demandaba casi con desesperación, que se les entregara pasaporte o matrícula consular para poder viajar a nuestro país, pues todos afirmaban tener familia, amistades o motivos suficientes para estar tremendamente alarmados y desear viajar a la capital para conocer el estado de las personas de su interés. Llegó a tal grado el volumen de público, que nos vimos precisados a detener su ingreso, pues ante tantas solicitudes, se evidenciaba que sería imposible atender a todos los requirentes de documentación de identidad y viaje.

En cuanto pude me apersoné junto a otros miembros del personal, sobre todo del área de Protección, en el despacho del cónsul López Bassols, con quien dialogamos unos minutos para determinar qué procedía hacer en esa inédita circunstancia. En esa ocasión, debo decirlo con toda claridad, el cónsul general reaccionó muy profesionalmente e indicó que la situación de emergencia era verdaderamente compleja, por lo que tendríamos que fijar una posición distinta a la demanda del público, es decir, desalentar el deseo de trasladarse a la ciudad de México y presentarles una alternativa que tuviera suficiente credibilidad, fijando finalmente la postura de que dado que al momento era imposible conocer con precisión el tamaño y la realidad del desastre sísmico, el consulado actuaría en funciones de protección, por lo que la acción a seguir consistía en tomar los datos de localización de los familiares en la traumatizada ciudad y la representación consular se haría cargo de gestionar la información por los medios que el Estado mexicano en breve pondría en movimiento. Con esa determinación, logramos ordenar al tumulto de compatriotas, les informamos que era muy posible que la ciudad no estuviera en capacidad de recibir viajeros o que incluso se cerrara el acceso a ella, por lo cual lo conveniente era que nos dieran la información mínima requerida para por vías oficiales establecer su condición posterior al terremoto.

De esa manera logramos detener lo que parecía iba a ser una avalancha de viajeros a nuestra capital y dimos un respiro de tranquilidad a los compatriotas que mostraban una enorme angustia por desconocer el estado de sus familiares. Así pasaron esas primeras horas y, si la memoria no me falla, fue Daniel Hernández Joseph quien sugirió que buscásemos contactar a radio aficionados de la región para que nos apoyasen para establecer comunicación por esa vía con nuestra capital, lo cual hicimos de inmediato, logrando rápidamente grandes avances informativos en cuanto a la gravedad del siniestro; en cuestión de horas, Daniel formó una red de radioaficionados muy bien coordinada y en contacto con sus contrapartes en nuestra ciudad capital, obteniendo como primer logro, esa misma tarde, la elaboración de un mapa que mostraba el área de la ciudad que parecía haber recibido el impacto más severo.

Dado lo grave de la situación, nos pareció totalmente natural que la representación consular continuara laborando sin cerrar para mantener la comunicación con la gran comunidad de mexicanos residentes en el área de Houston, que en esa época ya llegaba casi al millón, y en acuerdo con el cónsul general y con apoyo de numerosos integrantes de ella, continuamos atendiendo los teléfonos y las consultas presenciales, siguiendo en todo momento la línea por él fijada. Ya para la medianoche del 19 de septiembre de 1985, el consulado fue visitado por reporteros de la cadena CNN que poco después informó al aire nuestra labor de apoyo y que no cerraríamos nuestras puertas para mantener la comunicación y refrescar permanentemente la información que ya fluía, con lentitud todavía, pero se habían logrado restablecer las líneas telefónicas.

La consecuencia de que la nota informativa de CNN pasara al aire fue que en escasamente una hora el consulado se saturó de llamadas internacionales de muy distintas regiones de Europa, Asia y América Latina inclusive, y no solamente del público en general, sino de nuestras propias misiones diplomáticas en el mundo, pues los compañeros que en ellas se encontraban adscritos nos llamaban para pedir apoyo informativo; así, recibimos llamadas de nuestras embajadas en Moscú, Pekín, Ottawa, Buenos Aires e infinidad de otras, resultando más bien extraño que compañeros de consulados en la frontera de México con Estados Unidos también nos contactaran solicitando el apoyo referido. López Bassols decidió enviar a nuestra embajada en Washington un télex con toda la información que habíamos logrado recabar en ese espacio aproximado de 12 horas de continua recolección de información y, poco después, el embajador, que creo era Jorge Espinosa de los Reyes, le llamó para felicitarlo y para decirle que nuestro documento, tal cual, se convertía en el boletín informativo número 1 de la representación consular, que siguiésemos generando contenido y enviándoselo allá para su mayor difusión.

La incomunicación con la SRE continuó siendo un hecho y se nos acumulaban las solicitudes de información sobre la salud y bienestar de las familias que pudiesen haber sido afectadas por el terrible terremoto, por lo cual al día siguiente el cónsul López Bassols me comisionó para que viajara yo a México a intentar solventar tales solicitudes, y aprovechando que varias aerolíneas nacionales y extranjeras pusieron a nuestra disposición cupos en sus vuelos para que pudiéramos cumplir esa labor. Viajé esa misma tarde y arribé ya habiendo oscurecido; abordé un taxi que me llevase a la casa de mi madre en la colonia Sector Popular, ya que no contaba con viáticos para pagar mi estancia y mucho menos un alojamiento, teniendo pues que hacer la pernocta en el domicilio materno.

Para mi sorpresa, al llegar no encontré ni a mi madre, ni a mi hermana Marina, pero afortunadamente supuse bien que podían estar en casa de mi otra hermana, Ana María, en el área de Villa Coapa, por lo que intenté llamar al domicilio y para mi buena suerte la línea telefónica ya funcionaba y establecí contacto con la familia, y mi madre me aclaró que su ausencia se debió a que decidieron pasar esas primeras noches allá, pues la casa mostraba algunas cuarteaduras, que yo estimé debían ser superficiales, no estructurales. Aclarada esa situación, de inmediato me dediqué a intentar establecer contacto telefónicamente con las familias de quienes recibimos los datos de localización. Pocos fueron los números telefónicos de los que obtuve respuesta, pero afortunadamente en esos casos escuché que no tenían daños de consideración y que los familiares se declaraban en buen estado tanto ellos como sus viviendas. Así me mantuve intentando llamar hasta que el cansancio me rindió pasadas las 3 de la madrugada, cayendo rendido.

Luego de tres horas de sueño reparador, me levanté y reinicié mi labor, con regular éxito pues aparentemente avanzaba eficazmente el restablecimiento de las líneas telefónicas dañadas por el sismo, con lo que logré recabar más datos positivos entre las familias contactadas, aunque también algunas informaciones luctuosas o de importantes daños materiales en sus viviendas. Recordando que el cónsul general me había instruido a presentarme en la Secretaría de Relaciones Exteriores para dar a conocer la labor de protección que realizábamos y la tan exitosa de recolección de información para reducir la alarma surgida en las primeras horas del suceso, que llevaron a numerosas estaciones de radio y TV estadounidenses a manifestar que nuestra ciudad capital había prácticamente desaparecido, lo que se evidenció que era un enorme despropósito que causó innecesaria alarma y confusión, decidí efectuar un recorrido entre los domicilios de posibles afectados para conocer su situación, haciendo un mapa para seguir sin efectuar demasiados desvíos en una ciudad que pude ver tenía graves dificultades de tránsito en las zonas más golpeadas. De esa forma pude recabar algunos datos adicionales para informar a los residentes en nuestra adscripción y a los que por telefonía de larga distancia también habían solicitado nuestro apoyo.

Pero mi llegada a la Cancillería, que notoriamente era un desastre organizacional debido al desalojo obligado de las oficinas que se encontraban en la torre de Tlatelolco, severamente dañada por el movimiento telúrico, me resultó particularmente ominosa y decepcionante, por la forma en que se me atendió, como comentaré a continuación. Luego de esperar un rato, entendiendo bien la situación inédita que se vivía, me recibió el subsecretario de Relaciones Exteriores, el embajador Alfonso de Rosenzweig, quien en su estilo parco y desangelado me preguntó cuál era la razón de mi presencia en la ciudad, sin haber dado aviso o solicitado permiso para ello. Le hice un comentario informativo de lo que nos había sucedido el día del terremoto que nos impulsó a tomar la iniciativa de viajar a recabar la información que nuestros compatriotas desesperadamente solicitaban y que no generábamos gasto alguno, pues las líneas aéreas nos estaban apoyando para no efectuar ningún gasto al presupuesto del consulado. No obstante, y para mi desconsuelo, Rosenzweig me indicó que no había emergencia nacional alguna, que el país estaba en plena normalidad, lo mismo que la ciudad y que debíamos usar los canales de comunicación oficial existentes -aunque temporalmente suspendidos- para canalizar las inquietudes de los mexicanos de nuestra circunscripción.

Aún más increíble fue su reacción cuando le informé que numerosos ciudadanos estadounidenses, lo mismo que grandes empresas, nos estaban ofreciendo donativos para ayudar a la recuperación de la ciudad, los cuales superaban ya los 500 millones de dólares; el subsecretario de plano me espetó que agradeciéramos amablemente los ofrecimientos, pero que los declináramos, pues el Estado mexicano no requería de apoyo alguno para superar una crisis inexistente. Consecuentemente, me ordenó regresar a la brevedad a la adscripción y reanudar nuestras labores cotidianas sin ningún tipo de visos de urgencia, so pena de ser reconvenidos por escrito de un proceder inadecuado por nuestra parte.

Anonadado ante tan dura recepción de parte del mismo subsecretario de Relaciones Exteriores, que durante muchos años tuvo la aureola de ser la eminencia gris de la cancillería, el Mazarino de nuestra política exterior, todavía me dirigí a buscar al director del servicio exterior que para ese momento ya no era mi amigo y compañero de la FCPS de la universidad, sino Víctor Manuel Rodríguez, a quien encontré en una de las tantas mesas/escritorios que apresuradamente habían sido acomodados en el área de conferencias de la secretaría, cada una de las cuales funcionaba en esos momentos como una dirección general. Me aproximé al director general y le saludé, notando en él cierta reticencia para ofrecerme el saludo franco que en otras ocasiones había obtenido de su parte, y pronto supe el porqué del cambio:

¿Así que andas promoviendo quedarte en Houston, a pesar de que ya cuentas con tus instrucciones de traslado a Japón?, exclamó. Medio perplejo, le contesté diciendo que no sabía a qué se refería y entonces agregó que se había recibido una carta del Comité Patriótico Mexicano de la ciudad, demandando que se cancelara mi traslado fuera de la ciudad, firmado por los integrantes de la mesa directiva. Como era la primera noticia que tenía a ese respecto, así se lo manifesté y Rodríguez insistió en que era una jugarreta mía, por lo que comprendí que todo lo que pudiera decir sería una pérdida de tiempo, por lo cual le señalé que en breve recibiría mis documentos relacionados con el pago del traslado de mi menaje de casa, que había detenido momentáneamente ante la grave situación resultante del terremoto, pero que lo reanudaría tan pronto regresara a Houston, me levanté y me fui.

Luego me dirigí a mi casa a empacar el mínimo maletín con el que viajé, recolecté los listados de información que logré solventar, me despedí de mi familia y me fui al aeropuerto para dar aviso a dos compañeros del consulado que llegaban con más listas para recabar información, de la disposición comunicada por Rosenzweig. Lo curioso del caso es que apenas cinco días después debimos preparar una visita emergente, urgente y relámpago del secretario de Turismo Antonio Enríquez Savignac, quien fue comisionado por Miguel de la Madrid para salir al mundo a lanzar un grito de auxilio, eso cuando el gobierno mexicano despertó y se dio cuenta que la reconstrucción iba a ser muy difícil y costosa.

Evidentemente, el gobierno de Miguel de la Madrid estaba adormecido y en total ignorancia de la realidad al momento que se nos prohibió promover la ayuda que generosamente se nos ofrecía, y que ya no llegó en los volúmenes inicialmente ofrecidos. Siempre me he preguntado ¿cómo fue posible tanta ceguera por parte de esos altos funcionarios, tanta indolencia y desinterés por develar el enorme sufrimiento que prácticamente solos enfrentaron miles de capitalinos con motivo del histórico sismo del 19 de septiembre de 1985? Aunque con el paso del tiempo me pareció comprender que era la tónica que se seguiría con la llegada de las ideas neoliberales a la presidencia de la República, claramente definidas a partir del siguiente presidente, Carlos Salinas de Gortari.

En cuanto al cónsul general, en mi opinión personal, su problema consistió en una evidente desubicación y ansia de dar mayor importancia de la que tenía el puesto que ocupaba, como aquella ocurrencia que nos mencionó a su llegada, en el sentido que el subsecretario para América del Norte le había encargado convertir a Houston en “la embajada de México para Texas”, pero que a la larga mostró que, en realidad, estaba hecho a las usanzas y andanzas de los politicastros más visibles del priismo en el área de las relaciones internacionales de México, que era y ha seguido siendo crear pequeños “estancos de poder” de manera que el cónsul general (o el embajador, en su caso) trata de todas las formas posibles de actuar como un reyezuelo que usa y abusa de su cargo en función de sus apetitos personales. Algunos de quienes trabajaron bajo su mando, no solo en Houston, San Diego, Vancouver, El Salvador, Irlanda y Bolivia pueden testificar y confirmar lo que aquí señalo de manera clara.

FIN

*El autor del presente artículo es embajador de México, jubilado.

 

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