IV. DE CUMBRE EN CUMBRE

Cumbre de las Américas y otras más.

Antecedentes. La institucionalización de reuniones al más alto nivel de representación nacional, en el Continente Americano en la era moderna, se produjo a partir de que el Gobierno de los Estados Unidos invitó en diciembre de 1994 a los Jefes de Estado y de Gobierno de América del Norte, América Central y el Caribe (exceptuando a Cuba); así como América del Sur, para asistir en Miami, Florida, a la llamada “Primera Cumbre de las Américas.”

Para tener una idea de los propósitos y objetivos de la Reunión, es suficiente con traer a colación la “Declaración de Principios” que estableció un pacto para el desarrollo y la prosperidad, basados en la conservación y el fortalecimiento de la comunidad de las democracias de las Américas. Los líderes procuraron expandir la prosperidad a través de la integración económica para erradicar la pobreza y la discriminación en el Hemisferio, y para garantizar el desarrollo sostenible y al mismo tiempo proteger el medio ambiente.

En esta ocasión el autor no pretende reseñar lo acontecido antes, durante y después de la IX Cumbre de las Américas, celebrada en Los Ángeles, California, Estados Unidos, del 6 al 10 de junio de 2022. El lema que adornó la reunión fue: “Construyendo un futuro sostenible, resiliente y equitativo.”

En lugar de reseñar los discursos, propuestas y declaraciones realizadas por los delegados asistentes, me limitaré a señalar algunas de las particularidades de este tipo de reuniones, que algunas ocasiones provocan distanciamientos entre los representantes nacionales, en lugar de acercamientos y afinidades.

La diplomacia de alto nivel. Como es sabido, la participación de los máximos representantes de los países, así como de sus ministros encargados de los asuntos exteriores, en la conclusión de acuerdos, fortalecimiento de las relaciones y su incremento, se hace cada vez más frecuente; en parte por la facilidad existente en la actualidad para trasladarse en poco tiempo a cualquier parte del mundo; de igual forma por la comunicación inalámbrica en cuestión de segundos y hasta las video-conferencias, en las que se pueda conversar y verse simultáneamente, sin la necesidad de emprender un viaje. Desde luego que, debe insistirse en la gran utilidad de los contactos personales, pues estos no podrán ser sustituidos por ningún aparato, por más sofisticado que sea.

En un régimen presidencialista, el responsable directo de la política exterior es el Presidente de la República y dicho Jefe del Ejecutivo, con algunas variantes -según las leyes internas de su país-, llega a reunir en su persona las funciones de Jefe de Estado y de Jefe de Gobierno. De acuerdo con lo anterior, el Presidente es esencialmente el principal representante estatal en las relaciones con otros países y, en el ámbito interno, es el jefe supremo de la Administración Pública.

En el régimen parlamentario o en una monarquía constitucional, la facultad de proponer los rumbos de la política exterior, recae por lo general en el Jefe de Gobierno, quien tiene el título de Presidente, Presidente del Consejo de Ministros, o Primer Ministro.

Aspectos positivos. Con la práctica de la diplomacia a tan alto nivel, se pueden apresurar aquellas negociaciones consideradas como muy importantes; o bien, resaltar con dicha presencia, el interés que determinado país desea conceder a sus relaciones con otras entidades. Tales contactos pueden ser llevados a cabo en el ámbito bilateral, así como en el multilateral, a través de los organismos internacionales y en reuniones como la Cumbre de las Américas, que se celebra bajo los auspicios de un gobierno miembro de la Organización de Estados Americanos (OEA).

Como antes se dice, el ámbito y los motivos de las reuniones cumbre, se han ampliado también y éstas pueden asumir el carácter de bilaterales, o multilaterales, o bien de alcance mundial, regional o subregional. Los propósitos, pueden ser de tipo político, económico, social o jurídico principalmente.

Críticas a la reiteración de las reuniones cumbre. Hace ya varias décadas se expresaron opiniones contrarias a este tipo de entrevistas al más alto nivel, por ejemplo: el diplomático británico Harold Nicolson en su conocida obra “La Diplomacia” (publicada tras el estallido de la 2ª Guerra Mundial), opinaba que en ciertas ocasiones, es necesario que el líder máximo de un país o su ministro de relaciones exteriores asistan a reuniones de importancia, pero que la repetición de dichas visitas, no debería fomentarse y aporta las siguientes razones: “Tales visitas excitan la expectación pública, conducen a falsas interpretaciones y crean confusión. Los honores que se rinden a un ministro (mandatario) en una capital extranjera, pueden producirle cansancio físico, excitar su vanidad o confundir su juicio.»

Sobre el asunto de las vanidades de los mandatarios nacionales, se podría escribir un tratado, solo diré que en ocasiones cuando algún personaje adopta una posición extrema, puede provocar un enfrentamiento directo con otro Jefe de Estado o de Gobierno, con resultados negativos para los propósitos de cualquier entrevista o reunión, ya sea bilateral o multilateral.

Desde luego, que sobre lo expresado por el autor antes citado, habría que precisar que, pocas veces un jefe de estado, de gobierno, o un ministro de relaciones exteriores, participan personalmente en la larga serie de negociaciones e intercambios de opiniones, que anteceden a la redacción final de un documento, el que será firmado en una ceremonia protocolar. Generalmente son las misiones diplomáticas permanentes, las que se encargan de seguir el proceso negociador y en los asuntos que reclamen dictámenes especializados, se forman comisiones técnicas a distintos niveles, de acuerdo a la importancia o urgencia que el caso amerite. Cabe puntualizar que, en la mayoría de las ocasiones, los aspectos sustanciales son previamente discutidos, hasta que se alcanza una mutua aceptación del documento.

Como corolario de lo anterior, se puede asegurar que, las visitas de alto nivel, pueden ser la expresión de la existencia de una mayor voluntad política, para lograr un acuerdo. Dichas acciones, en manera alguna restan importancia o eficacia a la acción diplomática tradicional, sino más bien, puede afirmarse que la impulsan y la fortalecen.

Finalmente, sobre los propósitos y objetivos alrededor de los que se justifican este tipo de reuniones, casi siempre surgen hermosas ideas, lemas que encierran gran contenido; los cuales pocas veces conducen en la práctica al impulso del verdadero desarrollo de los pueblos o a la paz anhelada.

Se podrían repetir los buenos propósitos adoptados en las diferentes cumbres, con los que podíamos formar una galería de metas por alcanzar. Basten unos ejemplos: Como la llamada Cumbre Extraordinaria de Santa Cruz, Bolivia (1996), sobre: “Desarrollo Sostenible”; II Cumbre, Santiago de Chile (1998): Preservación y fortalecimiento de la democracia, justicia y derechos humanos, integración económica y libre comercio; erradicación de la pobreza y discriminación; III Cumbre, Quebec, Canadá (2001): democracia, derechos humanos, justicia, seguridad hemisférica, sociedad civil, comercio, gestión de desastres, desarrollo sostenible, desarrollo rural, crecimiento con equidad, educación, salud, igualdad de género, pueblos indígenas, diversidad cultural y la niñez y la juventud. La siguiente reunión fue la Cumbre Extraordinaria de Monterrey, México (12-13 de enero de 2004): Los gobiernos firmaron la Declaración de Nuevo León, la cual concentró la atención en tres áreas: crecimiento económico con equidad para reducir la pobreza, desarrollo social y gobernabilidad democrática, y resultó en 72 mandatos por cumplir en el futuro.

Parece obvio concluir que muchos de los propósitos plasmados en las diferentes declaraciones, han quedado en eso: buenos deseos, expresiones de buena voluntad, buenas intenciones y otros sinónimos. En lo declarativo se ha llegado a decir: “formamos un continente integrado” y, la cooperación internacional para el desarrollo es el principal factor sobre el que descansan las relaciones entre Estados del Continente Americano, sin importar el grado de desarrollo alcanzado, o el tamaño de su economía.

El combate a la pobreza y otros males sociales -incluyendo epidemias, pandemia y otras carencias en materia de salud-, también esperan la atención de parte de la sociedad de naciones en su conjunto. Se destinan mayores recursos a la industria de los armamentos, que a satisfacer las carencias de nuestros semejantes. Desafortunadamente, el mundo no es como lo quisiéramos.

Para quienes esperan el cambio, se puede señalar que el Jefe de la Delegación Mexicana a la IX Cumbre de las Américas, propuso la creación de un organismo que sustituya a la vieja Organización de Estados Americanos, para lo cual propuso la organización de otra Cumbre.

 

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