III. LAS COMISIONES DIPLOMÁTICAS DEL GENERAL JOSÉ LUIS AMEZCUA FIGUEROA

El 13 de agosto de 1914 se firmaron los Tratados de Teoloyucan, instrumento que puso fin a la guerra entre el régimen usurpador del dictador Victoriano Huerta y las fuerzas constitucionalistas bajo el liderazgo de Venustiano Carranza.

Las partes firmantes de los tratados fueron, por una parte, el ejército federal representado por el general Gustavo A. Salas, el almirante Othón P. Blanco y el gobernador del Distrito Federal, Eduardo Iturbe. Por la parte constitucionalista firmaron los generales Álvaro Obregón y Lucio Blanco en representación del Cuerpo de Ejército del Noroeste.

Este hecho tuvo varios significados: la caída del régimen de Huerta, la rendición del ejército federal, la victoria de los contingentes constitucionalistas y la entrega de la ciudad de México.

Uno de los primeros decretos que firmó Venustiano Carranza, en su calidad de Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, fue el que dispuso la disolución del ejército federal y la supresión del Colegio Militar.

Es de suma importancia dejar anotado que los caudillos y dirigentes del movimiento constitucionalista consideraron que el Colegio Militar se había alejado de su legado de lealtad a la patria y su compromiso con las instituciones nacionales al haberse sometido a la dictadura de Victoriano Huerta, dejando atrás la lealtad mostrada al presidente Francisco I. Madero durante la llamada Decena Trágica en febrero de 1913 y el posterior golpe de estado de Huerta.

Cabe agregar que durante la guerra contra la dictadura huertista los alumnos del Colegio Militar fueron incorporados al ejército federal como auxiliares de artillería e ingenieros militares principalmente.

Poco tiempo después, en 1916, el Colegio Militar se transformó en la Academia de Estado Mayor, dado que persistía la desconfianza de los altos mandos revolucionarios hacia la institución, sus profesores, sus oficiales y, sobre todo, a su doctrina militar.

El 1º de enero de 1920 el presidente Carranza firmó el decreto que dispuso el cierre de la academia y restableció al Colegio Militar.

Con esta decisión se inició la política de profesionalizar al ejército postrevolucionario, aplicando un plan de renovación y formación para jefes y tropa surgidos del proceso revolucionario.

Esta política y sus planes fueron impulsados por el general Joaquín Amaro, quien, de acuerdo a su visión institucional, fundó la Escuela Superior de Guerra en abril de 1932.

En esas instituciones de educación militar estudió y se graduó José Luis Amezcua Figueroa, quien fue parte de la generación de oficiales que se formó con los nuevos paradigmas del México revolucionario, con unas fuerzas armadas más identificadas con los intereses nacionales, dejando atrás la filiación con los regímenes dictatoriales como los de Porfirio Díaz y Victoriano Huerta y comprometidos con la institucionalidad, la profesionalización y la modernización de sus cuadros y recursos.

José Luis Amezcua Figueroa egresó del Colegio Militar como subteniente de infantería entre 1924 y 1925, iniciando así su carrera militar.

La guerra cristera concluyó en 1929. A pesar de los arreglos alcanzados entre el gobierno federal y la iglesia católica la inestabilidad política persistió en algunas regiones del país, el Bajío principalmente, en donde jefes y rebeldes cristeros seguían oponiendo resistencia a la autoridad federal, rechazando los arreglos y persistiendo en su apreciación fanática de que funcionarios, políticos y oficiales militares eran ateos, anticlericales y, en esas fechas, socialistas.

Hacia 1934-1935 la inestabilidad política en Guanajuato y Querétaro alcanzó rasgos de subversión, provocando una situación conocida como la segunda etapa de la guerra cristera. En esos estados operó la llamada “brigada de la cruz” que llegó a contar con cerca de 4 mil combatientes.

El pretexto principal para este nuevo levantamiento religioso fue la campaña de educación y alfabetización emprendida por el gobierno federal a través del despliegue de misiones de maestros rurales, quienes eran agredidos por turbas de fanáticos religiosos de medios rurales y urbanos, en prevención – según ellos – de la educación socialista, laica y estatista. La agresión más conocida en contra de los maestros rurales fue la de cortarles las orejas.

En esa conflictiva situación tuvo participación el entonces mayor José Luis Amezcua. Al mando de una compañía de infantería vio acción en la llamada “batalla del Cerro de la Mesa”, en las proximidades de Lagos de Moreno, Jalisco, en octubre de 1935, en donde los rebeldes fueron derrotados.

Con antelación a estos hechos el José Luis Amezcua tuvo presencia en hechos de armas, como joven oficial, en las acciones de combate y apaciguamiento contra la rebelión del general José Gonzalo Escobar en marzo de 1929. Como es sabido Escobar desconoció la presidencia interina de Emilio Portes Gil y el caudillaje de Plutarco Elías Calles. El levantamiento duró tres meses y a pesar de que Escobar llegó a contar con la simpatía y el apoyo de cerca de la mitad del ejército fue derrotado.

La participación de José Luis Amezcua en esas operaciones militares, le valieron el reconocimiento y la confianza de sus superiores, con quienes estableció vínculos de colaboración y amistad, entre ellos los generales y futuros presidentes de la república Lázaro Cárdenas y Manuel Ávila Camacho.

Años después, entre 1937 y 1938, Amezcua Figueroa fue comisionado por la Secretaría de la Defensa Nacional para realizar estudios en Italia Y Alemania. Esto en apego a los planes de los altos mandos de las fuerzas armadas para continuar con los programas de profesionalización y modernización de la institución.

En Italia estudió y se aproximó a la doctrina militar de ese país (sistema fascista de corte expansionista que aspiraba a recuperar el imperio italiano y extender sus posesiones de Gibraltar al golfo pérsico), observando las operaciones militares para atacar y ocupar Abisinia y mantener la presencia colonial en Libia.

En el plano estrictamente militar registró que el ejército real italiano se encontraba en un estado obsoleto y que por ello el régimen fascista había emprendido un plan de rearme y de redefinición de su doctrina militar que favorecía el desarrollo de la artillería mecanizada y de la aviación. Ese plan se estaba poniendo a prueba en España durante la guerra civil.

En la Alemania nazi José Luis Amezcua se concentró en el estudio de los nuevos conceptos de la “Wehrmacht“ (ejército alemán) y de su novedosa doctrina militar de la “blitzkrieg” (guerra relámpago), observando las tácticas que se basaban en operaciones rápidas de fuerzas móviles con el uso intensivo y numeroso de vehículos blindados, infantería motorizada, artillería mecanizada y despliegue de bombardeo aéreo. Como en el caso de Italia, esas nuevas estrategias de combate se estaban aplicando exitosamente en la guerra civil española.

La estancia en Europa fue propicia, asimismo, para conocer el diseño y construcción de fortificaciones de carácter defensivo como las líneas Maginot en Francia, Sigfredo en Alemania y Alpina en Italia.

En el caso de Francia registró que la Maginot se había construido entre 1922 y 1936, que constaba de 108 fuertes o puestos, y que mantenían una distancia de 15 kilómetros entre uno y otro.

El informe que presentó José Luis Amezcua a sus superiores en la Secretaría de la Defensa Nacional en 1938 destacó que, por las características de los respectivos proyectos nacionales de Italia y Alemania, sus doctrinas militares tenían poca aplicación en nuestro país. Se trataba de operaciones de corte expansionista, de condición ofensiva y no defensiva como históricamente ha sido en el caso de México, con planes militares sumamente costosos para un presupuesto como el de nuestro país, en los cuales el desarrollo tecnológico era parte fundamental ( México carecía de ello ), en donde se contaba con un aparato industrial avanzado ( México aún no estaba industrializado ) y porque Alemania e Italia observaban a sus vecinos europeos como competidores, rivales y hasta enemigos, lo que no ocurría con México en el continente americano, en donde la presencia de los Estados Unidos aconsejaba políticas prudentes, defensivas y dirigidas a la protección de los intereses nacionales ( la expropiación petrolera había ocurrido en 1938 con el general Cárdenas, un militar ocupando la presidencia del país ).

Por lo que toca a las líneas fortificadas Amezcua Figueroa las descartó contundentemente como opción para la defensa nacional y para preservar la integridad territorial. Explicó que en el futuro inmediato los conflictos se ganarían por la movilidad rápida de las fuerzas armadas y no por instalaciones estáticas, aunque estén fuertemente armadas. Destacó que tendrían más posibilidades de éxito los ejércitos con tanques, artillería mecanizada, infantería transportada y aviación moderna que instalaciones defensivas. Los tiempos de cargas de caballería ya habían terminado y ahora eran los de máquinas de guerra, artillería de largo alcance, pero con movilidad y superioridad en el aire.

En 1938 el general Amezcua regresó a la Escuela Superior de Guerra, pero ahora como profesor e instructor de los oficiales que cursaban estudios de especialización y estado mayor.

El 1º de enero de 1941 el presidente Manuel Ávila Camacho acordó designar al general Amezcua como Ministro Extraordinario y Plenipotenciario de México en Japón, en sustitución de Primo Villa Michel, quien había renunciado al cargo en diciembre de 1940, para volver al país y asumir posteriormente la titularidad de la Secretaría de Gobernación.

Para esas fechas la Segunda Guerra Mundial ya tenía 16 meses de conflicto en el teatro europeo y Japón mantenía la ocupación de la península de Corea, se había expandido en Manchuria y continuaba en guerra con China.

En apego a sus políticas imperialistas y de expansión territorial Japón ya había diseñado planes para invadir y ocupar colonias de Gran Bretaña (Singapur y Birmania), Holanda (Indonesia) y Francia (Indochina), amenazando a Filipinas que formalmente tenía un gobierno republicano, pero seguía sometida a la influencia de los Estados Unidos.

De esta manera en el gobierno y en la cancillería mexicana se adelantaba que el encargo diplomático del general Amezcua iba a ser una misión complicada y delicada políticamente por las posiciones un tanto discrepantes de México y Japón. En ese país se observaba al nuestro como uno cercano a los intereses de los Estados Unidos y adicionalmente la política exterior de México rechazaba el recurso de la guerra, el expansionismo territorial, las intervenciones y las agresiones.

Antes de trasladarse a Japón el general Amezcua recibió otra comisión diplomática por parte del presidente Ávila Camacho. En mayo de 1941 fue nombrado Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario para representar a México, como jefe de la delegación oficial, a las ceremonias de toma de posesión de Rafael Leónidas Trujillo, en su segundo mandato como presidente de la República Dominicana.

En julio de 1941 el general Amezcua llegó a Japón y el 27 de ese mes tomó posesión de la legación mexicana en Tokio. El 18 de septiembre presentó sus cartas credenciales al ministro de Relaciones Exteriores de Japón, almirante Teijiro Toyada.

Del pliego de instrucciones que entregó la Secretaría de Relaciones Exteriores al ministro Amezcua se pueden destacar los siguientes aspectos: refrendar los lazos de amistad con el imperio japonés, matizar la realidad actual en la región asiática, tomar en cuenta y restarle peso especifico al poderío de los Estados Unidos en el oriente y el pacífico, evitar insistencia de Japón respecto a una potencial alianza, insistir en la doctrina de México sobre el respeto a la soberanía e integridad territorial de las naciones; así como desarrollo de las relaciones con Japón siempre y cuando no resulten en detrimento de los lazos de solidaridad con todos los países del continente americano.

Como funciones prioritarias la cancillería le encomendó: la observación constante de la situación en Japón, informar oportuna y urgentemente, tomar en cuenta las políticas de expansión de Japón y sus incursiones imperialistas en Asia y examinar y notificar día a día la posibilidad de un conflicto con los Estados Unidos.

Tomando en cuenta la amistad que mantenía el ministro Amezcua con el embajador de los Estados Unidos en Japón, Joseph Clark Grew (decano del cuerpo diplomático) se le recomendó mantener un trato cercano pero discreto, para evitar percepciones de Japón en el sentido de que el desempeño político de México estaba condicionado por los Estados Unidos.

Adicionalmente, se le instruyó suministrar información sobre movimientos financieros, económicos, marítimos y sociales, dando especial interés a las exportaciones japonesas de seda artificial.

Se le señaló la importancia de evitar posibles actitudes que motivaran apreciaciones erróneas en ese país, remarcando que la nación japonesa es sumamente susceptible con las posiciones de los países occidentales.

Con respecto a los tratos con el cuerpo diplomático se le indicó limitar los contactos con los representantes de España y Gran Bretaña al plano estrictamente social, ya que con esos países no se mantenían vínculos diplomáticos por la guerra civil y la dictadura de Francisco Franco en España ya causa de la expropiación petrolera con Gran Bretaña.

Un interés adicional del ministro Amezcua fue el de dar seguimiento a la misión económica mexicana que visitó Japón en abril de 1940, encabezada por Ernesto Hidalgo Ramírez.

En octubre de 1941 el ministro Amezcua informó a la Secretaría de Relaciones Exteriores sobre sus reuniones con el canciller Teijiro Toyada y con el vicecanciller para fortalecer las relaciones bilaterales y con la Sociedad México-Japonesa.

En otros informes reportó detalles de sus acercamientos con los representantes de Brasil, Chile, Colombia, Perú y Panamá. Con respecto a este último país hizo mención de su relación un tanto distante con el ministro panameño, Ángel Ferrari, “por su abierta japonifilia y por su reprochable conducta diplomática vendiendo visas y pasaportes a espías japoneses “.

Al estallar la guerra mundial en el Pacífico en diciembre de 1941 el ministro Amezcua recibió instrucciones del gobierno de México, el 8 de diciembre, para: disponer el traslado del personal de la legación y del consulado en Yokohama a México, cesar a los dos empleados locales (traductor y oficinista) y proceder a la destrucción de archivos y claves.

El 11 de diciembre de ese año, entregó a la cancillería japonesa la nota comunicando la ruptura de relaciones diplomáticas entre los dos países. Fue el primer diplomático latinoamericano en hacerlo.

Después de la notificación las autoridades japonesas detuvieron al ministro, a su esposa y al personal de la legación, confinándolos en la residencia oficial. Entre el personal de la legación figuraron: el tercer secretario Carlos Gutiérrez Macías, el vicecónsul Salvador Bron Rojas, el agregado militar general Ramón F. Iturbe, el canciller Carlos Insunsa y sus respectivas familias.

En esos días un funcionario de la cancillería japonesa y seis agentes secretos de la policía militar se introdujeron en la legación, hicieron un cateo, revisaron muebles y edificio “con brusquedad y detrimento “, no confiscaron documentos y “sólo embargaron dos aparatos de radio”.

La reclusión del personal diplomático mexicano en la residencia oficial se prolongó hasta finales de marzo de 1942. Por los buenos oficios de la legación de Suecia los trasladaron al hotel Miyanoshita en la ciudad de Hakone, en donde se reunieron con otros 18 diplomáticos de Perú, Noruega, Grecia, Ecuador y Países Bajos. Estuvieron alojados en este hotel hasta junio de 1942.

En uno de sus últimos informes a la Secretaría de Relaciones Exteriores el ministro Amezcua se refirió a la desconfianza que le provocaban la actitud y el comportamiento del personal a su cargo en la legación, incluyendo al agregado militar, por su afinidad y simpatías por Japón, “ por su sospechosa amistad con autoridades policiacas”, porque “ salían libremente del hotel a visitar amistades japonesas, asistiendo a tertulias y comidas”, sin tomar en cuenta la situación diplomática que prevalecía entre México y Japón y la condición que guardaban todos ellos como detenidos de las autoridades japonesas.

El 25 de junio de 1942 el ministro Amezcua salió de Japón como parte de un intercambio de detenidos entre los países aliados y el imperio japonés. Llegó a Nueva York el 25 de agosto en el barco sueco “Gripshol” y desde ahí se trasladó a la ciudad de México al final de su comisión diplomática.

A principios de 1943 el secretario de Relaciones Exteriores, Ezequiel Padilla, le envió una comunicación oficial participándole “apreciación por la inteligente y patriótica labor que llevó usted a cabo como representante de México en Japón, en los momentos tan difíciles que culminaron con la ruptura de las relaciones entre los dos países”.

El término de comisión del general Amezcua se le comunicó con un acuerdo de fecha 7 de enero de 1943 firmado por el secretario Ezequiel Padilla.

Al analizar la comisión diplomática del general Amezcua y el momento histórico en que se llevó a cabo, algunos académicos han concluido que ésta se caracterizó por un posible sentimiento anti- japonés por parte del general.

En ese orden de ideas el profesor Carlos Uscanga, investigador de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, expuso que el desempeño diplomático del general Amezcua en Japón se caracterizó por varios factores: su escaza experiencia diplomática, su tardía llegada a Japón y márgenes de maniobra muy limitados para el fomento de vínculos políticos y económicos en un periodo en el que los compromisos de México con los Estados Unidos ya se habían definido claramente.

El profesor Uscanga agregó que la dificultad estribó en su presunto sentimiento anti -japonés y su actitud arrogante, ya que era muy cercano al presidente Ávila Camacho, y a su falta de modestia (Antropología. Revista Interdisciplinaria del INAH, número 2, 2017).

Sin el menor interés de debatir los puntos de vista del profesor Carlos Uscanga, ni mucho menos proponer un intercambio de opiniones, el autor del presente artículo considera de utilidad presentar otras percepciones a propósito de sus comentarios inherentes a la arrogancia, falta de modestia y hasta al sentimiento xenófobo del general Amezcua.

En propia opinión se debe tomar en cuenta que el general Amezcua fue un joven oficial qué desde los inicios de su carrera militar, y por sus capacidades, llamó la atención de sus superiores, recibiendo oportunidades, cumpliendo con sus ordenanzas, lo que le permitió construir relaciones de confianza y amistad. Tales fueron los casos de los generales Lázaro Cárdenas y Manuel Ávila Camacho.

El general Amezcua dedicó buena parte de su carrera al estudio de las ciencias y las doctrinas militares. Así, se puede aseverar que fue más un diplomado militar que un oficial de cuartel con aspiraciones de mando.

En la época en que se formó como militar prevaleció en el ejército mexicano la doctrina que contemplaba: el cuidado del orden interno, la soberanía nacional, la integridad territorial y la preservación de las instituciones. En forma adicional tuvo la oportunidad de participar como oficial con mando de tropa o como táctico en conflictos como la guerra cristera y en las rebeliones malogradas de los generales Gonzalo Escobar y Saturnino Cedillo.

Otros factores que pudieron incidir en su presunto recelo hacia el imperio japonés fueron, por su formación militar en el periodo post revolucionario: el episodio histórico en el que mineros inmigrantes japoneses en Coahuila fueron considerados, en 1907, como espías; la presencia continua de pescadores japoneses en Baja California en la década de 1910 y los rumores sobre la venta de la bahía de Magdalena a Japón por parte del gobierno de Porfirio Diaz; los efectos de la emigración japonesa a los Estados Unidos que determinaron la adopción de una ley migratoria, en 1902, que prohibía esa corriente migratoria; o las versiones de que las comunidades japonesas eran espías o quintacolumnistas que preparaban una invasión a América ( se debe tomar en cuenta su fuerte sentimiento de pertenencia al imperio japonés ).

Como lo refiere el profesor Sergio Hernández Galindo, investigador del Colegio del Estado de Hidalgo, en su estudio “La guerra contra los emigrantes japoneses en América antes de la guerra del pacífico“ ( revista Interdisciplinaria del INAH, número 2 de 2017 ), en diciembre de 1941 la prensa mexicana consideró a los japoneses como “enemigos de México” o en Perú las autoridades los declararon como peligrosos para la seguridad del Estado.

Para tratar de explicar los conjeturales discernimientos sobre actitudes arrogantes o falta de modestia del general Amezcua, sin interés de justificarlos, vale la pena dejar anotado que en su caso se trató de un oficial del ejército mexicano que desde muy joven tuvo la oportunidad de demostrar sus capacidades, sus conocimientos, sus experiencias acopiadas y sus niveles de preparación como diplomado de estado mayor. Se puede decir que aprovechó sus momentos, sus circunstancias y las situaciones que le tocó enfrentar. El registro de ese tipo de resultados en cualquier carrera escalafonaria puede inducir actitudes de seguridad personal y de certidumbre en la atención de las labores encomendadas, que en otros sectores del desempeño pueden ser vistas como expresiones de arrogancia o engreimiento.

Adicionalmente, en el caso del general Amezcua se trató de un heredero de un patrimonio inmobiliario, urbano y rural, en el estado de Jalisco, que no solamente le brindó una posición desahogada, sino que además le dio la seguridad para dedicarse completamente a su carrera sin inquietudes por el tamaño de los haberes ni por el porvenir a largo plazo.

La Ley del Servicio Militar Nacional se promulgó el 19 de agosto de 1940, entrando en vigor el 3 de agosto de 1942.

Por ese motivo el secretario de la Defensa Nacional designó al general Amezcua comandante de la división de infantería emplazada en Guadalajara, con la instrucción de recibir a los jóvenes conscriptos e instruirlos en la disciplina militar.

Las primeras observaciones que registró el general fueron que, en la mayoría de los casos, se trataba de contingentes de jóvenes procedentes del medio rural con limitada escolaridad, otros en condición de analfabetismo y otros más con problemas de desnutrición y baja condición física, lo que los hacía no aptos para recibir instrucción militar.

Ante esta realidad el general tomó la decisión de licenciar anticipadamente a un buen número de esos conscriptos y regresarlos a sus lugares de origen, en donde adicionalmente eran necesarias sus labores en el campo para la manutención de los núcleos familiares. Al resto lo mantuvo en el cuartel con un programa de adiestramiento cuya primera etapa consistió en la alfabetización y el mejoramiento de su nutrición.

En 1947 la India proclamó su independencia del imperio británico. En 1950 se convirtió en república.

En ese año México fue el primer país latinoamericano en reconocer la independencia de la India.

En agosto de 1950 se establecieron relaciones diplomáticas entre nuestro país y la India. En consecuencia, el presidente Miguel Alemán nombró como primer embajador de México en ese país al ex – presidente Emilio Portes Gil, quien llegó a Nueva Delhi en 1951 para establecer la representación e iniciar los vínculos bilaterales.

Debido a que el embajador Portes Gil conocía las capacidades militares y académicas del general Amezcua desde los años de la guerra cristera, le propuso al presidente Alemán el nombramiento del general como el primer agregado militar de México en la India.

A ambos personajes les tocó observar el despliegue de los primeros planes de gobierno del primer ministro Jawaharlal Nehru y el desarrollo del conflicto entre la India y Pakistán por la región de Cachemira y por las rivalidades político- religiosas entre esos nuevos estados, la India (hinduismo) y Pakistán (musulmán).

Al término de su comisión Portes Gil publicó, en 1953, su libro “Misión diplomática en la India. Como surge una gran nación”. El general Amezcua permaneció un tiempo más en ese país y a su regreso a México dedicó los últimos años de su carrera militar a su vocación como profesor e instructor de estado mayor en la Escuela Superior de Guerra.

“El último ministro de México en Japón
durante el período de entreguerras
enfrentó dificultades cuando las
autoridades militares del país asiático
tomaron la legación mexicana luego de
romperse las relaciones entre los dos
países.”

Sergio Hernández Galindo.

 

Everardo Suárez Amezcua.
Septiembre de 2020.

 

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