EDITORIAL. DIPLOMACIA, PAZ Y DESARROLLO

Estimados lectores y amigos, vivimos épocas difíciles, no solo por la lucha que se libra en el mundo en contra del conocido virus Covid-19 y sus derivaciones, que ha causado millones de muertes y está dejando una secuela de personas que al ver sido infectadas tienen que cargar con deficiencias en su salud; por suerte algunas pasajeras y otras que requieren de mayor tiempo para ser erradicadas por completo. En ocasiones anteriores, hemos comentado sobre el impacto de la pandemia en el sector económico, industrial, comercial y sobre todo, el efecto nocivo al provocar desempleo.

El otro mal que se muestra con recurrencia, es la barbarie humana, que ahora en pleno Siglo XXI, estamos viviendo en algunas partes del mundo. Cuando pensamos en los países europeos, nos vienen a la mente referencias como “la cuna de la civilización” y admiramos lo que han logrado los países que se ubican en esa región.

Pero cuando ocurren enfrentamientos como el que presenciamos en Rusia y Ucrania, sentimos que retrocedemos, nos desilusionamos de la admiración por esas bellas ciudades construidas por los pueblos tanto rusos, como ucranianos. Porque quienes decidieron iniciar la guerra, la invasión, el ataque, no pensaron en que podían dañar el patrimonio cultural del país invadido; mucho menos creer que los seres humanos del país vecino, deberían ser respetados, como ellos lo quisieran para sí mismos. El Hombre, convertido en el Lobo del Hombre.

Desde el nacimiento de la Revista Electrónica de la Asociación de Diplomáticos Escritores “ADE”, quisimos sentar las bases y principios sobre los cuales deberíamos guiarnos en nuestros mensajes o llamados a la convivencia pacífica de la humanidad. Como profesionales de la diplomacia, hemos sostenido que las negociaciones deben ser los medios principales ante cualquier diferencia que surja entre los países. Los mecanismos pacíficos para la solución de conflictos, no deben dejarse de lado, sino que se deben agotar todos los recursos existentes para lograr una paz duradera. Y si ello no fuera suficiente, echar mano de la creatividad y de la buena fe para encontrar nuevos mecanismos que ayuden para consolidar esa ansiada paz.

Por lo anterior, insisto en remarcar que “Diplomacia, Paz y Desarrollo”, son tres términos sobre las que descansa la esperanza de vivir en armonía y alcanzar el bienestar que merecen todas las naciones del mundo.

La Diplomacia, debe estar presente en todo momento, en tiempos de paz buscando la cooperación mutuamente beneficiosa en todos los campos de la actividad humana. En tiempos de conflicto, también debe estar presente el Derecho Internacional Humanitario, se debe de exigir que las hostilidades no perjudiquen a la población civil; que se respeten los derechos humanos de las familias y de los individuos más vulnerables. Del estudio sobre la evolución de la diplomacia se derivan consideraciones acerca de los éxitos y fracasos de la misma.

Para el que esto escribe, resulta doloroso recordar los sufrimientos de ciudadanos de varios países, por causas de las guerras, basadas muchas veces en ambiciones territoriales, o peor aún en odios raciales, religiosos o ideológicos.

¿Alguien sería capaz de medir o evaluar los daños ocasionados a la nación polaca cuando potencias europeas del Siglo XVIII decidieron repartirse el territorio y la población de ese país? ¿Y posteriormente, ser castigada cruelmente por los ejércitos nazis y sus “salvadores” soviéticos?

“Entre 1791 y 1795, se produjeron las tres Particiones de Polonia (que fue repartida entre Rusia, Prusia y Austria) y la grave consecuencia de ello fue la desaparición de Polonia como Estado (y la degradación de su capital, que pasaría a ser una ciudad secundaria dentro del Reino de Prusia). No obstante, el siglo XIX comenzó con una cierta esperanza ya que los franceses expulsaron a rusos, austriacos y prusianos de buena parte de los territorios de la antigua Polonia. Entonces, Napoleón creó el Gran Ducado de Varsovia, que funcionaría como un estado satélite de la Francia bonapartista, una decisión que fue bien recibida por los polacos, ya que aspiraban a que supusiera un primer paso para recuperar su autonomía. Pero esta ilusión sería efímera ya que, tras la caída del emperador en 1815, el Congreso de Viena creó la conocida como Polonia del Congreso, un nuevo estado que quedaría subordinado a Rusia. El descontento del pueblo polaco animó a su sublevación en 1830, pero sería derrotado por el ejército ruso, agravándose la situación, porque Polonia vería anuladas todas sus instituciones propias y quedaría integrada a todos los efectos dentro del Imperio ruso. La Polonia del Congreso (también conocida como el Zarato de Polonia Polonia Rusa) perduró hasta 1915, cuando, en el contexto de la Primera Guerra Mundial, el dominio ruso fue sustituido por el control alemán. No obstante, la derrota germana en la Gran Guerra propiciaría la proclamación de la Segunda República Polaca en 1918. De todas formas, poblaciones de ucranianos y bielorrusos (en el lado oriental) y también germanos (lado occidental) fueron ubicados a capricho de los vencedores y en contra de su voluntad en el nuevo territorio polaco.

La recuperada independencia impulsó a Varsovia que alcanzaría en 1925 el millón de habitantes y lograría resistir la Gran Depresión de la década de 1930 gracias al desarrollo de nuevas industrias como la del automóvil o la aeronáutica. Pero, nuevamente, los alemanes pondrían fin a ese periodo de independencia cuando en septiembre de 1939 invadieron Polonia, dando inicio a la Segunda Guerra Mundial (esta circunstancia sería aprovechada por los rusos para invadir los territorios orientales de de Polonia, regiones que se perderían definitivamente y que hoy forman parte de Bielorrusia y Ucrania).

Varsovia padecería de manera dramática las consecuencias de la guerra. Uno de los hechos más traumáticos para la ciudad fue la creación del Gueto de Varsovia, una ciudad dentro de la ciudad, encerrada tras un muro, donde fue confinada la población judía desde finales de 1940. El gueto era un lugar de transición para la población que iba siendo trasladada paulatinamente hacia su destino final: los campos de exterminio (particularmente el de Treblinka). Los tres años que duró el gueto vivieron en él unas 400,000 personas, hacinadas y en condiciones infrahumanas. Las enfermedades y las deportaciones redujeron esa cifra a 50,000 personas en el momento de su levantamiento en mayo de 1943. Entonces, los judíos, que habían conseguido armarse, se rebelaron contra los ocupantes en una serie de violentas acciones que acarrearían la destrucción de buena parte del gueto, aunque no lograrían que los nazis abandonaran la ciudad.

En 1941, Varsovia contaba con 1,350,000 habitantes. En 1944, la población se redujo a 162,000. El 1º de febrero de 1945 se proclamaría la República Popular de Polonia, un estado que quedaría integrado en la órbita soviética y marcaría un nuevo rumbo para el país y para su capital. Varsovia comenzaría su reconstrucción, aunque no recuperaría su techo demográfico hasta la década de 1970 (en la actualidad la ciudad supera la cifra de 1.700.000 habitantes).[1]

Como CIVILIZACIÓN ¿podemos asegurar que aprendimos la lección?

Desde luego, se puede adelantar que, las grandes y desastrosas guerras mundiales y otros conflictos regionales o bilaterales, pueden apuntarse como derrotas de la buena negociación diplomática. Dichas acciones bélicas, son ejemplos de lo que puede resultar cuando los individuos, las sociedades o los gobiernos, tergiversan los valores éticos, filosóficos y legales, en favor de intereses mezquinos, expansionistas o hegemónicos. Los métodos diplomáticos, apoyados en argucias, engaños y en traiciones, han hecho sentir que la humanidad regresaba a las épocas de la barbarie.

Por otra parte, en el transcurso de la historia, han quedado consignadas acciones diplomáticas positivas, las que permiten concebir esperanzas de una paz duradera; ello con la condición de que se continúen dichas acciones con base en un respeto estricto de los más, elevados principios del derecho internacional; así como también haciendo efectivos los proyectos de cooperación para el desarrollo integral de los pueblos.

No se puede negar que, aún en estos momentos difíciles de guerra la diplomacia ha estado presente –incluyendo destacadamente la mediática, para dar a conocer al mundo las versiones propias de cada una de las partes-. Se han entablado negociaciones en Bielorrusia, y en Turquía; sin alcanzar acuerdos definitivos, aunque se tiene la esperanza de que pronto se logre un alto el fuego definitivo y que se asuman las responsabilidades por los daños causados.

Los organismos internacionales del sistema de la Organización de las Naciones Unidas, han estado prestando su apoyo, primero ofreciendo sus buenos oficios de mediación; así como tratando de paliar los sufrimientos de los seres humanos que han sido afectados de diversa manera. La coordinación de la ayuda a los refugiados en los países vecinos de Europa, ha sido muy importante; lo cual se ha extendido a otros países lejanos de la región.

También se deben destacar las acciones humanitarias de países vecinos, como Polonia, Moldavia, Rumania, Eslovaquia, Hungría y otros países de Europa; así como de organizaciones no gubernamentales, que han prestado valioso apoyo y suministros a las personas víctimas de esta desgracia.

Una vez lograda la paz, se debe trabajar mucho para reparar las heridas que dejan conflictos como el que se vive en Ucrania, sobre todo sembrar entre los dirigentes y la sociedad en general que el empleo de las armas en contra de sus semejantes, no se justifica por ninguna razón.

Para el caso actual es muy importante destacar lo asentado el Acta constitutiva de la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).[2] El contenido de dicha Declaración debería estar presente en los escritorios y en las mentes de todos aquellos que tienen capacidad de decisión, lo mismo para iniciar conflictos, como para evitarlos: “ACTA DE LA CONSTITUCIÓN DE LA UNESCO:

Los gobiernos de los Estados Partes en la presente Constitución, en nombre de sus pueblos, declaran:

Que, puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz;

Que, en el curso de la historia, la incomprensión mutua de los pueblos ha sido motivo de desconfianza y recelo entre las naciones, y causa de que sus desacuerdos hayan degenerado en guerra con harta frecuencia;

Que la grande y terrible guerra que acaba de terminar no hubiera sido posible sin la negación de los principios democráticos de la dignidad, la igualdad y el respeto mutuo de los hombres, y sin la voluntad de sustituir tales principios, explotando los prejuicios y la ignorancia, por el dogma de la desigualdad de los hombres y de las razas;

Que la amplia difusión de la cultura y la educación de la humanidad para la justicia, la libertad y la paz son indispensables a la dignidad del hombre y constituyen un deber sagrado que todas las naciones han de cumplir con un espíritu de responsabilidad y de ayuda mutua;

Que una paz fundada exclusivamente en acuerdos políticos y económicos entre gobiernos no podría obtener el apoyo unánime, sincero y perdurable de los pueblos, y que, por consiguiente, esa paz debe basarse en la solidaridad intelectual y moral de la humanidad.

Por estas razones, los Estados Partes en la presente Constitución, persuadidos de la necesidad de asegurar a todos el pleno e igual acceso a la educación, la posibilidad de investigar libremente la verdad objetiva y el libre intercambio de ideas y de conocimientos, resuelven desarrollar e intensificar las relaciones entre sus pueblos, a fin de que éstos se comprendan mejor entre sí y adquieran un conocimiento más preciso y verdadero de sus respectivas vidas.

En consecuencia, crean por la presente la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, con el fin de alcanzar gradualmente, mediante la cooperación de las naciones del mundo en las esferas de la educación, de la ciencia y de la cultura, los objetivos de paz internacional y de bienestar general de la humanidad, para el logro de los cuales se han establecido las Naciones Unidas, como proclama su Carta.”[3]

A manera de conclusión:

Los momentos actuales son oportunos para reiterar que, la diplomacia, debe de estar al servicio de la paz, como una forma sublime de comunicación, de diálogo y de convivencia humana. Debemos de apelar a las buenas conciencias, para que dicho concepto llegue a formar parte de nuestra cultura y para que se constituya en un mandamiento que guíe las acciones cotidianas de gobernantes, dirigentes o líderes, que tienen la responsabilidad de conducir a la humanidad por los mejores senderos.

Asimismo, se debe trabajar sin descanso, para tratar de alcanzar el desarrollo a que tienen derecho todos los pueblos del mundo; lo cual debería de redundar en un reforzamiento de los diversos trabajos a favor de la paz mundial. Por otra parte, a la luz de acontecimientos bélicos recientes, cabría cuestionarnos si no estaremos pretendiendo una ilusión, o si la paz y el desarrollo compartido, son solamente una utopía.

Otros elementos que ayudan a reforzar los conceptos de la paz.

Los profesionales de la diplomacia, no debemos soslayar la importancia que representa el hecho de que la negociación de buena fe -esencia de nuestro trabajo-, sea dejada de lado repetidamente, para dar paso a las acciones belicistas. Sobre el particular, viene al caso mencionar que el holandés Hugo Grocio, uno de los fundadores del derecho internacional, recomendaba a gobernantes, reyes y combatientes, la observancia del concepto “buena fe”, así fuera durante una contienda y sobre todo, en el camino del mantenimiento de la paz, una vez terminada la guerra. Entre otras razones, aseguraba que si se preserva la buena fe, se mantiene también viva la esperanza de alcanzar la paz.

EL EDITOR/APM/Abril de 2022


  1. http://urban-networks.blogspot.com/2017/05/el-urbicidio-de-varsovia-y-la.html
  2. https://unesdoc.unesco.org/ark:
  3. https://fc-abogados.com/es/acta-de-constitucion-de-la-unesco/

 

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