ADIÓS A ÁLVARO. Por Leandro Arellano*

          La vida nos llevó y nos trajo de un lado a otro. La diplomacia fue parte central de nuestras vidas. Más que el trato cotidiano, más que la convivencia constante, nuestra amistad respondió quizás a cierto magnetismo natural y propio. El cariño y la amistad que nos unió, si no yerro, los alimentaba una disposición espontánea y una visión cercana de la vida.

     Álvaro Uribe se ha marchado antes que nosotros. Lo hizo el miércoles 2 de marzo. Miércoles de ceniza:

La rosa única

Es ahora el jardín

Donde el amor termina

     ¿Cómo no orar con Eliot ante el dolor profundo por la partida irrevocable de un amigo?

     ¿Cuándo o dónde nos conocimos? No lo recuerdo.  Mas seguro estoy que el día que Antonio Saborit nos juntó en una comida, nos saludamos como viejos conocidos. Yo había leído ya su obra publicada en cualquier caso, y él había trabajado ya como agregado cultural en nuestras embajadas en París y en Managua. Algunas veces más nos reunimos en las convocatorias de Saborit, que tenían lugar una vez por semana. Hasta que yo fui trasladado de nuevo al exterior.  

     Nos reencontramos al comienzo del milenio. Yo había pasado por varias adscripciones fuera del país. Al volver a Tlatelolco intentamos una adscripción para Álvaro en Nueva York. Se impuso la carga burocrática y el plan no prosperó.  Vino luego un periplo largo para mí. Álvaro permanecía en México, donde era ya un escritor reconocido, y nada ruidoso.

     Fui a mi último puesto en el exterior y regresé a México para jubilarme. El publicaba sus Caracteres en el suplemento cultural de Milenio los sábados. Reanudamos las comidas, que entonces presidía Álvaro. Él y Miguel Ángel Echegaray eran los pilares y convocaban cada viernes. De vez en vez se aparecían Alfonso de Maria y Campos, Guillermo Gutiérrez y otras amistades. En más de una ocasión participaron Tedi y Esther. El sitio de reunión era el Non Solo de la Plaza Luis Cabrera, en la Roma.

     Las pláticas –siempre animadas- cualquier tema tocaban, extendiéndose en asuntos más afines a nosotros: literatura, libros, cine, música, pintura, gastronomía, así como la situación internacional y el estado del país. Allí se me fue revelando el volumen de coincidencias y aficiones que compartíamos. El vino tinto para empezar. Lo gozábamos intensamente y Álvaro tenía una capacidad extraordinaria.

     Otra de nuestras aficiones era el rock, así como la recurrencia a los Beatles, Eric Burdon y algunas otras bandas. Ni qué decir, fue instantáneo nuestro acuerdo en reconocer como jefe dilecto en la diplomacia al Embajador Manuel Tello Macías, un ser humano y un diplomático de categoría poco común.

     Resultaron amplias nuestras coincidencias en el fervor por la lectura o relectura de Poe, Onetti, Cortázar, Vargas Llosa, Maupassant, Michaux, José Emilio Pacheco y Manuel Gutiérrez Nájera, entre tantos más.

     Álvaro hacía todo contento; su ánimo y su sonrisa así lo acreditaban. Constatarlo me traía a la memoria algunas actitudes Montaigne.         

     La avalancha de la peste acabó con casi todo. Se impuso el enclaustramiento decretado. No volví a verlo en persona. Tampoco su serena sonrisa de hombre inteligente, ni la mirada profunda del ser humano pleno que era. Quizás un par de veces hablamos por teléfono. WhatsApp fue el vehículo de nuestra correspondencia. Una correspondencia peculiar durante los dos últimos años. Cada viernes intercambiábamos algún mensaje.

     Pero hace unos meses –me confió- le descubrieron un tumor avieso. El viernes 18 de febrero iba bien, decía. El correspondiente al viernes 25 está fechado el sábado 26 y avisa que está hospitalizado. Escribió: “Ya te platicaré, querido Leandro”. Nuestra correspondencia no se ha interrumpido.

 

              San Miguel Allende, 4 de marzo de 2022  

 

 * El autor del presente artículo es diplomático y escritor mexicano

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