RECORDANDO A ERNESTO MADERO VÁZQUEZ 1913-1996. Por Antonio Pérez Manzano

Estimados amigos, un día como hoy pero de hace 106 años, vino a este mundo un ser humano que entre sus andanzas por la vida terminó formando parte del Servicio Exterior Mexicano (SEM). Al leer su biografía verán que fue escritor, periodista, diplomático, buen padre y excelente amigo.

Como biógrafo del amigo y compañero del SEM, no puedo darme el lujo de vaciar en unas cuantas cuartillas el rico contenido de sus vivencias, de su pensamiento y sus obras, por lo cual solamente me honro en compartir algunos de los pasajes de su vida:

DEL INGRESO AL SEM.
NO ES LO MISMO EMPEZAR DESDE ABAJO.

Hablando de su carrera diplomática, don Ernesto Madero narraba un acontecimiento que tuvo como actores al entonces Presidente de la República, General Lázaro Cárdenas y a su hermano El Güero. El señor Presidente estaba muy complacido por los reportajes de Madero, sobre la Guerra Civil española. Por dicha razón el mandatario dio órdenes a un oficial del Estado Mayor Presidencial, para que fuera al domicilio del “periodista y escritor Madero,” para decirle que quería platicar con él. Las circunstancias determinaron que en esos momentos, se encontrara en casa Luis Octavio y al preguntarle si él era el escritor Madero, respondió afirmativamente y acto seguido lo condujeron ante el Presidente, sin conocer el motivo del llamado.

Como resultado de la conversación sostenida, Luis Octavio Madero salió a Barcelona, España, como Cónsul General de México (1938); donde por cierto desempeñó un importante papel, a pesar de los rigores de la guerra. Cabe mencionar que, en dicha ciudad, la destacada labor de Luis Octavio Madero no se limitó al despacho de los asuntos burocráticos propios de la oficina a su cargo; sino que, además, se preocupó por atender el lado humano de la contienda que en esos momentos desangraba al pueblo español, con el enfrentamiento entre franquistas y republicanos. El periódico catalán “La Vanguardia” ofrece testimonios sobre los trabajos literarios del Consulado General de México, destinados principalmente a los combatientes republicanos, que contenían narraciones breves, poesías y otros trabajos literarios.
Sobre el nombramiento de Luis Octavio como Cónsul General, don Ernesto confesaba que sentía “envidia de la buena”, por lo que le dieron a su hermano, pues él también anhelaba ser representante de nuestro país en el exterior y no perdía las esperanzas de lograr algún día esa meta, como efectivamente ocurriría tiempo después.

PRIMER NOMBRAMIENTO EN EL SERVICIO EXTERIOR MEXICANO.

Sería hasta el 1º de marzo de 1939, cuando “la Revolución le hiciera justicia” -aunque parcialmente, podríamos agregar-. Por esas fechas, fue nombrado en La Habana, Cuba, como “Canciller de Tercera Interino”. Es decir, “escribiente de oficina” (como era escritor).

Como consta en su expediente personal, el nombramiento respectivo fue firmado por el Subsecretario de Relaciones Exteriores y tuvo efecto hasta que el entonces Oficial Mayor, Ernesto Hidalgo, sometió al aspirante a Canciller a un interrogatorio y una vez aprobado y aceptado, se le tomó la protesta de rigor. Tal como contaba el propio flamante funcionario, para entonces había logrado estudiar hasta el 4º año de la carrera de ingeniería en su natal Morelia y, con motivo de su traslado a La Habana, se le asignó la cantidad de $45.33 dólares de los Estados Unidos, por concepto de “gastos de instalación”.

El 31 de marzo llegó a Cuba, en un vapor de la línea naviera “Ward”, acompañado de su esposa y de su madre , para ponerse a las órdenes del Embajador de México en dicho país, don José Rubén Romero, con quien conservaba una estrecha relación laboral y de amistad. No obstante que disfrutara de su trabajo y de desempeñarse con profesionalismo, en conversación privada Madero llegó a expresar lo siguiente:

“No es lo mismo empezar la carrera desde el puesto más bajo en el escalafón del Servicio Exterior, que de Cónsul General” -como ocurrió con su hermano, a quien quería, admiraba y de quien decía: “es un modelo de inteligencia”.

Tiempo después –el 5 de junio de 1942- en ese mismo país, mediante un acuerdo firmado por el entonces Secretario de Relaciones Exteriores, Ezequiel Padilla, se le notificó su ascenso a Canciller de Segunda, debiendo continuar adscrito en la misma representación.

Entre las narraciones de Madero destacan las actividades de la representación diplomática mexicana, algunas de ellas con un profundo carácter humanitario, como el hecho que a continuación nos describe durante un discurso póstumo en honor del que fuera su jefe en Morelia y en La Habana:

“La llegada del Embajador Romero a Cuba coincidió con el fin de la guerra en España. Pero el ‘bautizo de sangre de la República’ que él había presentido nueve años antes, se había convertido en entierro. Se inició entonces la comprometedora y delicada gestión diplomática y política que se esperaba de un gran Embajador, de un hábil diplomático: negociar con el gobierno de Cuba, así como con el gobierno de la República Dominicana, el asilo temporal y el tránsito de miles y miles de españoles que huyendo del terror franquista, se apretujaban en pleno invierno en los improvisados refugios del sur de Francia. Miles de ellos ansiaban venir a México o buscar asilo en otros países latinoamericanos. México abriría sus puertas a miles de refugiados y con ellos a la inteligencia española, perseguida por la barbarie nazi-fascista y clerical del falangismo franquista”.

“Por lo que respecta a la protección y al refugio –continúa Madero-, había ya un antecedente profundamente humano: el episodio de ‘los niños de Morelia’ grabado para siempre en la memoria y en el corazón de aquellos pequeños y de quienes participamos en el comando de aquella histórica expedición en junio de 1937. El viaje se hizo en el ‘Mexique’, de una línea francesa que tocó precisamente La Habana, lo cual alertó al gobierno de Cuba y a los cubanos sobre lo que podría ocurrir –y que efectivamente ocurrió al fin de la guerra-.”

“La actividad de la Embajada de México en La Habana, bajo la dirección del Embajador Romero, fue extraordinaria. No había límite para las horas de trabajo. Afortunadamente dos diplomáticos de la mayor capacidad y prestigio fueron adscritos a la Embajada: Don Luis Padilla Nervo (otro ilustre diplomático michoacano) y el distinguido diplomático y gran poeta José Gorostiza. Desde el ángulo intelectual, aquella era una Embajada de lujo. Desde luego, lo importante era resolver la situación de los centenares y centenares de refugiados que colmaban los cuartos de hoteles baratos, de casas de asistencia, de cuartuchos sin aire acondicionado… Pero vale la pena señalar que junto a aquella masa popular llegaron también, a veces para quedarse por algún tiempo, valiosos personajes de la política, de la ciencia y las letras españolas. Cito solamente algunos de ellos: Don Niceto Alcalá Zamora, primer Presidente de la República Española a la caída de Alfonso XIII; así como don José Giral, don Fernando de los Ríos, don Álvaro de Albornoz, el poeta Manuel Altolaguirre compañero y primer editor de García Lorca”.

UNA TREGUA EN EL CAMINO

Su estancia en Cuba (1939-1943), fue una etapa muy productiva en el terreno literario. Escribió varios artículos sobre personajes del exilio español, como el Sr. Alcalá Zamora, Presidente de la Segunda República; don Indalecio Prieto (“El Político Indalecio Prieto”. Ed. Carteles, Mayo 25 de 1941). También mostró su admiración por don José Martí, lo que plasmara en varios artículos: “La última Carta escrita en Veracruz”; “Martí en México. Primicias del Apóstol” (Ed. Carteles, 1º Febrero de 1942); así como también escribió uno más, sobre la vida del músico mexicano Juventino Rosas, compositor del conocido “Vals Sobre las Olas” (Bajo el título “Figuras de México”, fue publicado en la Revista “HOY” y como “Vida de Juventino Rosas”, en La Gaceta de Cuba). Las Grandes Entrevistas de “HOY”: “Paul van Zeeland”; “El Padre de Pito Pérez”, (Ed. Carteles, Agosto 3 de 1941);“Somos los Mesmos” (Narrativa de la Revolución Mexicana, Ed. Carteles, 8 de Noviembre de 1943); otro trabajo sobre el autor de “Por quién Doblan las Campanas”: “Hemingway. Un tipo Extraordinario”, (publicado en HOY el 15 de enero de 1944) .

Una serie de artículos que le trajeron más pena que gloria (por aquellas épocas), fue la que dedicó al entonces gobernante dominicano Rafael Leónidas Trujillo, a los que puso por título:

“La Historia de un Hombre que se Proclamó Igual a Dios. Testimonios de un Viaje a la Española”.

Para los efectos del presente trabajo, solamente citaré algunos párrafos seleccionados de los reportajes publicados. En los archivos oficiales de la Secretaría de Relaciones Exteriores de México –por cierto muy bien clasificados y custodiados por el Acervo Histórico-, existen documentos que muestran las consecuencias de la publicación de dichos artículos en las revistas “Hoy”, y “Carteles”.

Como consta en el documento original, Madero había titulado a su trabajo: “La Isla Inverosímil. Testimonios de un Viaje a La Española” y empieza haciendo una narración del viaje por avión (un Electra) que lo transporta desde La Habana, pasando por “Port-au-Prince” a la temible altura de “cinco mil pies”…

TEXTO COMPLETO EN SISTEMA PDF

Download Attachments

Compártelo

1 comentario

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*


Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.