POR UN MÉXICO SIN ARMAS. Por Antonio Pérez Manzano

Monumento a la pistola anudada. Sede de la ONU

“La sociedad mexicana tiene conocimiento a través de distintos medios de comunicación, sobre miles de muertes ocasionadas a lo largo y ancho del territorio nacional, principalmente por el uso de armas de fuego de distintos tipos y calibres. Las noticias en dicho sentido, se repiten año con año, lo cual envía señales de falta de seguridad para la vida de las personas y ausencia del respeto a los derechos humanos fundamentales.

Al respecto, no nos cabe duda de que si en años anteriores fueron 20, 24 mil o más las muertes violentas –dependiendo de la fuente que se consulte-, estas son demasiadas para un país como el nuestro que desea vivir en paz; cuyas principales preocupaciones deben estar centradas en conseguir lo necesario para llevar una vida digna, tanto en lo individual, como también en lo familiar y social.

Desconcertados por el uso con fines políticos y hasta económicos de las cifras anteriores, nos habremos preguntado más de una vez:
• ¿Qué nos ocurrió a los Mexicanos?
• ¿Será que en los últimos años nos volvimos crueles y desalmados?
• ¿Por qué no se respeta la seguridad y la vida de nuestros semejantes?

Como las interrogantes anteriores se podrían plantear otras, inclusive enfrentar a quienes aseguran que el mexicano es malo de origen y que solo le faltan motivos para olvidar los valores morales y religiosos, resultantes de una buena formación en el hogar, la escuela y la sociedad.

Sobre este tema siglos atrás el conocido pedagogo Juan Jacobo Rousseau afirmaba: “El hombre no nace malo, el medio lo transforma.” A favor o en contra de tales teorías se puede aducir que, en la actualidad, las condiciones económicas y sociales han cambiado de tal manera que en ocasiones, el jefe de familia se encuentra acorralado ante las injusticias sociales que padece; que el sistema económico diseñado desde los tiempos coloniales, si ha variado no ha sido para lograr su bienestar y que por más que lucha mediante el trabajo y la superación, no alcanza para alcanzar él y los suyos, una vida digna, libre de los sobresaltos que provocan las variantes macro y microeconómicas.

Todo lo anterior debe de llevar a la reflexión -tanto a gobiernos, como a empresarios y pueblo en general-, sobre la necesidad de una mejor distribución de la riqueza en todos los sentidos, lo cual debe redundar en una mayor paz social.

No obstante los señalamientos anteriores, sería muy aventurado esbozar una leve atribución de los delitos que han ensangrentado a nuestro país, a quienes no han logrado un empleo estable y bien remunerado; a los que se han visto orillados a buscar en otro país los ingresos que aquí no obtienen; o a quienes con motivo de las recurrentes crisis del sistema económico internacional, se encuentran de la noche a la mañana, sin su fuente de ingresos. No, de ninguna manera son estos mexicanos los culpables de los miles de muertos en México.

Hace por lo menos dos décadas cuando la llamada “delincuencia organizada” (y la desorganizada también) cobró un auge inusitado, no solo en las áreas urbanas, sino también en la provincia. Se acabó el tiempo cuando para transportarse por carretera por el interior de la República, se recomendaba viajar de noche -pues el tráfico era mucho menor que durante el día-, la temperatura agradable y, “la seguridad estaba asegurada”, salvo raras excepciones.

En años recientes, el secuestro, los robos, las violaciones y todo tipo de delitos se dispararon de manera exponencial; incluyendo los abusos policiacos, lo cual abona en el grado de desconfianza e inseguridad que percibimos los ciudadanos. En cuanto al problema de las drogas, también hace años se hablaba de que este no era un problema que amenazara la seguridad nacional (tema hoy tan de moda), dado que se consideraba como una “mercancía de paso”, que no afectaba a nuestra población.”

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