VIII. ANTECEDENTES REMOTOS DEL DERECHO DE ASILO. CAPRICHO DE LIMEÑA

El presente caso se sitúa en el Perú
durante el virreinato español.[1]


Preámbulo:
La presente narración se produce en el contexto de la novela Pepe El Canciller. Cónsul Tranzas, se lleva a cabo un diálogo motivado por las negociaciones que realiza la Embajada de México en el Perú, durante el periodo de gobierno del general Francisco Morales Bermúdez, (quien gobernó del 30 de agosto de 1975 al 28 de julio de 1980); el 29 de agosto de 1975, derrocó al general Juan Velasco Alvarado, a lo que se le llamó “El Tacnazo”[2] (quien también había accedido al poder por Golpe de Estado en 1968 y se mantuvo en el gobierno hasta 1975).

  “CAPÍTULO IX. ASILO. LA TOMA DE LA EMBAJADA. De entre el grupo que debate el asunto de la solicitud de reinstalación de sus empleos, recurriendo a la figura del “asilo”. En un momento surge una voz femenina, que pide la oportunidad de expresar su opinión. Se trata de la Profesora Dolores Pauparcolla:

– Yo creo que no podemos pasarnos toda la vida encerrados aquí. Ya hemos recurrido a muchos argumentos, pero parece que ninguno nos da resultados positivos. Por otra parte, México no puede ser menos que el Perú en cuestiones de asilo. Ustedes saben que en mi país, existe una tradición muy arraigada de dar protección al perseguido.

En eso creo que también nos parecemos. En estas tierras incaicas, aún en tiempos del colonialismo español, los perseguidos encontraban refugio y protección en las iglesias; así como también en los domicilios.

Voy a contarles en forma muy resumida, un episodio que nos dejó nuestro gran cronista e historiador, Don Ricardo Palma, en su conocida obra titulada “Tradiciones Peruanas”.

La leyenda que les voy a narrar, la tituló “Capricho de Limeña” y va como sigue:

Eran las épocas en que en nombre de los Reyes de España, gobernaba en el Perú el Virrey Don José de Armendáriz, Marqués de Castelfuerte, de sobra conocido por su carácter enérgico.

– Usted disculpe maestra Dolores –interrumpe el también profesor Pizarrete-, creo que todos estamos muy cansados. ¿No cree usted que la historia puede quedar para mañana?

– Mire profe -responde la aludida-. Se trata de explicar al Embajador y a los demás representantes mexicanos, que nosotros recurrimos a su protección confiando nuestras vidas y la del ser que traigo en mis entrañas, porque creímos que este país con tanta historia, haría respetar esa hermosa tradición que también en el Perú se practica.

– Bueno señores -interviene el Embajador Del Real-, de todas formas, no creo que nadie pueda ir a dormir en estos momentos, en los que tenemos qué tomar una determinación sobre su permanencia en la embajada. Yo sugiero que escuchemos con atención a la profesora Pauparcolla. ¿Está bien pronunciado su apellido estimada maestra? Si es así, entonces, por favor prosiga con su interesante relato.

– Muchas gracias señor Embajador. Pues como les decía, durante el gobierno del Virrey Armendáriz, por diferentes razones, la ciudad de Lima enfrentaba ciertos actos de violencia, casi tanta como la que se observa en estos días. Por tales motivos, el Virrey hizo publicar un bando, en el que se ordenaba que la población se recogiera a sus casas hasta antes de las 10 de la noche.

– Casi como el toque de queda del cual disfrutamos en estos días ¿No creen que es mucha coincidencia? Para hacerla cumplir ordenó redoblar las rondas de vigilancia, a las cuales en ocasiones él mismo se incorporaba. Ahora viene al caso describir a un posible infractor. Don Ricardo Palma lo retrata de una manera bella, en un idioma castellano-español delicioso, escuchen:

“Don Álvaro de Santiponce, maestro en todas las artes y aprendiz de cosa ninguna, era para los años de 1727 un joven hidalgo andaluz, avecindado en Lima, buen mozo y gran trapisondista. Frecuentador de garitos y rondador de ventanas, tenía el genio tan vivo, que, a la menor contradicción, echaba mano por el estoque y armaba una de mil diablos. De sus medios de fortuna podía decirse aquello de ‘presunción y pobreza, todo en una pieza’, y aplicarle, sin temor de incurrir en calumnia, la redondilla: Del hidalgo montañés don Pascual Pérez Quiñónez eran las camisas nones y no llegaban a tres”.

En esos momentos, la tertulia literaria es interrumpida por una llamada reservada, pues la secretaria no quiso decir públicamente el nombre de la persona que quería hablar con el Embajador. Discúlpenme un momento por favor. Pero si lo desean, continúen con el cuento, que yo regresaré en cuanto pueda.

– La plática se reanuda, pero en forma más relajada y es el Canciller Chon, quien lanza una pregunta a la narradora.

– Perdón profesora Dolores, o más bien “Lolita”, como ya nos acostumbramos a llamarle. ¿A poco nos va a leer todo el ladrillo de don Ricardo Palma?

– No, de ninguna manera. Pero le aclaro que “Tradiciones Peruanas”, no es ningún ladrillo, adobe, ni nada que se le parezca; es una de las obras más apreciadas de nuestra literatura. Yo diría sin exagerar, que ahí se encierra buena parte de nuestro tesoro cultural.[3]

– No haga caso de esos comentarios profesora –interviene el Cónsul Saliva-, este Chon solamente habló para tratar de reavivar, la plática; pues considerando la hora, ya muchos están un poco cansados. Mire usted por ejemplo, de sus compañeros, algunos se ven prácticamente dormidos. Pero bueno, usted no se preocupe, los que estamos despiertos la seguimos, pues la narración está interesante.

– Muchas gracias señor Cónsul. El cuento continúa:

“Nuestro andaluz no era hombre de sacrificar un galanteo a la obediencia del bando y una noche pillólo la ronda departiendo de amor al pie de una reja. ¡Hola, hola, caballerito, -dése usted preso!- le dijo el jefe de la ronda.

¡Un demonio! -contestó Santiponce, y desenvainando el fierro, empezó a repartir estocadas, hiriendo a un alguacil y logrando abrirse paso”.

¡Vámonos ese hidalgo sí que parecía ser de Jalisco! –Interrumpe nuevamente el Canciller Chon-. Pues era de armas tomar ¿Verdad Pepe?

– ¿Qué te traes con los de Jalisco? Allá solo gente buena. Y si te refieres a que siempre andan con el fierro en la mano, no se trata de la espada, como la del andaluz del cuento; sino que siempre traemos “los fierros”, dinero, centavos, pesos, money, listos para disparar a cualquiera. Es decir, traduciendo para nuestros huéspedes peruanos, el término moderno de “disparar” significa que siempre estamos dispuestos a invitar. No como los “codomontanos” del norte, que no disparan ni en defensa propia. ¿Cómo te quedó el ojo?

– ¡Bueno, bueno, ya fue suficiente! –Nuevamente interviene el Cónsul-. Otra vez son los Cancilleres, quienes dan la nota. Por favor siga con la historia profesora, mientras regresa el Embajador.

– No se preocupen. Yo ya estoy acostumbrada a este tipo de interrupciones y a toda clase de comentarios, pues en la escuela asisten todo tipo de niños. Aunque ahí, yo tengo autoridad para imponerme.

– Pues como les decía, después de que don Álvaro de Santiponce logró escapar, corrió por las calles de Lima y detrás de él, los celosos vigilantes del orden. Viendo abierta la puerta de una casa, se coló en ella avanzando hasta el salón donde se encontraba la familia en gran tertulia.

– La señora de la casa, era una aristócrata limeña, llamada doña Margarita, que según nos dice don Ricardo:

“Ella era muy pagada de lo azul de su sangre, como descendiente de uno de los caballeros de espuela dorada ennoblecidos por la reina doña Juana la Loca, por haber acompañado a Pizarro en la conquista”.

Ustedes disculpen lo largo del relato –el Embajador se ha tardado- ¿Puedo continuar?

Para entonces, eran pocos los que quedaban en pie. Ahora es el General Conciso, quien con una señal da el consentimiento, para que la profesora continúe contando el “Capricho de Limeña”.


Bien, pues para redondearles el panorama, les diré que doña Margarita invitó al hidalgo fugitivo, a que se acogiera a la protección de su hogar. Dicho sea de paso, debo de decir que la señora actuaba de acuerdo con las quijotescas costumbres de la época. Como un rezago del feudalismo, el no negar asilo ni al mayor criminal; pues los aristócratas tenían a orgullo comprometer la honra:

“Defendiendo hasta la pared de enfrente, la inmunidad de domicilio. Había en Lima casas que se llamaban ‘de cadena’ (la de doña Margarita era de esas, como lo comprobaban los gruesos eslabones colocados a la entrada del zaguán) y en las cuales según una real cédula, no podía penetrar la justicia sin previo permiso del dueño y aún esto en casos determinados y después de llenarse ciertas tramitaciones”.

– Nuestra historia colonial está llena de querellas sobre asilo, entre los poderes civil y eclesiástico y aún entre los gobiernos y los particulares”. Esto se asienta en el libro que les estoy comentando. Creo que debemos de hacer una pausa, para que si alguien quiere efectuar una necesidad, o para ver qué pasó con el Embajador. ¿Qué noticias nos tendrá?

Los que dormían se siguieron dormidos. Los que dormitaban, se fueron durmiendo. Los pocos fieles que quedaban, aprovecharon para lavarse la cara y para moverse un poco.

Pasados unos minutos, la actividad renace, con el regreso del Embajador Del Real a la sala de juntas. El ruido y la expectación hacen que también los dormidos se despierten y que se reincorporen.

– Señores y señoras, esperaré a que estemos todos juntos, para que lleguemos a un acuerdo sobre lo que procede hacer. ¿Listos? Bien, tuve largas conversaciones con autoridades tanto de aquí, como de México. Pero antes de seguir, por cortesía le pregunto a la maestra Dolores Pauparcolla si ya terminó con la plática. ¿Desea continuar o la damos por terminada?

– Mire usted señor Embajador, a mí me gustaría que me permitiera comentarles el desenlace de la historia, pues tiene que ver con lo que aquí está pasando;

– Claro que sí profesora, unos minutos más no creo que marquen la diferencia en nada. Por favor termine por contarnos qué pasó con el famoso hidalgo andaluz.

– Gracias, en forma resumida les diré que a pesar de que el alguacil trató de convencer a doña Margarita, para que le entregara al infractor de la ley, el señor Santiponce, ella se empecinó en protegerlo. Más bien dice que se “encaprichó”, pues tal es el título del cuento:

“Pero, no solamente no entregó al fugitivo, sino que maltrató al alguacil y además expresó que ella “no era de la raza de Judas para entregar a quien se había puesto bajo la salvaguardia de su nobleza y que así se lo dijese a ‘Pepe Bandos’ (se refiere al Virrey José de Armendáriz). Trató al guardián del orden, de ‘corchete y esbirro vil’ y a su excelencia, de ‘perro y excomulgado’, aludiendo a la carga de caballería dada contra los Frailes de San Francisco el día del la ejecución de Antequera. Palabra y piedra suelta no tienen vuelta”.

Una vez enterado el Virrey de la actitud de doña Margarita, hizo de tripas corazón y en lugar de tomarla contra ella, le envió una carta al marido; quien se encontraba en la hacienda, en las afueras de Lima.

Esta correspondencia que cita don Ricardo Palma, no tiene desperdicio. En pocas palabras le dice:

“Tiempo es saber señor mío quién lleva en su casa los gregüescos. Si es vuesa merced, me lo probará poniendo en manos de la justicia, antes de doce horas, al que se ha amparado de faldas; y si es la ‘irrespetuosa compañera’ que le dio la Iglesia, dígamelo en puridad para ajustar mi conducta a su respuesta. Dé Dios Nuestro Señor a vuesa merced la entereza de fundar buen gobierno en su casa, que bien lo ha menester, y no me quiera mal por el deseo. El marqués de Castelfuerte”.

La profesora hace una pausa para indicarles que ya le falta poco a su narración y seguramente, para que los pacientes escuchas, no vuelvan a caer en brazos de “Morfeo”.

– ¡No se preocupen, que ya estoy a punto de terminar! Continúo. El esposo amonestado de tal manera por el Virrey, respondió con otra carta no menos irónica, pero firme:

“Duéleme señor marqués, el desagrado de que me habla; y en él interviniera si la carta de vuecencia no encerrara más que agravio a mi honra y a mi persona, que de amor a los fueros de la justicia. Haga vuecencia lo que su buen consejo y prudencia le dicten, que en ello no habré enojo; advirtiendo que el marido que ama y respeta a su compañera de tálamo y madre de sus hijos, deja a ésta por entero el gobierno del hogar, en el resguardo de que no ha de desdecir lo que debe a su fama y nombre. Guarde Dios los días de vuecencia para bien de estos pueblos y mejor servicio de su majestad.- Carlos de…”

Bueno profesora –interrumpe Chon-, la carteada está muy sabrosa, pero ¿Cuál es el final de la historia?

– Pues como ustedes verán, tiene un final muy aleccionador. Resulta que el Virrey se molestó con la respuesta de don Carlos y ordenó su aprehensión; después lo mandó desterrado muy lejos, dicen que a Valdivia, en Chile. Pero antes de que partiera, todavía le lanzó unos cuantos reclamos.

“No ha de decirse de mí que un maridillo linajudo me puso la ceniza en la frente. ¡Bonito hogar es el de vuesa merced, en donde canta la gallina y no cacarea el gallo!”

Ante tal situación, doña Margarita corrió de la seca, a la meca, buscando apoyo; pidió la intervención del Arzobispo y de otros religiosos, así como de otras personalidades de la época. Nada valía ante la tozudez del Virrey, quien insistía en declarar que el reo regresaría del destierro, el día que la señora entregara al delincuente. El temple de doña Margarita y sus principios, le daban fuerzas para que aun a costa del sacrificio de su esposo, no permitiera que se cometiera lo que ella creía que sería una injusticia. Ella siguió luchando, inclusive, le enviaba cartas al Rey Felipe V de España, con la esperanza de que llamara la atención del Virrey autoritario; pero ni el Rey, ni los santos, le hicieron el milagro.

– La historia termina años después, con la muerte de don Carlos, siempre en el destierro. En 1731 regresa a España el Virrey Armendáriz y su sucesor, el marqués de Villagarcía concede la libertad del hidalgo Álvaro de Saltiponce, quien más pronto, que rápido, puso pies en polvorosa y salió del país.

– Ya para terminar y abusando de su paciencia, quiero decirles que en el libro que comento “Tradiciones Peruanas”, don Ricardo Palma asienta que años después, alguien le preguntó al Marqués Armendáriz ¿Por qué se encaprichó, con la limeña caprichosa? y si consideraba que aquello fue un abuso de autoridad.

Ante tal cuestionamiento el ex Virrey comentó:

“Cometilo para que los maridos aprendan a no permitir a sus mujeres desacatos contra la justicia y los que administran; pero dudo que se aproveche el ejemplo: pues, por más que se diga en contrario, los hijos de Adán seremos siempre unos bragazas, y ellas llevarán la voz de mando y harán de nosotros cera y pabilo”.

Muchas gracias a todos por haberme escuchado. Como maestra, como mujer y como asilada, sentía que tenía que decirlo. Gracias de nuevo.”


  1. Fragmento tomado de Pérez Manzano, Antonio. Novela Pepe, El Canciller. Cónsul Tranzas. Ed. Amazon.com, septiembre de 2023. Pp. 218-246. htpps://kdpamazon.com/es_Es/Bookshelf?ref_=kdp_kdp_BS_D_TN_bs
  2. El 29 de agosto de 1975, el general Francisco Morales Bermúdez encabezó el Tacnazo, un golpe de Estado contra el presidente Juan Velasco Alvarado, proclamándose al día siguiente presidente de la República del Perú, como Jefe de Estado en la “segunda fase” del Proceso Revolucionario de las Fuerzas Armadas. Visto en: Fernández, Tomás y Tamaro, Elena. «Biografia de Francisco Morales Bermúdez». En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea [Internet]. Barcelona, España, 2004. Disponibleen https://www.biografiasyvidas.com/biografia/m/morales_bermudez_francisco.htm
  3. Nota: Manuel Ricardo Palma Soriano, nació en febrero de 1833. Se considera como un representante del romanticismo peruano, prefería exaltar lo nacional peruano. Después de participar en la armada peruana, tuvo que exiliarse primero en Chile y posteriormente en Ecuador. En 1872 escribió el primero de ocho tomos de “Tradiciones Peruanas.” Se trata de relatos cortos de ficción histórica que narran, de forma entretenida y con el lenguaje propio de la época, sucesos basados en hechos históricos de mayor o menor importancia, propios de la vida de las diferentes etapas que pasó la historia del Perú, sea como leyenda o explicando costumbres existentes. Son muchas las empresas editoras que han publicado sus obras.
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