VI. LO BUENO, LO MALO Y LO DESAGRADABLE DE LA PROFESIÓN DIPLOMÁTICA

La Carrera Diplomática y sus funcionarios estamos expuestos permanentemente a una serie de conjeturas, críticas y envidias que se levantan y tejen alrededor de nuestra profesión y de la supuesta “Gran Vida Diplomática” que se dan sus representantes, o burócratas Internacionales, siendo estas en muchos casos completamente sin conocimiento, sin sentido y fuera de lugar, inclusive sin entrar a diferenciar entre los funcionarios de un servicio exterior especializado inscritos y comprometidos en una carrera pública y los de libre nombramiento y remoción.

Para ser funcionario diplomático no solo se necesita poseer una excelente preparación y formación académica y profesional, sino que se requieren unas condiciones muy especiales de ética, moralidad, confidencialidad, integridad, honestidad, imparcialidad, transparencia, comunicación, eficiencia, eficacia, adaptabilidad y en muchas ocasiones, una cuota de sacrificio. Acordes con la alta responsabilidad que demanda representar un Estado o Gobierno.

También existe la falsa creencia de que los diplomáticos ganan mucho dinero, como para hacer grandes ahorros y darse todo tipo de lujos y extravagancias; omitiendo pensar lo que significan los costos de vivir en el exterior y llevar una representación digna y acorde con las exigencias del cargo. Así como también la función protocolaria y social y el entorno familiar que en muchos casos, se divide entre el país de origen y el de destino.

De todas maneras, el funcionario diplomático debe ser muy cuidadoso en su comportamiento personal, pues normalmente no se le identifica como, “el fulanito de tal”, sino con “su nacionalidad”.

Como en toda actividad humana hay personas y situaciones buenas y malas, por lo que sin entrar en mayores explicaciones y detalles sobre un asunto tan polémico, quiero generar una reflexión y análisis al respecto, dejando al buen criterio de los lectores la sabia interpretación de este resumen y semblanza, sobre algo de lo bueno y lo malo con respecto al tema y sin más ambages les comparto algo de mi conocimiento y recopilación como funcionario sobre la materia:

LO BUENO:

• Tener el gran honor de representar los intereses de un Estado, ante un Gobierno Extranjero u Organización Internacional.

• Negociar con los Gobiernos y Organismos Internacionales Tratados y Acuerdos, fomentando y desarrollando todo tipo de relaciones amistosas y políticas.

• Conocer nuevos Países o regiones del mundo.

• Apreciar diferentes sistemas de gobierno.

• Entender y vivir nuevas culturas.

• Aprender nuevos Idiomas y dialectos.

• Relacionarse con personalidades mundiales.

• Someterse y participar en las vanidades y pompas del Ceremonial Diplomático.

• Tener ciertos Privilegios, Inmunidades, Cortesías y Precedencias

• Recibir Condecoraciones.

• Ser protagonistas o participar en eventos y ceremonias trascendentales para los Estados.

• Colaborar con nuestros países y conciudadanos.

• Promover la imagen y negocios para el país e institución que representa.

• Estar en misión en países con altos índices de desarrollo.

• Pertenecer a un Servicio Exterior profesional y jerarquizado, dentro de una carrera diplomática.

LO MALO:

• Ausentarse de su país y sus raíces.

• Dejar los familiares, parientes y amigos.

• Desprenderse regularmente de lugares, personas y de cosas queridas.

• Trasladarse y mudarse continuamente llevando la familia.

• Frustrar Profesionalmente a los cónyuges.

• Separación del núcleo familiar en muchos casos.

• La inadaptación y problemas de los cónyuges e hijos a diferentes lugares.

• Los pésimos salarios y los altos costos de vida para una representación digna.

• Ir en misión a países de muy bajos índices de desarrollo.

• Vivir en países con graves conflictos internos.

• Ir en misión a países de culturas, costumbres e idiomas completamente diferentes.

• Países especialmente endémicos y malsanos.

• Ser funcionario del servicio exterior a las carreras.

LO DESAGRADABLE:

• Muchas veces defender Instituciones y Temas en contra de nuestras propias convicciones.

• Practicar la mayor parte del tiempo la hipocresía diplomática.

• Tener que Oír y soportar tanta vanilocuencia.

• Tolerar la mala educación, grosería y ostentación de muchos personajes.

• Largas Jornadas de trabajo continuando el día con actos sociales y protocolarios.

• Asistencia obligada a infinidad de actos y ceremonias desagradables y aburridas.

• Ver permanentemente a los mismos personajes en los actos protocolarios.

• Oír los mismos discursos, comentarios, temas y chiste en las reuniones.

• Tener que degustar las mismas viandas y comidas en todas las reuniones sociales y cocteles.

• Asistir un mismo día a múltiples eventos: desayuno, almuerzo, cena.

• Atender compromisos oficiales los sábados, domingos y días feriados.

• Las exigencias y costos de vivir decente y pulcramente.

• Asumir a diario los costos del ajuar de las señoras, arreglo personal y otros para atender eventos sociales.

• Las diez mil contribuciones, participaciones en rifas, compra de boletas, donaciones, membresías, clubes, bazares, etc.

• Soportar cantidades de personas aduladoras, serviles e interesadas.

• Los Diplomáticos mercaderes y contrabandistas que abusan de los privilegios y cortesías.

• Los Diplomáticos que no honran sus deudas y dañan su reputación y la de su país.

• Los Diplomáticos que caen en el alcoholismo.


  1. El presente artículo fue publicado en el Número 3 de la revista ADE, correspondiente al mes de marzo de 2002. En esa fecha el embajador Liévano Rangel estaba acreditado ante el gobierno de Trinidad y Tobago, así como ante la Asociación de Estados del Caribe (AEC).
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