Tarea ardua la Integración Regional

 

Oscar Hernández Bernalette

 

En una reciente intervención en el marco de un seminario sobre integración suramericana en la Universidad Pontificia de Lima  me interrogué sobre si estamos seguros que en nuestros países sus clases dirigentes, sus instituciones, los gobernantes, los pueblos están convencidos de las grandes oportunidades que brindan a la región los procesos de integración

Mi primera respuesta fue no. Las clases dirigentes, independientemente de sus signos ideológicos  a lo largo de los años les han fallado a sus pueblos en cuanto a una verdadera vocación por la integración entre nuestros pueblos

Una primera evaluación nos puede confirmar que el proceso de integración regional pasa por un momento gris en la historia. La retórica sigue predominando más que las medidas prácticas que garanticen un proceso  en vías de consolidación de un gran espacio económico latinoamericano. La Comunidad Andina tambalea y el Mercosur pareciera estancado. Los sueños integracionistas se quedaron en los discursos y lo que realmente observamos es más dispersión y pocos esfuerzos en cuanto a lograr superar el estancamiento de los procesos regionales. Los líderes de la región hablan de integración mientras que la definición excluyente de la soberanía todavía es la que prevalece.

Por otra parte,  están los pueblos de la región consientes de los beneficios que la integración económica, social, política, tiene para ellos. ¿Hemos  medido alguna vez los niveles de satisfacción  integracionista, más allá de las fronteras vivas, de algunos de nuestros países sobre la percepción real que los pobladores de cualquiera de nuestros países tienen de los beneficios de ir construyendo a integración de nuestros pueblos?

Si la respuesta es positiva, cuantas de nuestras poblaciones, grupos organizados, grupos políticos han alzado su voz, exigiéndole a su dirigencia más integración con sus vecinos. Cuándo han reclamado, por ejemplo, decisiones de sus gobiernos que han amenazado el proceso de fortalecimiento de los procesos de integración. No vallamos lejos, pensemos en la relación entre Venezuela y Colombia en estos tiempos, Venezuela-CAN. Dónde estaban las voces y los pueblos decididos a dar la batalla por preservar los procesos de integración. Dónde se han disparado las alarmas cuando el lenguaje de la guerra se convierte en el verbo de muchos de nuestros dirigentes.

La triste realidad es un rotundo no. Fueron pocas las reacciones a favor o en contra cuando Venezuela decidió retirarse de la CAN, o cuando otros países de la región Andina decidieron montar tienda aparte, esto es negociar acuerdos con terceros unilateralmente. Entonces, independientemente de otras razones por las cuales los procesos de integración propios se debilitan y a las cuales pasaremos revista, hay que dejar asentado que los propios sujetos del proceso de integración, que no son las empresas, sino los hombres y mujeres de estas tierras se  han dejado  arrebatar  las conquistas integracionistas que a lo largo de muchos años se habían configurado en esta región.

La CAN es el mejor ejemplo, de cómo a pesar del desarrollo de la estructura  Institucional de este organismo de integración, la preponderancia de los gobiernos sobre esas instituciones ha logrado que la misma se debilite y que la permanencia de los países andinos o no en ella, depende de las  visiones de los gobiernos de turno con  visiones ideológicas variables  y que determinan   sobre las agendas positivas  de desarrollo que deben guiar los proceso de Integración. “Los propios miembros han reconocido que  al proceso de integración solo pueden darse responsabilidades para las cuales cuente con instrumentos, recursos y respaldo político permanente”.

Lo más lamentable de este balance que no es positivo, desde mi perspectiva, se dé en un contexto  que nos sitúa en la región del mundo que tiene las mejores condiciones para favorecer un esquema de integración social, político y económico. Todas las variables clásicas las cumplimos; origen, unidad geográfica, idioma, religión, ausente de mayores conflictos intrarregionales, asimetrías variables.

Pareciera, sin embargo, que  en estos años recientes estamos frente a una tendencia regional que intenta regresarnos al punto de partida, caracterizada por la desunión, los nacionalismos, pocos flujos comerciales interregionales y alianzas con factores externos antes que regionales. De allí, la importancia de plantearnos fórmulas realistas que conduzcan a la focalización  y  fortalecimiento del proceso de integración, así como evaluar  cómo lograr  conciliar  algunas de las políticas  unilaterales de los gobiernos   que se han erigido en obstáculos para el fortalecimiento del sistema de integración. Por ejemplo: negociaciones bilaterales con los Estados Unidos, negociaciones con Mercosur, retiro de la CAN en el caso de Venezuela. En conclusión, la verdadera integración de Suramérica aun pareciera una quimera y particularmente la CAN está hoy viviendo las consecuencias del debilitamiento Institucional, de las negociaciones unilaterales, de los excesos de trato especial para que cada país protegiera sus propios intereses sectoriales, de incumplimiento de las decisiones del Tribunal Andino y de la excesiva posibilidad de que los  poderes Ejecutivos de las naciones deformen las propias normativas que en el tiempo han creado.

Lamentablemente la realidad nos dibuja una región que se desintegra. Los países poco hacen por mantener agendas comunes en áreas que son obvias por su carácter horizontal y temático del acervo regional. Mientras nuestros países no vuelvan a retomar con vigorosidad y total desprendimiento la agenda integracionista nos mantendremos a la deriva, con poca capacidad de negociación y sujetos a los liderazgos externos de turno.

 

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