VI. Reflexiones sobre la carrera diplomática

en Venezuela[1]

 

 

Por Oscar Hernández  Bernalette[2]

 

 

Con motivo del Día Internacional del Trabajador fui condecorado con la orden del mérito al trabajo por 30 años de servicios en la cancillería. La ocasión fue una buena oportunidad para hacer algunas reflexiones  personales. Entre otras   es que  existe  en Venezuela poca valoración por la carrera  y  desconocimiento sobre   las características propias de la función diplomática.  No es casual  que  las leyes del Servicio Exterior  sean  vulneradas en  detrimento de la profesionalización y los funcionarios de carrera.

 

La visión según la cual las Embajadas y las misiones de Venezuela ante los organismos no requieren de profesionales de carrera, es como pensar que los hospitales pueden funcionar sin médicos, los cuarteles sin oficiales y que la gestión de estado se puede ejercer sin personas preparadas e idóneas. Desde siempre, el servicio exterior convivió entre un cuadro profesional bien formado  y otro sin experiencia ni preparación,  para ejercer debidamente las responsabilidades.

Hay quienes pretenden hacer creer que la función diplomática la puede ejercer cualquier nacional y que los objetivos de política exterior se pueden alcanzar sin el manejo adecuado de herramientas y de conocimientos, especialmente técnicos,  que forman parte de la agenda internacional del mundo globalizado. Lamentablemente, muchos    asumen responsabilidades en desconocimiento de las obligaciones internacionales  y los deberes  que dictan la constitución y la propia ley del servicio exterior.

Una nación que aspire a defender su soberanía y los más altos valores de la patria requiere una diplomacia adaptada a los nuevos escenarios, ética, profesional, honesta y debidamente apegada a nuestro  mandato constitucional.

Los diplomáticos son guerreros sin armas. Para hacerle frente a  las amenazas, a los retos del mundo y proteger los intereses de su nación necesitan estar debidamente preparados, al igual que el combatiente que defiende el suelo de su país.  Como en los asuntos de la guerra, los de la paz, que les corresponde a los diplomáticos, requieren  el tino y la experiencia que da el tiempo, el estudio y la disciplina.

Mientras más profesional sea nuestro servicio exterior  mayor garantía de una diplomacia positiva. La efectividad  en el cumplimiento de los objetivos de la política exterior y el fortalecimiento de la  presencia del  país en los organismos multilaterales se logra es con una Cancillería a la altura de las demandas.

Por otra parte, la Constitución nos ofrece la  doctrina en materia de política exterior cuando establece  entre otras  “los valores superiores de su ordenamiento jurídico y de su actuación, la vida, la libertad, la justicia, la igualdad, la solidaridad, la democracia, la responsabilidad social y, en general la preeminencia  de los derechos humanos, la ética y el pluralismo político”. Allí hay principios rectores para la actuación diplomática.

El diplomático es un representante del Estado y su gobierno. No coincido con quienes  creen que tendremos  una mejor diplomacia  con   activistas.  El diplomático es en esencia un hombre de la política, la del gobierno que representa. Su visión personal no tiene fuerza por encima de la política exterior de su país. La diplomacia es una responsabilidad  que requiere de  personas debidamente entrenadas en el tiempo y con el conocimiento de un número  considerable de materias  que rondan los escenarios bilaterales y multilaterales. No importa qué diplomacia diseñemos, si quienes la deben implementar no se preparan  adecuadamente. La ética, el humanismo, la tolerancia, el respeto  por la multilateralidad, son valores que en el tiempo se han impregnado en la piel de quienes hemos tenido el más alto privilegio de defender los  intereses del país.

            La ley del  2001 va para su segunda reforma.  Los propios sujetos de esa  ley deben ser invitados para participar en las deliberaciones, para que con visiones convergentes, se logre fortalecer y no debilitar la normativa que rige los destinos de los cientos de venezolanos que optaron con honestidad servir a Venezuela desde las trincheras del ejercicio de la diplomacia.

 

 

 

 

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[1] El presente artículo fue publicado originalmente en la revista On Line “Analítica.com”, en el mes de junio de 2008 y se reproduce en ADE como una forma de colaboración entre ambas publicaciones, con autorización del autor y –en forma excepcional-, con la aprobación del Consejo Editorial de la presente publicación.

[2] Embajador de carrera del Servicio Exterior de Venezuela. Su currículum vitae completo se encuentre en la Sección ¿Quién es Quién en el Mundo Diplomático?, de esta misma Revista Electrónica ADE.