I. Vicepresidentes se Hallan a un Latido de Corazón de la Casa Blanca
Por Carlos Ferrer
Se encuentra a un latido de corazón de la Casa Blanca. En el argot político estadounidense esa frase define la importancia del vicepresidente del país, ante todo si el miocardio de su jefe deja de latir.
Pero veamos la
historia del cargo a través de algunos de sus ocupantes.
La constitución de 1787
habla poco sobre el vicepresidente. Sus funciones se limitan a presidir el
Senado, emitir ahí un voto en caso de empate, y a sustituir al presidente de Estados Unidos.
Los dos primeros, John Adams y Thomas Jefferson, eran próceres de la
independencia que habían quedado en segundo sitio en la elección presidencial.
Para sorpresa de nadie, más tarde ocuparon sucesivamente la presidencia del
país.
Pero el sistema cambió y
a partir de 1804 fueron postulados candidatos que competían conjuntamente, en
una sola papeleta, para los cargos de presidente y vicepresidente. En el siglo XIX
sólo uno de éstos, Martin Van Buren, fue más adelante electo presidente. Y de
los cuatro que llegaron a la Casa Blanca tras la muerte de su inquilino,
ninguno fue confirmado en la siguiente elección.
En el siglo XX
los vicepresidentes empezaron a salir de su oscuridad. Teddy Roosevelt llegó a la Casa Blanca tras el asesinato de William MacKinley en 1901 y la ganó por su cuenta en las
elecciones de 1904. Otro tanto ocurrió con Calvin Coolidge en 1924 y Harry
Truman en 1948. Pero no fue sino hasta la llegada de Richard Nixon a la
vicepresidencia que su ocupante se convirtió en el heredero natural de la
primera magistratura. El presidente Dwight Eisenhower tuvo tres crisis de salud
muy serias que permitieron al vicepresidente compartir los grandes reflectores.
Nixon, un político joven de por sí ambicioso, fue el primero en hacer viajes
por todo el mundo y con ello recibir la publicidad
consecuente. Si bien perdió las apretadísimas elecciones presidenciales de 1960,
se mantuvo bien situado políticamente al grado de ser electo en 1968.
Quien resulta candidato
a la presidencia del país escoge a su compañero de fórmula. La convención
respectiva invariablemente ratifica tal selección. En 1956 Adlai Stevenson
pidió a los delegados elegir candidato a la vicepresidencia, pero fue por
excepción y la última vez que ello ha ocurrido. En 1960 la candidatura
presidencial de John Kennedy no se aseguró sino hasta el último momento y
aparentemente hubo muy poco tiempo para meditar sobre su acompañante. La
designación de Lyndon Johnson, quien había sido su principal contrincante, tomó
por sorpresa a todos.
Uno de los criterios aparentes en la selección vicepresidencial ha sido balancear la papeleta. Es decir, a guisa de ejemplo, que si quien la encabeza proviene del norte su contraparte sea un sureño. Otros factores de contraste serían la edad, la orientación ideológica, los cargos políticos precedentes, la religión, el sexo, o una mezcla de todo lo anterior. Sin embargo George W. Bush escogió sin tapujos a quien encontró más parecido a él.
Lo cierto es que en principio el electorado no acostumbra decidir su voto en función del candidato vicepresidencial sino en quien encabeza la papeleta. Nadie duda que pueda hacer alguna diferencia en ciertos electores, pero no la suficiente como para definir la elección. La excepción puedo haber sido 1960 que fue cerradísima. Lyndon Johnson tenía fuerte ascendencia sobre los políticos sureños, y hasta entonces el sur históricamente había apoyado a los candidatos del partido Demócrata tal como ocurrió aquel 8 de noviembre.
El republicano John McCain con sus 72 años a cuestas ha escogido a Sarah Palin de 44, a quien sacó del anonimato el pasado el 29 de agosto, como su compañera de fórmula. Resulta evidente la oportunidad o el oportunismo que privó en esa selección tras el fallido intento de Hillary Clinton por encabezar a los demócratas. Algunas mujeres han expresado sentirse reivindicadas con esa candidatura, así como los sectores conservadores, pero los dos meses de campaña definirán mejor la estatura política real de Palin. Otros electores, mujeres y hombres por igual, ya han indicado sentirse desilusionados o hasta ofendidos ante la posibilidad de que con antecedentes tan raquíticos la gobernadora de Alaska se llegue a situar, como reza la frase, a un latido de corazón de la Casa Blanca y las enormes responsabilidades de conlleva el cargo. Tendrán la última palabra quienes voten el próximo 4 de noviembre.
Carlos Ferrer
Querétaro, septiembre de 2008
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