@@Charla Cibernética con el Emba-Cónsul.
El Grito: Drama, Fiesta y Chamba@@
Por Enrique Hubbard
Los temas de la agenda internacional están usualmente teñidos de colores políticos y por lo general pertenecen al ámbito diplomático. No es por nada, gracias, pero los asuntos consulares rara vez merecen ser tratados en tratados (académicos) aunque sean objeto de tratados (convenios) que tienen por objeto defender a los mal tratados.
“El grito” es la ceremonia “emblemática” de nuestra celebración de la india pendencia, digo, independencia. Le llamo “emblemática” porque el uso del término ya se volvió emblemático de los que usan los vocablos de moda hasta volverlos emblemáticos de lo que ya pasó de moda. La ceremonia es sólo un grito (y un montón de gente) pero dependiendo de dónde se encuentre puede incluir un desfile, un banquete y muchísima chamba.
En algunos sitios organiza todo la alcaldía, en otros alguna agrupación, o de plano es el pobre cónsul quien tiene que ahorrar de su magro presupuesto a fin de llevar a cabo el(los) acto(s) con el lucimiento que la paisanada espera, muchas veces venciendo la resistencia de ellos mismos. Si las autoridades locales de la localidad del lugar se echan a cuestas la tarea, todo bien, total el cónsul nomás llega, “grita” y se va; pero si es la comunidad la que organiza el trabajo es doble, hay que ayudar, coadyuvar, coordinar, mediar y además gritar.
Ora que si el cónsul se pone a organizar la fiesta porque ya se pelearon los paisas y hay que actuar como réferi, la puerca tuerce el rabo. No hay lana para gastos, se tiene que buscar patrocinio, pero si no alcanza se amuela el Cónsul y si sobra hay que donarlo a alguna organización, pero todas dicen ser más merecedoras que las otras. Además, si llega a haber remanente, al año siguiente los paisas reclamarán organizar todo a fin de que no se desperdicie el remanente. OSEA que más vale que no sobre ni un centavo pues de otro modo habrá pleito renovado y el cónsul va a volver a hacerla de árbitro.
No lo van a creer, pero antes era pior. Allá por los años setenta mandaban a un representante del presidente que como era miembro del gabinete (el representante, no el presidente; bueno, los dos) la cosa adquiría gran simbolismo político, sobre todo en épocas de elecciones. Aunque se suponía que los aspirantes no debían salir del país, de modo que el hecho de ser designado para dar el grito en el extranjero era eliminación tácita de las listas de “tapados”, como se llamaba entonces a los pri-candidatos (sic).
En Chicago, donde andaba yo a la sazón, se empezaba a trabajar en abril (en la organización, no sean mal pensados), cuando la Sociedad Cívica iniciaba reuniones semanales de coordinación. Nunca supe por qué les llamaban de coordinación. Eran juntas kilométricas y pintorescas. “¡A ver!, ¿Cómo van los preparativos del desfile?”. “Sólo falta conseguir unas bases”. “¿Bases para las banderas? “¡No! ¡Bases para llevar a la gente! Se referían a (auto) buses.
El representante del primer mandatario (¿habrá un segundo mandatario?) llegaba con numerosa comitiva, como corresponde a la alta investidura. También llevaba artistas para dar relevancia al acto (y a su protagonista). Lidiar con la comitiva y con las vedettes, es decir, los cantantes, no era fácil, aunque a decir verdad eran igual de temperamentales los artistas y los otros. La comunidad discutía fieramente los “méritos” del presidente de la Sociedad Cívica porque éste iba a salir en la tele al lado del representante, y por tanto sería emblemático de la comunidad (y dale).
Ya no se usa mandar un emisario del pasado, perdón, del ejecutivo, pero la chamba sigue igual de dura. Las divisiones siguen, las multiplicaciones (de gastos) continúan, el cónsul es criticado si apoya a unos, pero si se declara imparcial lo acusan de falta de respaldo para “el bueno”, el merecedor del reconocimiento, según él. Quien crea que lidiar con la comunidad es fácil, que lance el primer grito.
Mire usted, las embajadas organizan una recepción para el cuerpo diplomático, de seis a ocho de la noche, sin tener que lidiar con líderes emblemáticos ni artistas problemáticos. Los cónsules en cambio persuaden, dialogan, colaboran, o de plano organizan, buscan apoyos y eluden a duras penas las acusaciones de enriquecimiento muy explicable. No hay comparación, los cónsules salen moqueteados, los diplomáticos salen cocteleados.
En Dallas, hace tres años se pelearon los organizadores tradicionales y unos se quedaron con el lugar y otros con el membrete. Tuvo que entrarle el cónsul, con tan buen éxito que en 2007 se reunieron doce mil paisanos pacíficamente (no se vendió alcohol, ¿será por eso?). Este año se espera algo similar y conexo, habrá que trabajar muy duro, habrá críticas a montón, y además habrá múltiples fiestas, casi todas comerciales, pero que igual esperan que el Cónsul vaya a dar el grito. Además hay un desfile por lo regular con más policías cuidando “el orden” que participantes. El año pasado hubo cinco gritos en el área, cuatro directamente por el cónsul, que se quedó afónico pero se vio muy protagónico, aunque al final andaba casi agónico.
A ese paso, el único grito que darán espontáneamente los cónsules este año será: ¡Sálvese el que pueda! ¡Imagínense cómo irá a estar la cosa en el “bicentenario” 2010!
Saludes
El Emba, patriótico, gritótico y emblemático, but of course!
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